31 de marzo de 2014

COMO UNA EXPLOSIÓN

«Algunas personas», decía Mercedes, «viven el amor como un proceso. Encontrar a alguien. Tener la primera cita y lo demás. Como si enamorarse fuera la construcción de algo en común». Tenía el pelo más largo de lo que yo recordaba y, por sus kilos de más, la ropa ajustada que había marcado su personalidad, ahora le hacía parecer ridícula. Fumaba mientras, con la otra mano, agitaba una copa de vino a punto de ser derramado. ¿Qué coño quería de mí? Yo escuchaba, paciente, con mi cerveza, en aquella terraza de la Rambla del Raval. «El amor funciona de una forma totalmente distinta para mí», decía. Se reflejaba el rojo del vino en sus ojos enormes. «En mi caso, simplemente, nace, desde dentro, y me desborda. Como una explosión».


Se llamaba Mercedes como su madre. Como su abuela. Igual que su bisabuela y todas las demás. Las mujeres de su familia estaban condenadas a cargar con ese nombre, sin espacio para existir por ellas mismas, arrastrando los fantasmas de todas las anteriores. Había sido mi compañera de trabajo durante tres años en una triste oficina. Vendíamos cosméticos por teléfono a salones de belleza. No estaba lo bastante bien pagado para lo deprimente que era. Mercedes solía sentarse detrás de mí. Recuerdo que me contaba en los ratos muertos sus citas o encuentros sexuales hasta que conoció a Jordi. A mí no me interesaba lo más mínimo ni Jordi ni sus ligues anteriores, pero era más entretenido que vender cosméticos.
¿Te acuerdas aquella vez que fuimos todos a cenar al Mussol?
Sí, claro dije, sin saber de qué me estaba hablando.
Es la cena de empresa más divertida que recuerdo.
Yo nunca iba a las cenas de empresa. Algunas veces, había ido a cenar con Jordi y ella y alguna otra pareja cuando teníamos más contacto. Quizás se confundía.
Miré la hora por primera vez. Le había dicho a mi novio que pasara a recogerme para que me fuera más fácil escaparme.
¿Cuánto llevas con él? preguntó.
Dos años.
¿Y todavía estás enamorado?
Sí dije, como se suele decir.
Me alegro. Eso no es fácil en el mundo gay.
Supongo contesté, evitando discrepar.
Miré sus pechos. Sin interés. Solamente me fijé un momento. Estaban allí. No los recordaba tan grandes. Ella parecía orgullosa de su tamaño. Su escote desafiaba las leyes de la física. 
Antes de conseguir, por fin, trabajo en una pequeña editorial, estuve a punto de ser despedido varias veces de la empresa de cosméticos. Mis estadísticas de venta eran pésimas. Pero Mercedes siempre me defendía y, por algún misterioso motivo, el jefe tenía muy en cuenta sus opiniones. Podríamos decir que gracias a ella, nunca me despidieron. Yo lo sabía y ella también. Y por eso estaba allí ese día.
Sonó su teléfono móvil y Mercedes respondió gritando:
¿Y ahora qué quieres, gilipollas? ¿No te he dicho que había quedado? ¿Y a ti qué te importa? No me da la gana. ¿Quién te has creído que eres? ¿Tú no te vas por ahí cada vez que te sale de los huevos?
Sus gritos llamaron la atención de las personas de las otras mesas. De los camareros. Disimuladamente o no, todos empezaron a mirar. La gente que pasaba por la calle se giraba. Mercedes cada vez subía más el tono.
¡QUEDO CON QUIEN ME SALE DEL COÑO! ¿TE HAS ENTERADO? ¡CON QUIEN ME SALE DEL COÑO!
El concepto había quedado claro para toda el área metropolitana.
¡Y NO SÉ A QUÉ HORA VOY A LLEGAR!
Colgó y tiró el móvil sobre la mesa.
Perdona, era Jordi me dijo.
Y al coger la copa de vino derramó un poco en el suelo. Se la terminó de un trago.
¿Te acuerdas de él?
Sí. Claro. 
—Bien.
¿Os habéis peleado?
No dijo. Pero su manera de entender el amor y la mía no tienen nada que ver.
Entiendo dije
La explosión. 
Miré el reloj por segunda vez.
Creo que me engaña.
¿Qué coño me importaba? ¿A dónde quería llegar con todo eso?
Necesito tu ayuda dijo, por fin.
—¿Ah, sí?
Llegó el temido momento.
Ya sabes que nunca te he pedido nada... en todo este tiempo.
Junté las manos. Había empezado a temblar.
¿Qué quieres? ¿Que lo siga?
No. Eso es una estupidez.
—¿Entonces?
—Creo que Jordi es gay —dijo. Y, por primera vez, bajó la vista al suelo.
—¿Gay? Pero, eso es imposible.
—Es solo una intuición pero estoy casi segura. Necesito que me ayudes a probarlo.

COMO UNA EXPLOSIÓN:
Segunda parte

26 de febrero de 2014

REACCIONES

Mi padre hace una pausa y carraspea al otro lado del teléfono. Me dice que están bien. Le digo que me alegro. Son las dos de la tarde y estoy tumbado en el sofá con la chaqueta puesta. Acabo de llegar de trabajar. Tengo que prepararme la comida. Comer. Ir al gimnasio. Ducharme. Escribir un artículo en mi blog. Comprar un regalo para mi hermana.
¿Cuándo celebramos el cumple? digo. ¿El domingo?
Sí dice mi padre.
Vale.
He manchado el brazo del sofá con los zapatos.
Y a ver cómo se lo explicas a tu madre...
¿A mí madre? ¿El qué? pregunto.
Eso que has escrito.
¿A qué te refieres?
Lo de que le has chupado la polla a tu jefe.







Quique se acerca con dos cañas de cerveza. Deja una justo delante de mí, derramando algo de espuma sobre la mesa. Quique tiene los dedos peludos. Es un chico tosco y masculino, muy moreno de piel. Me cae bien pero el pelo de sus dedos me obsesiona. Cuando me da la mano. Cuando compartimos un cigarrillo. Cuando me sirve una cerveza. Por lo demás, no es muy listo, pero es muy buena persona.
Es normal que piense eso dice acerca de mi madre.
Pero, ¿cómo voy a escribir un relato sobre hacerle una mamada a mi jefe y compartirlo con todo el mundo, si lo hubiera hecho de verdad?
Es que tal como lo explicas, parece de verdad.
Claro. De eso se trata.
No sé para qué te metes en estos líos.
Me inspiro en la realidad pero lo que escribo es ficción. Mi madre debería entender eso. 
Pues yo no lo entiendo y eso que me lo estás explicando.
Vamos a ver... ¡Pues eso! Que es lo normal. Que soy escritor.
¿Ah, sí? Yo no veo que hayas publicado ningún libro...
Porque no es nada fácil, publicar...
Quique agarra la copa de cerveza con su mano con pelos en los dedos y da un sorbo. Son las siete de la tarde.
Mira, no es tan difícil. Tu madre leyó que se la habías chupado a tu jefe y pensó que se la habías chupado a tu jefe. No sé de qué te sorprendes. Ahí lo ponías bien claro. 
¿Por escribir en primera persona ya tengo que ser yo?
La gente lo puede pensar. ¿Por qué no has puesto como que le pasa a otro...? ¿O a una chica? 
Queda mejor así.
Pues, entonces, te aguantas. Además, ¿qué más te da lo que piense tu madre?
Se pone muy pesada. Este domingo tengo que ir a comer con ellos. Es el cumpleaños de mi hermana.
Quique se rasca los pelos de los dedos con sus largas uñas negras.
Yo, en cambio, me di cuenta en seguida. Todos sabemos que tú no sabes jugar al tenis. 
Pero, ¿cómo te lo tengo que decir? ¡Que no soy yo...!
Bueno, ya... Pero parecía... Por lo demás, es bastante asqueroso...
Quique se rasca la nariz con los nudillos. Los pelos que sobresalen de sus orificios nasales se restriegan con los de sus dedos. Una vez. Otra vez. Tres y cuatro y cinco veces.
La realidad, en ocasiones, también es asquerosa -le digo.
¿Y qué? Lo que gusta a la gente son las historias normales. Invéntate algo más decente para la próxima vez. Si no, van a pensar que eres un depravado.
Pues el que piense eso es idiota.
Oye, no te pongas en plan capullo, ahora. Los buenos escritores aceptan las críticas.
Se acaba la cerveza de un trago y continúa:
¿Ya sabes qué le vas a regalar a tu hermana?

3
Son las once y media de la mañana. Estoy tomando un café, de pie, apoyado en la pared de la sala de descanso de la oficina, cuando se acercan Merche y María. Me dan algo de conversación trivial con una misteriosa sonrisa que no logro interpretar. Tras un minuto de conversación, Merche se aparta el flequillo con la mano y dice:
Por cierto, nos ha encantado tu relato.
¿De verdad? digo.
Sí. Es fabuloso continúa María, entusiasmada.
¿Os ha gustado?
Sí, sí, sí, sí dicen.
Vaya, pues me alegro.
Le doy un sorbo al horrible café de mi vaso de plástico.
Están muy bien este tipo de historias dice María.
A mí, incluso me ha excitado un poco dice Merche.
No me puedo creer lo que estoy escuchando.
Escribes fenomenal dice María.
Y es muy interesante dice Merche.
Gracias.
Hay que romper muros, ser transgresor, dejar atrás todo tipo de tabúes, hablar más de sexo... dice María.
Exacto. Como en Cincuenta sombras de Grey dice Merche. 
Y las dos se ríen tapándose la boca con la mano.
Tras un silencio algo extraño, les digo:
Bueno... pues me alegro que os haya gustado.
Sí, sí, sí... dicen.
Pero... dice Merche. Una cosa... ¿Es verdad?
¿Cómo? respondo.
Si... es verdad... dice María.
¿El qué?
¿Le hiciste una mamada al jefe? preguntan.

4
Es domingo. Mi madre ha cocinado canalones de carne con besamel. Ha invertido tres cuartas partes de la comida en reprocharme el contenido de mi relato. Al parecer, si decido escribir sobre esos temas repugnantes, debería asegurarme antes de que no pudiera haber quien creyera al leerlo que eso me ha pasado a mí de verdad. Mi madre no sabe quién es Charles Bukowski, ni Bret Easton Ellis, ni Michel Houellebecq. No sabe quién es Chuck Palahniuk, ni Irvine Welsh, ni Don DeLillo, ni falta que le hace. Pero me habla de la apariencia, de la decencia y de perjudicar a la familia y a mí mismo. Mi padre no abre la boca. Los canalones están deliciosos, como siempre. Le pido a mi madre disculpas y que me ponga las sobras en un tupperware.
Aprovecho que se va a la cocina para darle el regalo a mi hermana.
¿Qué es? me pregunta mientras lo abre. 
No sabía qué comprarte.
Lo desenvuelve con cierto nerviosismo. Rompe el papel.
¡Oh! dice con sorpresa, al fin ¡Cincuenta sombras de Grey! ¡Gracias! 
¿Te gusta?
No lo sé. Todo el mundo me ha hablado de este libro. Ya va siendo hora de que me lo lea, supongo.
Bueno, espero que lo disfrutes.
Mi hermana deja el libro encima de la mesa y me da un abrazo. Mi padre dice:
Apartad, que no me dejáis ver la tele.
Mi hermana me acaricia la nuca y me dice al oído:
No te preocupes por todo lo que te ha dicho la mama del relato. Era muy bueno. 
¿Sí? ¿Tú crees?
Lo importante es que te lean y no dejar indiferente. Que les interese lo suficiente la historia como para llegar hasta el final. Después, las reacciones que tenga cada uno... ya no son asunto tuyo.
Mi hermana me da un beso en la mejilla. 
Mi madre entra con el pastel de cumpleaños y empieza a cantar
Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz...
Mi padre sube el volumen del televisor.

1 de enero de 2014

LA FELACIÓN 2

Cuando lo cuento, me dicen que podría haberlo evitado. No entienden que no se trata de eso. La posibilidad de acabar follando con mi jefe se convirtió automáticamente en una obsesión después de que se quedara mirándome la polla en los vestuarios del club de tenis. Aquella idea tenía una fuerza imparable, un poder de atracción natural como el de una roca cayendo hacia el suelo. Pero no era una cuestión de deseo sexual. Se trataba de mi jefe. Un hombre divorciado, padre de dos niños, de ocho y diez años, amante del deporte y los coches de lujo. Cualquier persona en mi lugar se hubiera dado cuenta en seguida de que chuparle la polla era cometer un error terrible. Y, sin embargo, cualquiera lo hubiera hecho. Existe una fuerza mucho más poderosa que la atracción física: el deseo de autodestrucción. El ser humano es el único animal que prefiere dinamitar su propia vida antes que sucumbir en ella. La monotonía. El aburrimiento. La desidia del día a día. Esa es la cuestión. Mi jefe prácticamente tuvo una erección aquella mañana duchándose conmigo. Aquello propiciaba un detonante demasiado tentador. Nadie en mi lugar habría dejado escapar una oportunidad así. Tener la posibilidad de mandar, en un instante, toda tu vida a la mierda y no hacerlo es una proeza que solo está al alcance de unos pocos.








Me pagaban por pieza y, de paso, me tenían por el diario como chico para todo. «Es una gran oportunidad según los tiempos que corren», repetía como un mantra todo mi entorno. Puede que lo fuera. Pero yo me aburría y la mayoría de las cosas que me tocaba hacer las firmaba Redacción. Sin embargo, era el único becario de mi promoción que había conseguido entrar a trabajar en el medio en el que había hecho las prácticas. Mi jefe me dio su tarjeta el último día.
Llámame si necesitas algo me dijo.
Pero no lo hice. No soy ese tipo de persona. No hubiera sabido qué decirle.
Así que al cabo de un mes y medio, me llamaron ellos. Alguien de recursos humanos.
¿Estás disponible? Necesitamos a alguien de apoyo en web y para revisar teletipos.
El lunes siguiente ya estaba de vuelta. Mi jefe no tardó ni diez minutos en acercarse a mi mesa y preguntarme por qué no le había llamado. Le dije que tenía intención de hacerlo pero que no había encontrado el momento.
Desde que te fuiste no he encontrado a nadie que quiera venirse a jugar a tenis conmigo.
Eso era obviamente mentira.
Te tienen miedo bromeé.
¿Te apetece echar un partido este sábado?
Claro.

De repente, se había convertido en una rutina más. Casi parecía que estuviera dentro de mis obligaciones. Todos los sábados quedábamos en la puerta del club de tenis. Yo dejaba allí mismo aparcada la moto. Mi jefe dejaba el coche en su parking privado y después salía a buscarme para que entráramos juntos. Durante las primeras semanas, no ocurrió absolutamente nada. Ni miradas. Ni indirectas. Ni bromas de ningún tipo. Así que empecé a pensar que mi intuición había fallado. De vez en cuando, miraba a mi jefe a los ojos, después de la ducha, durante el desayuno, buscando un resquicio de intencionalidad. Sus retinas transmitían una inocencia y una ternura impropias de alguien de su edad. Algo había cambiado en él. O en mí.
Después de un mes, me hizo socio del club. Pagó mi cuota él mismo y me dieron un carné. En la redacción, los días transcurrían con una normalidad abrumadora. Casi no hablaba con mis compañeros. Me dedicaba a hacer mi trabajo. Los días de mucho estrés, mi jefe gritaba a algún redactor y se generaban intensas discusiones. Entonces, se acercaba a mí y me decía:
Necesitamos un descanso. Bájate conmigo a tomar un café.
Íbamos a la cafetería de la esquina y allí se desahogaba.
Al volver a la oficina, notaba una cierta inquietud en las miradas de mis compañeros. Yo llevaba mi homosexualidad con una discreción ejemplar. Sin embargo, percibían algo inusual en nuestra relación.

Fue otra vez en el vestuario cuando las cosas volvieron a complicarse. Normalmente, había poca gente cambiándose con nosotros. Aquella mañana, no había nadie. Mi jefe me estaba explicando una nueva aplicación para facilitar la lectura del diario en plataformas móviles o tabletas. Yo salía de la ducha mojado, con una toalla blanca del club enrollada a la cintura. Al pasar a su lado, dirigiéndome a la taquilla, resbalé. Mi jefe estaba criticando la ineptitud de algunos de nuestros informáticos y yo prácticamente caí desnudo en sus brazos. Se me desprendió la toalla como en una película porno de bajo presupuesto y mi jefe tuvo que sostenerme por detrás de la cadera. Fue un instante que duró un millón de años. Nos reímos. Creo que me puse colorado.
Desde entonces, volvió a mirarme de aquella manera. Me miraba cuando me daba la vuelta. Cuando me agachaba. Mientras me quitaba la camiseta. Me miraba siempre que pensara que yo no fuera a darme cuenta; pero lo notaba. Con el tiempo, fue a más. Se metía en la ducha de enfrente y me miraba a los ojos. Eran duchas individuales con una puerta de madera azul que cubría el cuerpo pero dejaba al descubierto la cabeza y los pies. Nos mirábamos fijamente mientras el agua resbalaba por nuestra piel. Muchas veces, sin hablar.
El último sábado de marzo, después de cuatro meses trabajando juntos, me llevó a un vestuario distinto. Tenía llave propia y era solo para nosotros. Aquello me alteró un poco. Me dijo:
Así estaremos más tranquilos.
Jugamos el partido. Gané yo. Normalmente, no ganaba. Eso le molestó. Dijo que habíamos contado mal los puntos. Abrió la puerta del vestuario. Entramos. Era muy pequeño. Nos quitamos la camiseta. De repente, me empujó:
Eres un tramposo. He ganado yo.
No estaba claro si aquello era una broma.
—Dilo.
Como quieras, a mí me da lo mismo dije.
Se bajó los pantalones frente a mí, quedándose totalmente desnudo. Yo no me moví. No dije nada. Casi ni respiré. Entonces, miré hacia abajo. Su pene estaba erecto. Le miré a los ojos. Él sonrió. Poco a poco, me agaché. Me puse de rodillas. Volví a mirarle a la cara. Seguía sonriendo. Así que empecé a chupársela.
Se la chupé un buen rato. Él parecía disfrutar. Yo disfruté lo que pude. No tenía muy claro qué sentir. Al cabo de un par de minutos, puse una mano sobre su nalga izquierda para ayudarme. Aquello no le gustó. Me agarró violentamente por el pelo y estiró con fuerza. Yo le solté de golpe. Entonces, dijo:
Oye, ¿tú no serás maricón?
Se escuchaba un grifo gotear a lo lejos.
Yo no me acuesto con maricones.
¿Qué se supone que tenía que responder a eso?
Decidí seguir chupándosela y, en seguida, me soltó. No tardó mucho en llegar al orgasmo. Eyaculó gritando el nombre de su ex mujer.
Has dejado que me corra en tu boca.
Lo siento, no he podido evitarlo.
«Ve a limpiarte», fue lo último que me dijo.

Cuando, al sábado siguiente, no me invitó a ir al tenis, me di cuenta que aquello se había terminado. En la redacción, me evitaba y, cuando necesitaba algo de mí, enviaba a alguien a hablar conmigo. Yo seguí haciendo mi trabajo lo mejor que supe. No busqué un acercamiento ni tampoco adopté el rol de despechado. Apenas tres semanas después de la felación, me llamaron de recursos humanos:
Nos gusta mucho cómo trabajas pero, ahora mismo, estamos justos de presupuesto. No tenemos más remedio que prescindir de ti. Lo sentimos.
El último día fue bastante duro. Todos mis compañeros se acercaron a hablar conmigo. Todos menos él. Trataron de animarme y me hicieron bromas.
A última hora, me acerqué a su mesa. Le dije que había sido un placer conocerle.
Igualmente dijo. Que tengas mucha suerte.
Su frialdad me quemaba por dentro.
Quise mirarle a los ojos por última vez, pero no levantó la vista de sus papeles. Quería comprobar si quedaba algo de lo que un día había visto en ellos.
Adiós le dije.
Y me marché, arrastrando por el suelo el poco orgullo que me quedaba.
Esperé, incluso, los meses siguientes, que volvieran a llamarme; pero nunca lo hicieron.
Acabé de camarero en un restaurante del centro. Trabajaba diez horas al día y me pagaban ocho.
Pero lo más patético no fue eso.
Lo peor fue darme cuenta, cuando ya no había solución, de que, además de cagarla, me había enamorado.

LA FELACIÓN:
Primera parte

5 de diciembre de 2013

LA FELACIÓN

En el mismo momento en que terminé de chuparle la polla a mi jefe, supe que había perdido mi trabajo en el periódico. Estoy hablando de chupársela, literalmente. No hacerle la pelota o darle la razón. Me refiero a meterme su miembro en la boca y lamerlo. No adularle, ni seguirle la corriente, ni reírle los chistes. Me refiero a hacerle una mamada. La felación que fue el principio de todos mis problemas.



Suele decir la gente que chupar pollas es la forma más rápida de labrarse un futuro acomodado. El problema es la pérdida de la dignidad de la persona, la integridad profesional, la decencia y la moralidad. Si queréis saber mi opinión: todo eso son chorradas. La gente habla mucho y casi nunca dice lo que de verdad piensa. Si realmente creyeran que chupando pollas se consigue algo en esta vida, habría muchas más personas a cuatro patas todos los días. Y más con los tiempos que corren.
Mi jefe era calvo, aunque solo tenía ocho años más que yo. Había empezado en el mundo del periodismo muy joven, combinando los estudios con prácticas en diferentes medios escritos. Era un gran redactor, con un instinto voraz y mucha personalidad. 
Me recuerdas a mí cuando empecé me dijo la segunda semana de tenerme por la redacción.
Me hablaba como si fuera un niño jugando a ser periodista.
Eres el mejor becario que hemos tenido en años.
Sus palabras me hacían sentir muy bien.
Al principio, no me pareció especialmente atractivo. Era un hombre que se cuidaba y hacía deporte. Eso estaba claro. Aunque olía demasiado a aftershave y, desde que se había divorciado, no combinaba bien el color de la corbata con el de la americana.
Yo nunca le había chupado la polla a un jefe. Y creedme si os digo que he chupado bastantes. Lo normal, supongo, para  un chico gay soltero en Barcelona. He chupado pollas grandes, pequeñas, circuncidadas. Pollas finas, las llamadas «pollas cabezonas» y hasta algún micropene. Se la he chupado a informáticos, músicos, ingenieros, arquitectos, camareros, perroflautas y hasta una vez a un banquero. Aunque lo cierto es que no es mi especialidad. Soy mucho mejor con las manos.
Mi jefe tenía las manos finas; de pianista, que diría mi abuela. Me fijé en ellas la segunda vez que me invitó a tomar un café. La primera vez, casi no hablamos. No sabía muy bien qué decirle. Le acompañé porque no estaba Ruth, la periodista de Política con la que solía bajar a fumar.
¿Te vienes a tomar un café? Te invito. No me gusta ir solo.
Ni siquiera se me pasó por la cabeza, al principio. Me habló de sus hijos. Nadie piensa en chuparle la polla a alguien que lleva fotos de sus hijos en la cartera.
La tercera vez que me invitó a café, me fijé en su boca. Tenía los labios finos y brillantes. Los dientes blancos y perfectamente alineados. Y una enorme lengua roja.
Tienes un gran futuro como periodista, te lo aseguro me decía. No solo escribes de puta madre. Además, eres rápido y nunca cometes dos veces el mismo error.
Gracias le dije.
—Parece mentira, a estas alturas de mi carrera... pero hasta me gusta leerte.
Si yo hubiera querido sacar provecho de la situación, nunca hubiera terminado chupándole la polla. Fue una cagada, lo digo en serio. Pensadlo un momento. Si yo hubiera sido consciente de lo que estaba pasando y hubiese querido aprovecharme, nunca hubiera traspasado la línea. El sexo siempre es una puta decepción que lo estropea todo. Si quieres conseguir algo, muéstrate como una posibilidad apetecible y alcanzable. Maneja bien tus cartas pero nunca dejes que termine la partida. Ahí es donde todo se va a la mierda.
La cuarta vez que mi jefe me invitó a café, me preguntó:
¿Juegas a tenis?
Yo no era malo en los deportes, aunque para ser bueno en tenis me faltaba mucha práctica. En mi barrio, te pegaban si jugabas a cualquier deporte que no fuera chutar una lata por la calle.
Me apetece jugar este fin de semana con alguien capaz de devolverme las pelotas con fuerza.
Ese era yo, por lo visto.
Y acepté.
Me llevó a un club en la parte alta de Barcelona. Tuve que ir previamente a comprarme una equipación decente en el Decathlon de L'illa Diagonal. Quería estar a la altura de las circunstancias.
Intenté no parecer demasiado paleto. Fui educado. Saludé a todo el mundo con el que nos cruzamos.
El partido fue informal, sin contar estrictamente los puntos. Duró unos noventa minutos.
—Te he dejado ganar —me dijo.
Pasé un rato muy divertido.
Dejamos las raquetas en la taquilla y entramos al vestuario. Estábamos muy sudados. Era mediados de junio. Empecé a quitarme la ropa despacio. Él me estaba contando una anécdota sobre Rafa Nadal. Yo escuchaba con una atención relativa. Trataba de asentir con la cabeza. Tardó algo más que yo en desnudarse. Llevaba un calzoncillo blanco de Armani. Era un hombre con poco pelo en el cuerpo y se le marcaban los músculo más de lo que había imaginado. Finalmente, se desprendió del slip, dejando al descubierto la marca del bronceado. Se dio la vuelta y pude verle el pene. Contaba con un tamaño más que razonable. Intenté comportarme con normalidad.
Hace mucho que no tenía un rival a mi altura me dijo.
Y, por un instante, su mirada recorrió mi cuerpo. De arriba a abajo. En un segundo. Desde el cuello hasta los pies, deteniéndose brevísimamente en mi entrepierna. Y, después, siguió con lo suyo.
Fue una mirada corta pero totalmente reveladora. Y entonces, todo cambió.
Yo quería luchar contra los pensamientos que, de pronto, habían nacido en mi cabeza, pero, en el fondo, sabía que acabaría teniendo con él relaciones sexuales de algún tipo y que no podía hacer nada por evitarlo.

LA FELACIÓN:
Segunda parte

19 de noviembre de 2013

CONDICIONES

"Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros" (Groucho Marx)

Cuando el jefe llamó a Cándido al despacho por segunda vez aquella mañana, pensó que era para despedirlo. Cándido tenía un problema de autoestima por el que era incapaz de decir que no a las peticiones de la gente.
Cándido, ¿puedes volver a hacer estos informes para asegurarnos que son correctos?
¿Puedes hacer mi parte de la faena para poder ser puntual en mi cita de esta tarde?
¿Puedes ir a buscar a mi abuela al hospital y llevarla a casa?
¿Puedes prestarme dinero para putas?
¿Puedes dar la cara por mí?
¿Puedes hacer todo lo que yo te pida?
Cándido decía que sí de forma sistemática por un arraigado miedo al rechazo que arrastraba desde la infancia. Después, en privado, criticaba despiadadamente a todos los que le pedían cosas por aprovecharse de su bondad de forma tan descarada. «No se le puede echar tanto morro a la vida», pensaba. El mundo, según lo entendía Cándido, era un agujero hostil lleno de aprovechados. Un nido de ratas ególatras. Una colmena de inútiles que solo pensaban en su propio beneficio. Eso incluía a sus amigos. A su exmujer. A sus hijos. A sus compañeros de trabajo. Y, especialmente, a su jefe.
La primera vez que le llamó al despacho aquella mañana, sabía que era para pedirle algún tipo de favor.
«Yo no soy como ellos», pensaba Cándido. «Por eso, siempre me llama a mí».
Era un miércoles a las once menos cuarto. A Cándido le gustaban los miércoles porque sentía el fin de semana más cerca, aunque prefería los jueves y los viernes. Llevaba un traje gris y una corbata roja, como todos los miércoles que no estuviera nublado. Antes de separarse, su mujer elegía la ropa por él. Lo hacía por su bien, para que no fuera de cualquier manera. Pero, desde que ella decidió marcharse llevándose el coche y los niños, Cándido había establecido un patrón de vestuario. Cada traje correspondía a un día de la semana y solamente tenía como variables el sol y la lluvia, el frío y el calor.
Necesito pedirte un favor empezó su jefe.
Cándido llevaba haciendo favores a la empresa desde que le habían contratado, esperando una subida de sueldo que nunca llegaba.
Necesito que a partir de ahora trabajes dos horas más todas las tardes.
Su empresa se dedicaba a vender material de oficina. No tenía taller. Era una especie de intermediaria entre los fabricantes y el comprador final. Desde que había empezado la crisis, habían bajado mucho los beneficios y su jefe había empezado a pedir cada vez más cosas.
¿Puedes venir a trabajar este domingo?
¿Puedes ir a cenar con el cliente de Logroño que esta semana está en Barcelona y tratar de convencerle de que nos haga más encargos?
¿Puedes intentar ser el doble de productivo en la mitad de tiempo?
Con la amenaza de un posibles expediente de regulación de empleo, cada vez les exigían más.
Cándido pensaba en su exmujer y en sus dos hijos. O, mejor dicho, en la pensión que les pasaba cada mes. Y en la hipoteca que, de un tiempo a esta parte, estaba pagando él solo.
Solo será una temporada, hasta que las cosas mejoren continuó su jefe.
Cándido empezó a sudar.
Pero, ¿me pagaréis las horas extras? preguntó.
No, Cándido, lo siento pero no te las podemos pagar. Ya sabes que estamos muy mal. Tenemos que hacer un esfuerzo entre todos.
—Disculpa dijo Cándido poniéndose en pie—, pero tengo que decirte que no. No pienso trabajar gratis.
Su corazón iba a cien por hora. Era la primera vez en su vida que hacía una cosa así. Se dio la vuelta y salió del despacho huyendo de la situación que había provocado. Le temblaban las manos. ¿Cómo se le había ocurrido decir eso?
Durante la siguiente media hora, pensó en volver y pedir disculpas. En aceptar antes de que fuera demasiado tarde. Temió por las consecuencias. Pero el volumen de trabajo que tenía le impidió tomar una decisión definitiva.
Al cabo de una hora, su jefe le volvió a llamar al despacho. Cándido estaba blanco. Su corazón bombeaba con fuerza pero su sangre no iba para ningún lado.
Siéntate le dijo.
Notó un escalofrío en la sien.
Disculpa mi actitud de antes dijo Cándido, pero es que no estoy pasando una buena época.
Lo sé, Cándido. No te preocupes. Lo he estado pensando y creo que podemos encontrar una solución que nos beneficie a todos.
Cándido sacó un pañuelo blanco y se secó el sudor de detrás del cuello.
¿Qué te parece si te pagamos la mitad de las horas y el resto las acumulas como horas de compensación? Así puedes pedirte días libres si lo necesitas más adelante.
Cándido dejó de temblar. Empezó a sentirse poderoso.
No, no se atrevió a decir, escucha. Quiero que me paguéis todas las horas y, además, quiero seguir saliendo los viernes a mi hora habitual.
Su jefe tenía una mirada temblorosa, algo que Cándido nunca había observado. Aunque una parte de él ya se estaba arrepintiendo de todo aquello.
Me lo estás poniendo difícil dijo, acariciándose la barbilla.
Lo siento, pero esas son mis condiciones.
Su jefe levantó una hoja de papel de encima de la mesa para leer unos garabatos que había escritos debajo. Cándido pudo intuir unos números, como si su jefe hubiera estado haciendo cálculos.
Podría aceptar tus condiciones dijo, pero no podemos pagártelas como horas extras.
Las horas extras tenían un recargo del 25% sobre el valor ordinario, según convenio.
—Te las pagaremos como horas normales continuó—. Y va a tener que ser en B y no cada mes, sino cuando podamos.
Aquello para Cándido sonaba bastante bien.
De acuerdo dijo.
Y estrechó la mano de su jefe.
Salió del despacho pisando con la fuerza de un emperador. Miraba el mundo como si hubiera salido el sol de pronto. No había aceptado lo que su jefe le había pedido: había dicho que no. Había puesto condiciones y se las habían aceptado. Cándido sintió que empezaba una nueva etapa. No pensó en que le iban a pagar menos de lo que legalmente le correspondía. No pensó que aquello en realidad era injusto. Para él, era el logro de su vida. No se daba cuenta que su pequeño triunfo era en realidad una derrota de la historia.

4 de noviembre de 2013

LA MANZANA DE CRISTAL: Capítulo final

"Olvídalo, Jake. Es Chinatown". (Chinatown de Roman Polanski)



Hasta el día antes de marcharme de Nueva York, no entendí lo que, en realidad, esa ciudad significaba para mí. Goki había prometido llevarme a cenar a Chinatown. Yo ya no tenía muchas ganas de hacer nada. Lo había visto prácticamente todo. Pasé la tarde leyendo y escribiendo algunas notas tirado en el sofá. Hacía diez minutos que tenía puesta la MTV, cuando Goki entró en el piso, exhausto, cerrando la puerta de golpe. Me saludó con la mano. Se quitó los zapatos con desprecio y los lanzó a una esquina del salón. Se arrancó la corbata. La camisa. Yo le dije:
Hola.
No sabes la suerte que tienes de poder ir a tu oficina con camiseta y zapatillas contestó.
¿Suerte? Estás loco...
Tiró su maletín negro sobre la barra de mármol de la cocina haciendo que varias naranjas rodaran hasta el suelo, y se metió en la ducha.
Goki trabajaba al sur de Manhattan, en el barrio financiero, en una empresa japonesa que hacía de intermediaria entre ambos países para canjear productos de stock. Odiaba su trabajo y lo decía abiertamente. Él hubiera querido ser arquitecto pero sus padres consideraron que estudiar Administración de Empresas tenía un mercado más amplio de ofertas de empleo.
Tampoco es tan malo matizaba a veces. Lo horrible es esta corbata y estos zapatos de mierda.
Le envidiaba. Envidaba su piso de 3.500 dólares mensuales de alquiler (del cual la empresa se hacía cargo en un 80%). Nueva York. Su estilo de vida. Y no me importaba ver que no se sentía realizado porque, aunque yo fuera periodista, tampoco tenía trabajo de lo mío. De alguna manera, sentía que ya no importaba el talento, ni lo preparados que estuviéramos: al final, todos acabábamos vendiendo algo para alguien; solo que a unos le salía más a cuenta que a otros. Yo, además, en mi país, era un afortunado. Trágica ironía.
Mientras Goki se duchaba, recogí las naranjas del suelo que habían caído junto a mi maleta abierta. Mi ropa desperdigada adornaba las baldosas de color blanco brillante. Me había comprado dos camisetas Levis y dos pares de zapatillas. Las miré y me sentí un poco estúpido. Siempre había querido venir a esta ciudad pero, ¿por qué? ¿Para comprar ropa de marca? ¿Qué coño estaba buscando?
Todavía entraba algo de sol a aquella hora de la tarde por la ventana que daba al Empire State. Goki salió del baño con una toalla blanca rodeando su cintura.
Escogiste el piso más caro que encontraste, ¿no? le solté sin miramientos.
No es cierto. Había pisos más caros que éste contestó algo a la defensiva.
Pero, ¿te dejaron elegir cualquier piso de Nueva York?
Sí, aunque la empresa puso una cifra de alquiler límite...
Un límite muy alto...
Sí dijo mientras se ponía un calzoncillo y una camiseta con los colores del arcoíris. Vi unos 20 pisos distintos antes de quedarme con éste.
¿Y por qué lo elegiste?
Porque tenía lavadora.

2
Salimos a la calle y caminamos hasta el metro esquivando a la gente en las aceras. Después de una semana, había dejado de mirar al cielo como los demás. Incluso los turistas me molestaban. «Vamos, joder, solo es un puto edificio», pensaba.
Seguí ciegamente a Goki, como siempre, entre túneles, andenes y vagones de tren, hasta aparecer en algún lugar de Chinatown. Las calles olían a pescado. Era, con diferencia, el lugar más sucio de la ciudad. Los restaurantes tenían en sus escaparates peceras con animales submarinos de todo tipo. Algunos de colores insólitos. Otros verdaderamente repugnantes.
¿La gente de verdad se come eso?
Yo nunca había estado en China pero aquel barrio increíblemente te hacia sentir allí. Miraba a aquellos escaparates con una fatigante sensación de irrealidad. Era el Chinatown más grande de todas las ciudades del mundo.
Pasamos por varias tiendas de conservas de aspecto siniestro. Giramos en una esquina y un hombre con delantal arrojó un cubo de agua a la calle desde la puerta trasera de una cocina. Olía a sopa. Miré a Goki que, de alguna forma, se sintió obligado a decir:
Solo para que quedé claro, te recuerdo que yo soy japonés.
Aquello me hizo reír.
¿No existe un Japantown en Nueva York?
No. Es curioso. Tenemos de todo: Coreatown, Little Italy... pero Japón no tiene gueto. Tampoco es algo que necesite dijo y entonces, se detuvo. Aquí es.
Era una puerta de cristal con letras chinas y una escalera en su interior que llevaba hasta el primer piso. Yo jamás me habría atrevido a entrar a un sitio así. Ni siquiera me hubiera dado cuenta de que era un restaurante. Tenía más pinta de ser la consulta de un vidente.
Al llegar arriba, cruzamos una cortina roja y una mujer oriental nos ofreció asiento. El ambiente era tranquilo y lujoso. Yo era el único sin rasgos asiáticos de allí. Dejé que Goki pidiera por mí y hasta me atreví con los palillos.
No sabes la suerte que tienes de vivir aquí le dije a Goki.
¿Suerte? Esta ciudad no es mejor ni peor que cualquier ciudad del mundo.
Pensé que no era capaz de apreciar lo que tenía. Y, entonces, dijo:
Aprecia Barcelona. Es un lugar apasionante.
Desde la ventana, podía ver las casitas de dos plantas de Chinatown. Los letreros luminosos. Los farolillos. Los dragones de cartón.
Este barrio parece de mentira le dije a Goki.
Todo Nueva York es de mentira contestó.
Cuando terminamos de comer, la camarera que nos había atendido, con una amplia sonrisa, nos trajo un plato con galletas de la suerte.
Coge una, no tengas miedo me ofreció.
Levanté la mano derecha y sobrevolé aquellos postres mágicos durante unos segundos. Finalmente, escogí la que parecía un poco más pequeña que las demás. La aplasté y saqué el mensaje que tenía dentro escrito en un pequeño papel alargado:
«Jamás busques la respuesta en los lugares que no existen».
Y entonces me di cuenta.
Nueva York no existía más allá de lo que nosotros proyectábamos sobre ella.

LA MANZANA DE CRISTAL:
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Personajes
Let's go yankees
Six pack

26 de octubre de 2013

LA MANZANA DE CRISTAL: Six-pack

"Sexualmente, es decir, con mi alma" (Boris Vian)

Oliver era una especie de Barney Stintson en versión gay alemana. Con su camisa azul de marca, miraba con indiferencia a todo aquel que se le acercara.
Ayer me follé a un tío explicaba a los demás.
Era el único no-asiático del grupo.
¿Y cómo era?
No me acuerdo decía.
Y todos se reían.
No me hagáis pensar... continuaba después pasándose una mano por el pelo. Neoyorquino... Ya sabéis. Un asco. Pero, bueno... fue muy amable conmigo. Y luego me pidió el teléfono.
Oliver solamente daba su teléfono a los chicos que de verdad le interesaban. Es decir, casi ninguno.
¿Por qué debería haberle dado mi teléfono?
Es de buena educación dijo Goki.
¡No! ¡A la mierda! Fue un polvo, nada más. Follamos, estuvo bien y se acabó. No quiero volver a ver a ese tipo. ¡Así que no voy a darle mi puto teléfono!
Era ese tipo de argumentación que solo sonaba razonable en boca de Oliver. Su grupo de amigos, diez centímetros más bajos que él, admiraba su popularidad, templanza y desfachatez.
Y tengo que deciros que me sentí muy bien. Os animo a hacerlo.
Viajábamos en un taxi camino de una discoteca. Goki estaba sentado entre Oliver y yo. En el asiento de delante, junto al conductor paquistaní, se encontraba Bryan.
¿Y a ti qué te parecen los chicos de Nueva York? me preguntó Oliver.
Era una pregunta difícil.
Bajo mi punto de vista, en Nueva York había tres tipos de hombres: los muy atractivos, los muy gordos y los vagabundos. El resto éramos turistas.
Como no sabía qué decir, se lo solté tal cual. Oliver se rió, lo que, al parecer, era un triunfo a juzgar por las miradas del resto. Después, Goki preguntó:
Entonces, ¿yo qué soy?
Vagabundo dijo Bryan.

2
Entramos a la discoteca y el ambiente no parecía demasiado distinto a las noches de Barcelona. Los chicos eran más o menos como en todas partes y la única diferencia es que solo sonaba música en inglés y los cubatas eran vasos con solo tres dedos de bebida.
¿Qué quieres tomar?
No tenía ni idea de qué pedir. No conocía ningún cóctel.
Un cosmopolitan dije, recordando Sexo en Nueva York.
Y nos pusimos a bailar.
Oliver iba y volvía. Se perdía entre la gente. Goki y Bryan bailaban tambaleándose, incapaces de mover la cadera. Más o menos, ese era mi estilo.
Pensaba que los chicos aquí serían más guapos dije.
Esto es una discoteca... no Abercrombie & Fitch.

3
Abercrombie & Fitch era una tienda de ropa con la curiosa particularidad de tener siempre un modelo sin camiseta en la entrada. Los turistas, especialmente mujeres, se hacían fotos con ellos sin ningún pudor. Les tocaban el pecho. Los abdominales. Les pedían un beso. Yo nunca había visto en directo cuerpos tan perfectos. Sin trucos de iluminación. Sin photoshop. Torsos esculpidos en deseo con los músculos anhelados por cualquier homosexual en sus noches más solitarias.
Según Goki, en Nueva York había muchos modelos que habían venido para trabajar en las mejores marcas y habían terminado de camareros, dependientes o, los más afortunados, en la puerta de Abercrombie & Fitch.
Pasar por allí se convirtió en un vicio. Había dos chicos distinto cada día. Por la mañana y por la tarde. Goki y yo nos acercábamos, mirábamos, entrábamos a la tienda dos minutos y volvíamos a salir. Volvíamos a mirar. Y nos íbamos. Me sentía como un adolescentes hojeando a escondidas las revistas pornográficas de los quioscos.
Pero a Goki, el único soltero de los dos, aquello le deprimía más que le excitaba. Al llegar al piso, bajaba a correr media hora al gimnasio de la segunda planta de su edificio.

4
Goki y Bryan no parecían demasiado interesados en ligar aquella noche. Tampoco Oliver que, sin embargo, no iba a perder la oportunidad de pavonearse un poco. A parte de un borracho que intentó abrazarme porque le gustaba mi camiseta, yo tampoco había tenido demasiado éxito. Afortunadamente. No estaba de humor para rechazar a nadie. Y en ese momento fatal, me percaté de que un negro no paraba de mirarme. Era un armario de dos metros, guapísimo, con una camiseta blanca y unos vaqueros. Tenía unos brazos lo bastante fuertes como para levantarme con una sola mano. Yo sonreí y miré hacia otro lado.
Cuando volví a mirar, ya lo tenía a un palmo de mí.
Buenas noches, guapo.
Buenas noches.
Rodeó mi espalda con su brazo derecho, sigiloso, como una boa constrictor al acecho. Yo no pude moverme ni un centímetro.
¿Qué haces por aquí?
Estoy de vacaciones dije.
Vente a mi casa contestó.
Ya me tenía agarrado con los dos brazos. Podía notar su fuerza. Puse las manos sobre sus pectorales y empujé levemente. Eran duros como una roca. Tenía miedo. También me excité un poco. Busqué un hueco por el que salir de allí pero era imposible. En seguida, desistí.
Buscó mi boca y yo aparté la cara, así que me besó en una mejilla.
Yo grité: «Oye, no hagas eso», con la dignidad de una dama del siglo XIX.
Entonces, me soltó un poco.
¿Qué te pasa? ¿No te gustan los negros?
Pensé que me iba a arrancar la cabeza. Podría haberlo hecho, si hubiese querido.
—Me encantan los negros —dije. Y tú eres muy guapo. Pero tengo novio. Lo siento.
Ya, pero tu novio no está aquí...
Ciertamente, no estaba. Ni siquiera en la misma ciudad. Ni en el mismo país. Estaba en otro continente. Demasiado lejos para que me sirviera de excusa.
Sí que está aquí mentí. Mira, es ése.
Señalé a Oliver que estaba tomándose un Long Island apoyando un codo sobre la barra.
Cuando los dos le miramos, saludó con cierto desaire. Tuve esa suerte.
Ah, ese es tu novio dijo el chico negro. Ahora entiendo que no quisiera darme su teléfono la otra noche.
Me acarició con la mano la mejilla.
Sonaba una canción de Alicia Keys.
Finalmente, me soltó y me dijo:
Es muy guapo pero en mi vida había visto una polla tan pequeña.

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Personajes
Let's go yankees
Capítulo final

15 de octubre de 2013

LA MANZANA DE CRISTAL: Let's Go Yankees

¿Te apetece ir a ver un partido de béisbol? Me han regalado unas entradas en el trabajo.
Claro. ¿Por qué no? ¿Dónde?
En el Bronx.



Nunca pensé que visitaría el Bronx. Había viajado a Nueva York con el propósito de no salir de Manhattan. Hasta cruzar la mitad del puente de Brooklyn me había parecido excesivo. Y eso que había lidiado en otros viajes con militares armados (Gambia), atracadores (Florida) y exhibicionistas (Londres). Pero el caso era que no podía quitarme de la cabeza todas aquellas películas de Scorsese que había visto una y otra vez desde que era pequeño.
No te preocupes me tranquilizaba Goki. El estadio de los Yankees está solo donde empieza el Bronx. Además, habrá mucha gente que va a ver el partido.
¿Y cómo iremos?
En metro.
Podía recordar tres, cuatro y hasta cinco secuencias diferentes de tiroteos en el metro de Nueva York. Por una vez en mi vida, me arrepentí de haber visto tanto cine americano.
Está bien contesté. No quería quedar como un gallina. ¿Contra quién juegan?
No lo sé dijo Goki.
Eran los Baltimore Orioles.

Nos reunimos con dos amigos suyos, Keitaro y Bryan, directamente en la estación al lado de su piso. Keitaro era japonés, con la cara ancha y hablaba sin parar de sexo. Bryan era medio chino medio canadiense, muy serio y silencioso. Solo abría la boca para hacer bromas muy ácidas, pero sin sonreír, así que había que estar atento.
He estado dos veces en Barcelona me explicaba Keitaro mientras pasábamos las estaciones correspondientes a Central Park. Es una ciudad maravillosa.
¿Te gusta?
Sí, mucho. ¡Qué chicos tan guapos tiene! Estuve en el Circuit en 2010 y 2011. Me hubiera gustado volver este año, pero la verdad es que follé tanto que creo que voy a tardar una década en recuperarme.
Keitaro se reía a carcajadas él solo.
A cualquier cosa lo llamas tú follar replicó Bryan.
Tenía la extraña sensación de estar en un capítulo adulto de Doraemon. Todos eran una cabeza y media más bajos que yo.
¿Y tu novio a qué se dedica?
Es humorista dije.
¿De verdad? A mí me encanta el stand-up comedy comentó Bryan con la frialdad de un psicópata.
Debe ser muy divertido.
Bueno, lo es. Pero tampoco es que se pase todo el día contando chistes aclaré.
Eso les hizo gracia por algún extraño motivo.
Por entonces, ya habíamos salido de Manhattan.

Al salir de la estación, respiré hondo diciéndome a mí mismo que seguro que no iba a ser para tanto. Goki me acarició la espalda. Subimos las escaleras y, nada más poner un pie en el Bronx, nos encontramos de frente un hombre negro hablando solo y a gritos. No vendía nada. Decía algo de la desgracia del mundo. Le faltaba un ojo pero no llevaba la cuenca tapada. Se podía ver el interior de su ojo sin ojo cicatrizado por su piel oscura. Apestaba a alcohol. Goki me estiró del brazo y caminamos hacia el estadio esquivando al extraño mendigo.
Eran aproximadamente 200 metros, pero no pude evitar la tentación de echar un vistazo al barrio. Las casas era de dos pisos, con la pintura caída y aspecto destartalado. Algunas ventanas estaban tapiadas. Pasamos por debajo de las vías del tren donde tres tipos sin camiseta charlaban junto a un contenedor de basura. Caía un chorro de agua enorme de algún lugar de aquellas vías. Rebotaba en una pared y se convertía en un río que se deslizaba hasta las cloacas de un poco más allá. Con poca destreza, lo cruzamos, mojándonos los pies. Keitaro hizo algún tipo de broma sexual que no entendí.
En la puerta seis nos encontramos con el resto: Oliver, un alemán rubio y elegante, acompañado de una amiga morena y banal, y Vicky, una tailandesa rica con un amigo homosexual.
¿Qué tal vas? me preguntó Oliver—. Se te ve asustado.
No me gusta este barrio dije.
No te preocupes por el barrio. Preocúpate mejor por que ahí dentro no nos peguen por maricones añadió colocándose su flequillo dorado con una mano.
Tuvimos que pasar un detector de metales y un registro como en un aeropuerto, lo cual me tranquilizó bastante; más que los cinco coches de policía y las dos ambulancias que había en la puerta.
Yo creo —dijo Vicky ya en nuestro asiento que como en el Bronx hay muchos inmigrantes ilegales acaban viniendo aquí todos los inmigrantes ilegales, para estar con sus familias y por eso, al final, hay tantos inmigrantes ilegales aquí y es tan peligroso.
«¿Cómo será la vida de Vicky en Tailandia?», pensé. Yo la imaginaba en un palacio.

El estadio estaba lleno, propiciando el ambiente idóneo para la diversión. Sin embargo, tres jugadas fueron suficientes para descubrír que el béisbol consiste básicamente en que durante la mayor parte del tiempo no suceda nada interesante.
En el fútbol no siempre hay goles, pero por lo menos corren le dije a Goki.
No lo sé. Yo no entiendo de deporte.
Pasaron 40 minutos hasta que, por fin, vimos un home round. El estadio prácticamente se vino abajo. Llevábamos rato haciéndonos fotos por aburrimiento. Aproveché también para preguntar a Keitaro la diferencia entre ball y strike:
Tú olvídate de tecnicismos: es como el sexo anal; cuando ves las pelotas, hay que darle bien fuerte con el bate —dijo. Lo que me hizo pensar que tampoco tenía mucha idea.
Yo no podía creer la cantidad de espectáculos que se iban sumando al partido conforme avanzaba: juegos interactivos en las pantallas, música con coreografías absurdas, la cámara del beso, la cámara de la chica sexy, las felicitaciones de cumpleaños... De pronto, anunciaron por megafonía que dos veteranos de guerra habían acudido al estadio aquella noche. Una especie de presentador improvisado, los sacó a la pista. No dijeron de qué guerra eran pero por su aspecto juraría que no llegaron a Vietnam. Los dos viejos se pusieron la mano en el pecho y empiezó a sonar God Bless America con karaoke incorporado en las pantallas. El estadio entero se puso en pie. Nosotros hicimos lo mismo. Goki se puso la mano en el pecho.
¿Qué haces? le dije.
No sé, me siento muy presionado.
La gente gritaba aquella letra patriótica como si le fuera la vida en ello. Con una escalofriante pasión. Parecían dispuestos a matar por su país. Yo pensaba: «Esto en Barcelona sería imposible». Claro que luego recordé que conocía a unos cuantos tíos dispuestos a matar por el Barça.
Cuando veo estas cosas dijo Bryan pienso que Estados Unidos y Corea del Norte al final no son tan diferentes.
Todo formaba parte del show. Al principio creía que era para suplir los tiempos muertos, pero ya hacia el final, me di cuenta de que era parte inexorable de la idea americana de espectáculo. Que no podían concebirlo de otra manera. Que si vinieran a ver un partido de fútbol a España, pensarían: «Pero, si no sucede nada. Lo único que hacen es jugar».

Nos marchamos en la ronda ocho, un poco antes de que terminara. Ganaban los Yankees. De camino al metro, ya estaba más tranquilo y el barrio no se me antojaba tan peligroso.
¿Qué te ha parecido la experiencia? —me preguntó Oliver.
No me ha gustado le dije. Es un juego muy lento.
A lo que él respondió:
Es verdad. Y ni siquiera llevan pantalones cortos.

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Personajes
Six-pack
Capítulo final