23 de mayo de 2012

SCHOPENHAUER Y LA OPERACIÓN BIQUINI

Ayer fui al gimnasio a correr mis treinta minutos semanales y una mujer sentada en una bicicleta estática leía un libro titulado El sentido de la vida. Durante un rato valoré la posibilidad de que fuera tan solo una cubierta de papel encontrada por casualidad en algún rincón de su casa. Pensé que quizás ese título no correspondía en realidad con su interior y que simplemente lo estaba usando para proteger un valioso cómic de Esther o Candy Candy. Pero pasados los minutos, al no poder escapar y tener que seguir observándola por estar allí corriendo (valiente paradoja), descubrí que era efectivamente un libro de filosofía.


Mientras la supuesta intelectual pedaleaba con fuerza, yo buscaba un antecedente. He visto a gente leer sobre la bicicleta estática revistas de dietética, diarios gratuitos, panfletos publicitarios o historietas de superhéroes, pero jamás un libro. De repente, aquella mujer que se lamía la punta de los dedos para pasar de página, que hacía a las palabras esquivar las gotas de sudor de su frente, me obligaba a replanteármelo todo. Una imagen sacada de contexto, como el retrete de Marcel Duchamp en medio de un museo.

¿Qué significado tiene la existencia de alguien que ocupa su tiempo libre tratando de adelgazar unos kilos antes de que el verano le pille desprevenido? Aquella mujer y su libro me escupían a la cara lo absurdo de adelgazar sólo para obtener la aprobación de los que, aburridos, a mi alrededor en la playa busquen un michelín del que burlarse. Al fin y al cabo, todos moriremos. La libertad no existe. Dios y la felicidad son mentira y todo ese rollo.

Yo quería acercarme a la chica y preguntarle qué decía el libro. ¿De qué podía tratar con un título tan pretencioso? El contenido sólo podía decepcionar. Quería decirle que si yo publicara un libro titulado El sentido de la vida, dejaría cien páginas en blanco y en la última escribiría: “Lo siento”. Quería asaltarla y explicarle que yo me licencié en filosofía y que lo más útil que aprendí fue a deletrear Schopenhauer.

Aquella mujer es de las que estarían orgullosos mis compañeros de promoción de la Universidad de Barcelona entre los que, ya en aquellos años, se gestaba el 15-M, cuando ni siquiera existía un motivo para que se gestara (o existía pero no lo sabíamos). Y puede que ella no sea consciente, pero lo que hizo ayer en el gimnasio es lo que los indignados llaman una acción simbólica, similar a lo de ir a comer sentados en el suelo frente a las oficinas de La Caixa.

En la vida sufrimos o nos aburrimos, decía Schopenhauer. Lo que ocurre es que hay muchos tipos de sufrimiento. Algunos, como el dolor existencial que me provocó la supuesta atleta metafísica, son la mar de entretenidos. Ayer, mis anodinos treinta minutos de ejercicio cardiovascular se pasaron volando. Espero volver a encontrármela la semana que viene.

17 de mayo de 2012

WHAT YOU WISH FOR

"Todos tenemos algún nombre propio al que echar la culpa" (Al Desnudo, Chuck Palahniuk)




Por la disposición de la estancia, parece más un parque zoológico que la presentación de un libro. Los organizadores de la sala de conferencias de FNAC-TRIANGLE han decidido que hay demasiada gente, así que han quitado las sillas para que quepamos todos. De esta manera es como una masa de más de cien personas de pie se amontona armada de teléfonos de última generación para fotografiar al escritor Chuck Palahniuk. 

Me han enviado a cubrir el evento y ni siquiera estoy acreditado. Es mi primera vez. Así que he tenido que hacer cola en la calle con los fans durante una hora observando sus camisetas de Star Wars, Megadeth y Juego de Tronos. "¿Qué grupo toca?", preguntaban los transeúntes. "Un escritor", contestaba yo y les veía alejarse decepcionados. Nadie espera que haya gente tan loca como para perderse un Barça-Madrid por ver hablar a un tío que escribe libros.

En el zoo de la FNAC, tienen a Chuck expuesto sobre una tarima, iluminado con dos focos. Está sentado en un sofá junto a su traductora de español, con las piernas y los brazos cruzados, acariciando un ejemplar de su nueva novela Al Desnudo. Ni siquiera presta atención a las camisetas de Kill Bill y Extremoduro, como la estrella del parque que ya ni se fija en los visitantes que la observan. Me acuerdo de Copito de Nieve. Me pregunto si algún día Palahniuk acabará cagándose en la mano y lanzando la mierda a los lectores que le pregunten de dónde saca la inspiración.

A su derecha, de pie, apoyado contra la pared, Álex de la Iglesia espera su turno. Es el encargado de presentar al animal mediático de la tarde. Eso parece hacerle feliz: “No soy digno, yo soy como vosotros. He venido aquí también para escuchar hablar a este tipo de aspecto normal al que admiro”, dice. De la Iglesia insiste en querer acercarse emocionalmente a la gente común. Hoy lo tiene más fácil que otras veces. “Ninguno de nosotros parece real. Lo único que a estas alturas nos puede parecer real es un puñetazo. ¿Alguien se atreve?”, bromea el director. Los asistentes ríen. Nadie se acerca a golpearle.

Yo estoy atrás de todo. Ni con los seguidores ni los profesionales. Tras las camisetas de Blow up y Lehendakaris Muertos, un tío absurdo con una libreta sin saber qué escribir. Ese soy yo.

Palahniuk se muestra frágil y poco extravagante. Mide una a una sus palabras mientras nos habla de la muerte y del ridículo que hacemos al negarla. Explica anécdotas sobre el actor Edward Norton y el director David Fincher: “El verdadero club de la lucha sucedió entre ellos durante el rodaje de la película”, nos cuenta. 

Percibe cada pregunta como un reto intelectual. Escribe anotaciones hasta de las más breves y se toma su tiempo para responder. Sonríe. A veces tarda tanto que tiene que reírse y pedir un segundo para pensar. Quiere ordenar sus ideas como si fuera a escribir un relato en vez de ponerse a hablar. 

“En mi obra, todo es estructura, no hay más secretos”, le confiesa a un joven escritor. Quizás ahí reside también la clave de su forma de ser. Palahniuk es alguien agradable que escribe sobre lo desagradable. Un tipo con una camisa rosa pálido que nos dice: “Los libros son mejores que las películas porque en una película no puedes poner un mono metiéndole a alguien cacahuetes por el culo”. Es un señor al que le encanta el silencio. 

Un adolescente gordito, con gafas de pasta y voz temblorosa le dice con su camiseta de Sim City que leyó su libro y creó en su colegio un club de la lucha. Son esas pausas llenas de significado las que Palahniuk disfruta más, para después responder: “Por favor, no vuelvas pegarte con nadie”.

En la firma de ejemplares, dos días después, veo que ha perdido toda su humanidad. Se ha convertido en un robot repitiendo los mismos gestos como si nunca hubiera salido de la cadena de montaje de la fábrica de contenedores de Portland. Yo he comprado dos libros: el nuevo Al desnudo, por hacer la pelota, y un ejemplar de El club de la lucha, porque el que tengo en casa está firmado por mí y no quiero hacer el ridículo. Pero al final nos dicen que sólo firmará un ejemplar por persona, así que paso del peloteo y dejo salir al fan escondido. 

Quiero darle las gracias por sus libros le digo en inglés.
Gracias a ti por la espera responde.
Eres una gran inspiración para mí.
Ten cuidado con lo que deseas me contesta sin ni siquiera mirarme.

Me devuelve el libro firmado y le doy las gracias otra vez. "Be careful what you wish for". Creo que con esa frase acaba de resumir mi vida. Aunque, probablemente, se refería a la suya.

12 de mayo de 2012

REUNIONES 2

Se sentó delante de mí, se colocó las gafas y me dijo que ya sabía que este trabajo me importaba una mierda. Mi jefe no era un tipo que dijera las cosas de una forma tan directa. Era nuestra segunda reunión en dos días. Eso podía significar que el final estaba cerca. Algunas veces lo deseaba con todas mis fuerzas. Desgraciadamente, no era así. Aquello era solo el principio.

WARNER
Aquella mañana, la señorita Amapola se despertó cinco minutos antes de que sonara el despertador. Se levantó deprisa, siguiendo escrupulosamente sus rutinas matinales. Eligió un vestido acorde con su estado de ánimo. Se puso unos pendientes a juego. Dedicó cinco minutos a ducharse, siete minutos a peinarse y diez minutos a maquillarse. La señorita Amapola se miraba al espejo y se decía: "No eres ni la sombra de lo que fuiste".
Llegó a la oficina con tiempo suficiente como para tomarse un segundo café antes de empezar a trabajar. Unos instantes más de calma antes de la tormenta. Encendió su ordenador: "Buenos días, señorita Amapola". Había llegado ese punto en el que no tenía más motivaciones en su vida que cobrar su nómina de directiva sin que sus trabajadores le causaran demasiados dolores de cabeza. Pero aquel no iba a ser lo que ella llamaría un día tranquilo. Tres segundos después de conectarse, sonó el teléfono:
Buenos días, Amapola. Buenos... por decir algo.
Era el coronel Mostaza.
¿Qué ocurre, coronel? Todavía no me he terminado el café.
Se trata de Fermín.
¿Fermín? ¿De qué me suena ese nombre?
Mi jefe sujetaba un bolígrafo en su mano derecha. Lo apretaba con fuerza. Decía: "Ahora ya no podemos permitirnos tonterías de este tipo". A su lado, la señora Celeste se ocupaba de hacer el papel de poli bueno. Pestañeaba con ternura como si mirara un niño que ha hecho una travesura. Mi jefe me acercó el ordenador portátil:
¿Qué es esto?
En la pantalla podía ver un correo electrónico de la señorita Amapola que decía: "Escucha esta llamada. No tiene desperdicio".
Escúchalo y hablamos dijo mi jefe.
Era la grabación de una conversación telefónica entre un cliente y yo. En ella, el cliente iba preguntando sobre la disponibilidad de ciertos productos. Yo respondía a todo que sí. Como cuando un sistema informático te pregunta si quieres continuar y dices que sí compulsivamente sin ni siquiera leer el mensaje. La llamada apenas duraba tres minutos.
Es obvio que no le estaba escuchando respondí.
¿Y se puede saber lo que estabas haciendo?
A mi jefe todo aquello no le hacía ninguna gracia.
Seguramente estaría ocupado tratando de acabar la faena que se nos ha ido acumulando estos días por culpa de los nuevos cambios en la programación.
Seguramente estarías hablando con alguien por el móvil.
No podemos saberlo.
Si alguna vez tienes alguna duda, puedes preguntarme a mí.
La señora Celeste trataba de apaciguar los ánimos.
No tengo ninguna duda. Ya sé en lo que me he equivocado. Pero no estaba escuchando.
Pues que sepas que era un cliente importante y cuando se ha dado cuenta de que le has informado mal, ha montado un pollo que ha llegado hasta arriba.
Pues lo siento, pero estas cosas pasan.
¡Me jode, Fermín! ¡Me jode! mi jefe diciendo palabrotas. Me jode porque eres un buen trabajador y acabamos de darte un cargo de importancia. Tienes capacidad suficiente para no cagarla nunca.
Para no equivocarte más, puedes consultarme a mí.
La señora Celeste parecía un disco rayado.
¡Y ya lo sé! Este no es el trabajo de tu vida continuó mi jefe. Seguro que tienes una vida cojonuda esperándote fuera de aquí. Pero de momento, este es tu trabajo y necesito que estés concentrado. ¿De acuerdo?
Yo dije: "De acuerdo". Y mi jefe se levantó de golpe.
Mañana empiezas con los de internacional. Espero no tener que volver a reunirme contigo en mucho tiempo dijo mientras se dirigía a la puerta.
¿Cuánto me vais a pagar?
No lo sé.
De acuerdo.
Y salió huyendo de allí seguido de la señora Celestes que aún tuvo tiempo de volver a repetirme que si tenía dudas podía preguntarle lo que quisiera.
Fue entonces cuando me di cuenta del grave error que había cometido.
Pero ya no podía volver a atrás.

Leer REUNIONES (Primera Parte)

1 de mayo de 2012

REUNIONES

"Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cuatro años podría entenderlo. ¡Que me traigan un niño de cuatro años!" (Groucho Marx, Sopa de Ganso)


WARNER
Llegué con diez minutos de antelación. Mi jefe prácticamente me lo había suplicado:
Por favor, Fermín, es importante. 
Llegaré puntual.
Pero, puntual. Nada de cinco minutos tarde.
Lo intentaré.
Hacía tiempo que no le veía tan nervioso. Eso de reunirse con los directivos de la empresa no le sentaba bien. 
Aquella tarde no tuve tiempo de hacer la siesta. Me lavé la cara con violencia. Me cepillé los dientes. Me cambié de pantalones y me puse un sudadera discreta. Para asegurarme de no quedar mal con mi jefe, salí de casa veinte minutos antes de lo previsto.
De esta manera fue como llegué con diez minutos de antelación y tuve que esperar a los directivos durante media hora. 
La diferencia entre un directivo y un trabajador es que si un trabajador llega tarde es porque es un irresponsable; si un directivo llega tarde es porque tiene mucho trabajo.
Lo siento, hemos estado hasta arriba de trabajo esta mañana -se disculpó el coronel Mostaza. Era un tipo obeso, de los que no se quitan la americana para no mostrar sus cercos de sudor transpirando bajo las mangas de su camisa. Uno de esos ejecutivos que se desabrochan cuatro botones y no les importa mostrar el pelo de su pecho asomando porque creen que son lo bastante hombres y no hacen el ridículo.
Muy bien, Fermín. Así que tú dominas el inglis pitinglis...
La diferencia entre un trabajador y un directivo es que cuando el directivo hace bromas imbéciles, el trabajador sonríe. 
A little bit respondí.
Mi jefe no paraba de moverse. No sabía donde ponerse. La señorita Blanco y la señorita Amapola ya habían tomado asiento. Faltaban sillas en aquella sala de reuniones ridícula.
¿Queréis tomar algo? ¿Un refresco, un café?
Para mí, un café solicitó el coronel Mostaza sin levantar la vista de sus papeles.
La señorita Blanco no quiso nada. El Profesor Plum, entrando en ese instante, pidió un vaso de agua.
Sí, mejor trae una botella grande dijo la señorita Amapola.
Yo sentí la tentación de pedir un café con leche sólo para ver cómo mi jefe me lo servía.
Sólo para que, por una vez, me trajera un café con leche alguien que no fuera un camarero.
Pero no dije nada y nadie me preguntó.
Una vez todo el mundo tuvo una silla donde sentarse y su trago solicitado, empezaron a explicarme en qué consistiría mi nueva tarea. Se trataba de responder emails de nuestros clientes de Australia y Estados Unidos. Parecía sencillo, pero la explicación duró casi dos horas.
La señorita Amapola necesitaba que habláramos mirando hacia ella para que pudiera leernos los labios. Yo no entendía nada porque había hablado con ella muchas veces por teléfono.
Así que el coronel iba proyectando diferentes ejemplos de mensajes:
Mira, aquí tienes un cliente que pregunta cuándo tendrá su pedido. ¿Ves? Y esto es un cliente que hace un pedido nuevo. Y ahora otro mensaje igual que el primero.
Mientras, yo no podía dejar de pensar: ¿La señorita Amapola es sorda? ¿Desde cuándo? ¿Piensan decirme lo que van a pagarme? ¿Cómo he acabado yo aquí?
La señorita Blanco era la única en la sala que también hablaba inglés, pero era demasiado importante como para perder su valioso tiempo respondiendo emails. Llevaba falda negra y gafas de pasta.
Disculpe, coronel Mostaza, pero se está equivocando. Este cliente no hace una reclamación, lo que solicita es duplicar un pedido -dijo tocándose el pelo.
Sí, eso he dicho contestaba el orgullo dolido del coronel.
¿Puedes repetir eso último mirándome? insistía la presunta sorda.
Mientras, el profesor Plum, experto de nuestro laboratorio, entraba y salía de la reunión hablando por su teléfono móvil. Era un tipo pálido y delgado que amaba su trabajo. Probablemente fuera lo único en su vida que valiera la pena amar. La función de mi jefe era apretar un botón para que avanzara el powerpoint
De pronto, hubo un momento en que terminaron. Llevaban una hora repitiendo lo mismo así que podría  haber durado eternamente. Mis dudas seguían sin responderse. ¿Cómo una sorda puede trabajar atendiendo el teléfono? ¿Valía la pena toda aquella mierda solo por llevarme unos euros extra a final de mes?
¿Lo has entendido?
el coronel mostaza se rascaba su escote velludo. Se creía un tipo elegante.
Sí.
¿Tienes alguna pregunta?
No.
Perdona, ¿puedes repetir eso último mirándome?
No.
Mi jefe me dijo: Puedes irte.
No tenía ni idea de lo que tenía que hacer ni de cuándo empezaba, pero pensé que ya lo aprendería sobre la marcha. Como siempre. Salí de la oficina despacio. Los directivos sonreían como si se hubieran quitado de encima un marrón engorroso. Pensaban que nunca más volverían a saber de mí. Pero al día siguiente, la señorita Amapola llamó a mi jefe y le dijo:
Tenemos que hablar de Fermín.

17 de abril de 2012

TIEMPOS PSICÓTICOS

Dos peces van nadando por el mar. Se encuentran con otro pez que les dice: Eh, chicos, ¿cómo está el agua? Los dos peces pasan de largo asustados. Se alejan nadando. Al cabo de un tiempo, uno de ellos le pregunta al otro: ¿Qué coño es el agua?


1. Mi jefe era un tío majo, más o menos de mi edad. Con barba. Vestía tejanos y camisa, aunque casi nunca la llevaba metida por dentro. Hablaba bajo, despacio. Tenía un cartel encima de su ordenador que decía: "AKI VA EL SOSO", y se sentaba justo detrás de mí. Se colocaba las gafas cada vez que quería hablar contigo, cosa que no sucedía nunca. Excepto aquella mañana.
Yo me sentaba al principio de uno de los pasillos del final. Cuando llegaba tarde, toda la empresa me veía entrar porque tenía que recorrer la sala entera hasta mi sitio. Nunca me retrasaba exageradamente, pero sí era habitual salir justo de tiempo y fichar dos o tres minutos tarde. Me sentaba sin dar los buenos días y mi jefe no me decía nada, aunque a veces me lo descontaban del sueldo.
Mi jefe era jefe pero no lo bastante como para tener un despacho propio. Sus superiores sí lo tenían. Él no. Se sentaba, como te digo, detrás de mí, con la peculiaridad que quedábamos de espaldas. Cada uno se enfrascaba en su ordenador y ninguno de los dos veía al otro a no ser que se girara. A veces tenía la sensación de que me observaba, pero no lo hacía. Estaba todo en mi cabeza. Él ya tenía bastantes problemas como para estar pendiente de mí.
Mi cubículo se distinguía del suyo por los dibujos, los pósits y el póster de James Franco que yo tenía colgados. Un día los jefes de mi jefe venían de visita con sus trajes, sus corbatas y sus maletines, así que lo arrancaron todo antes de que yo llegara para causar buena imagen. Mi jefe quería agradarles, como suele ser lo normal.
Todo el mundo quiere complacer a los que mandan por encima suyo por si en el futuro pudiera serles útil. Mi jefe era así. Los jefes de mi jefe también le chupaban el culo a los suyos cuando les visitaban para simular que los tenían controlados. Hasta el presidente del gobierno contentaba por entonces a sus jefes en Europa. Les obedecía y les hacía patéticas reverencias cuando convenía. Los jefes de los jefes del presidente eran los mercados. Para mí todo aquello no era más que un montón de miedo acumulado.

2. Aquella mañana llegué siete minutos tarde porque me costó más de lo habitual salir de la cama. La jornada transcurría con atroz normalidad. Me dediqué a merodear twitter y facebook desde mi móvil mientras algunos clientes suplicaban al teléfono que resolviera problemas que estaban fuera de mi competencia. Este pequeño detalle no me estaba permitido decirlo. Mis compañeras se reían de alguna anécdota anodina que no logré entender porque me sentaba demasiado lejos de ellas.
Cada vez tenía más compañeras y menos compañeros. Cada vez más mayores y con más hijos. Las malvadas psicólogas de Recursos Humanos habían llegado a la conclusión de que las madres eran más dóciles que los estudiantes. Mientras a mí no me afectaba nada de lo que me dijeran, ellas obedecían ciegamente por temor a ser despedidas, sin necesidad de que nadie las amenazara. Eran tiempos psicóticos.
De pronto mi jefe se dio la vuelta. No era algo habitual. Si se daba la vuelta es que pasaba algo. Desde que arrancaron mi póster de James Franco podía seguir sus movimientos reflejados en el cristal. Llevaba una camisa blanca de manga corta. Se giró y me dijo:
Cuando puedas te reunes conmigo.

3. Mi jefe era jefe pero no tanto como para tener una sala de reuniones a su disposición. Así que me llevó a una mesa del office donde la gente solía ir a desayunar y se sentó frente a mí por primera vez en más de un año. No recuerdo si tenía miedo de que me despidiera o lo estaba deseando. Él, sacudiéndose unas migas de pan de los codos, me preguntó:
¿Te acuerdas de aquellos correos en inglés de clientes extranjeros que te enseñé?
Los recordaba porque hasta un niño de primaria podría traducir aquellos pedidos.
Dije: "Sí".
Pues vas a tener que encargarte tú. Eres el único que habla inglés. Te vamos a pagar un plus por el idioma.
¿Cuánto? pregunté.
No lo sé.
De acuerdo dije.
Al volver a mi sitio no sabía si estaba contento o deprimido. Todas mis compañeras se giraron como si vieran volver a un preso del corredor de la muerte. Les dije:
Tranquilas, todavía no me han despedido.
A lo que mi jefe añadió:
Tú vas a durar aquí más que yo...
Entonces, sentí un miedo terrible.

6 de abril de 2012

LA VIDA CON SUBTÍTULOS

"La verdad es totalmente interior" (Mahatma Gandhi)


1. Compro la revista Fotogramas antes de ir a la oficina. Este mes, aparece en portada una foto de Mario Casas sin camiseta. Parece que el actor pasa más tiempo a torso descubierto que con la ropa puesta. Se trata de hacerse desear. No creo que a nadie le guste cómo actúa. No sabe hablar (o si sabía, se le ha olvidado). En las entrevistas parece tonto. Pero hace deporte y, siempre que puede, enseña las abdominales. Una mentira repetida muchas veces puede convertirse en verdad para la mayoría de la gente. Un chico cualquiera puede convertirse en objeto de deseo si se exhibe de la manera adecuada y con la frecuencia correspondiente. A mí no me gusta Mario Casas, pero lo he visto ya tantas veces desnudo que su imagen ha traspasado ciertas fronteras de mi inconsciente. Han conseguido el objetivo: que esta especie de Rafa Mora del cine español ocupe un lugar entre mis mitos eróticos contra mi voluntad. Puedo seguir negándolo, pero, ¿para qué? Somos débiles frente a ciertos estímulos.
Así que Mario Casas, al que detesto y, sin embargo, deseo artificialmente (véase otros ejemplos como Cristiano Ronaldo) ocupa escandalosamente la portada de la revista Fotogramas y tengo que llevarla bajo el brazo cual lectora choni de la Vale. Es una revista de cine, con información cinematográfica en su interior. Pero esta vez no es esa la imagen que da. Parece otra cosa. Y me hace parecer a mí otra cosa.
Junto al Fotogramas regalan este mes Car and Driver; una revista de coches. Mientras viajo en el metro la uso para tapar a Mario Casas. Quizás sirva para eso. Me hace distinto. Aunque llevar al musculado actor bajo el brazo seguramente se corresponda mejor con mi interior que el último modelo de Audi.

2. Veo un capítulo de Mujeres Desesperadas y sucede algo con los subtítulos que nunca me había ocurrido. He tenido que soportar malas traducciones, subtítulos demasiado lentos, demasiado rápidos, descompasados, idiomas desconocidos... Pero en el capítulo de hoy -increíble- los subtítulos correspondían al episodio siguiente.
Es la peor pesadilla de los enemigos del spoiler. Veo lo que está ocurriendo y leo lo que ocurrirá en el futuro simultáneamente. Delirante y a la vez hipnótico.
Eso me hace recordar una escena en Annie Hall en la que Woody Allen charla con Dianne Keaton mientras abajo podemos leer subtitulado lo que realmente están pensando. Siempre he pensado que sería útil para la vida real porque la mayor parte del tiempo decimos una cosa pero pensamos otra. Lo que no sé es si podríamos soportar vivir en una sociedad en la que todo lo que ronda nuestro interior acabara viendo la luz.

3. Llego a la oficina y le doy a mi compañero Alberto la revista de coches.
¿No te interesa?
Prefiero a Mario Casas le digo.
¿Lo ven? Ahí lo tienen. Un viaje en metro con él y ya he sucumbido a sus encantos subliminales. Puede que la primera vez que dijera con asco lo idiota que me parece, un subtítulo proveniente del futuro tradujera: "Me quiero hacer una paja contigo". Antes incluso que yo lo supiera, como en el capítulo de Mujeres Desesperadas.
No sé si los subtítulos proféticos serían más útiles que los que describen nuestros pensamientos o más peligrosos. Pero no resulta difícil imaginar aquella cita en la que te decían: "Me siento muy bien contigo" subtitulada como: "Creo que deberíamos darnos un tiempo".
O la entrevista de trabajo en la que te dijeron: "Estamos encantados de contratarte", mientras se anticipaba debajo: "Lo siento, pero nos vamos a ver obligados a hacer un ERE".
"Te quiero" acabó convirtiéndose en: "Ya no nos reímos como antes".
"Te veo como un amigo", subtitulado como "Vente a mi casa que estoy sola".
Puede que la vida subtitulada perdiera toda la gracia pero la verdad es que, en muchos casos, no nos revelarían nada que no supiéramos ya desde el principio. Negarlo sería la parte más difícil.

28 de marzo de 2012

SER PERIODISTA

"Necesitaremos las últimas palabras del condenado  mientras sube los 13 peldaños. Algo con mucha garra. Si quieres, te las inventas" (Primera Plana)

1. Mi profesor de Redacción de Géneros Argumentativos trabaja en un periódico importante y, a veces, incluso escribe las editoriales. Por lo que nos cuenta, no siempre saben sobre lo que escribir y entre varios periodistas deciden un tema y dan vueltas sobre él sin mojarse demasiado. En su explicación, lo compara con tocar el violín, es decir, hacer que la música suene sin necesidad de decir nada. Así es como funciona en realidad. No es verdad que la editorial sea la opinión del periódico: a veces no es la opinión de nadie.

2. Mi padre se enfada mucho viendo Punto Pelota. Lo ve todas las noches y se acuesta de mal humor. Después lo vuelve a ver repetido otra vez por la mañana. Como cuando tenemos una herida y no podemos  dejar de arrancarnos la costra. Algunas veces me acuesto y mi padre no me deja dormir con sus gritos: "Pero, ¡que hagan callar al gordo, hombre!". Yo me pregunto si el gordo es un periodista u otra cosa. No siempre noto la diferencia. Lo más extraño es conseguir dormirme mientras mi padre aún no ha terminado de ver el programa y, cuando me levanto, ahí sigue viendo la repetición, como si hubiera pasado toda la noche frente al televisor y Punto Pelota no terminara nunca.

3. Mi profesor de Redacción de Géneros Argumentativos dice que lee todo lo que ponen sus periodistas en el twitter porque es su obligación. Les espía. Considera que todo lo que escriben le pertenece. Al fin y al cabo, llevan el nombre del diario en su descripción. Un periodista, según mi profesor, no puede twitear: "Rajoy es gilipollas" porque daña la credibilidad del medio en el que trabaja. Incluso aunque Rajoy, supongamos, fuera objetivamente gilipollas. Todo eso me hace pensar en la cantidad de  tonterías que digo y cuelgo en Internet. Quizás algún día tenga que dejar de hacerlo. Siento cierta tristeza.

4. Mi padre ve Sálvame a mediodía y, curiosamente, le cabrea tanto como el programa de fútbol de Intereconomía. Así es como se pasa la vida gritándole al televisor. "Pero, ¡que hagan callar al calvo, hombre!", dice.  Mientras se pelea con la pantalla, no tiene necesidad de pelearse con nadie más. Debe resultar bastante práctico. Uno no se enfada viendo Telecinco: escoge algo acorde con su estado de ánimo. En el magazine de sobremesa, unos son periodistas y otros personajes. Los personajes son los que hablan de su vida privada y los otros no sé quienes son.

5.  Mi profesor de Redacción de Géneros Argumentativos me pregunta qué he estudiado. "Filosofía", respondo. Y como no soy el único en clase y no le gusta repetir sus chistes, continúa preguntando: "¿Por qué has decidido estudiar periodismo?". Y yo digo: "No lo sé, me gusta escribir". Pero mi profesor piensa que con saber escribir no es suficiente. "Esta no es una profesión de intelectuales", opina haciendo que me avergüence de mis propias gafas. Y luego, insiste: "Hay que tener instinto periodístico. Por ejemplo, tú si ves en la calle un montón de gente que observa un accidente, ¿que haces?". A lo que yo respondo: "Observo a la gente".

6. Mi amiga Camila y yo compartimos un taxi de vuelta a casa porque nos ha cerrado el metro. Me pregunta por el posgrado. "Voy a tener que dejar de escribir tonterías en twitter y en Internet", le explico. "¿Por qué?", se extraña ella. Y le cuento todo eso de la credibilidad y que representas un medio y todo eso. Pero Camila no lo entiende, así que intento explicárselo mejor. En ese momento, me doy cuenta de que yo tampoco lo he entendido.

7. Mi profesor de Redacción de Géneros Argumentativos le pregunta a una compañera qué ha estudiado. "Guión de cine", responde. "¿Y ya sabes distinguir entre realidad y ficción?". Yo, como soy un egocéntrico, me traslado todas las preguntas que escucho y trato de responderlas mentalmente. ¿Realidad y ficción? Bueno... la verdad es que cuando escribo aquí, tiendo a la exageración. Me invento detalles. Manipulo. Todo para hacerlo más interesante. Algunas veces ni siquiera puedo usar los nombres de las personas para que después no me vengan pidiendo explicaciones. Puede que eso me convierta en un pésimo periodista en el futuro. De momento, me gusta más que tocar el violín.

27 de febrero de 2012

SUBÍ AL ASCENSOR

Subí al ascensor
de mala manera en la oficina
y sonaba aquella canción
que susurraste en mi oído
mientras te hacía el amor
una tarde que llovía.

“Qué mala era”, pensé.
¿Por qué me cantaste aquello?
Mira que existen canciones.
¿Qué estarás haciendo ahora?

En el espejo, mis ojos
ya no tenían el brillo del invierno,
ni mis labios estaban cortados,
ni sonreía,
ni tenía ganas de verte.

Tú me amabas, recordé,
como la risa ama la ginebra,
y a mí me gustaba el toque verde
del sol reflejado en tus pupilas.

Ya pasó y, sin embargo,
sonaba aquella canción
que nunca me había gustado.

Lo mismo que tus complejos,
tus miedos, tus manías.
Tus disparates, tu inconsciencia.

Subió el ascensor despacio
y no tuve tiempo de llorar.

Te quise tanto, ahora me acuerdo...
Dime, ¿por qué?
¿Por qué lo estropeaste?

19 de febrero de 2012

VEINTIDIEZ 3

Puse una cámara en una de las habitaciones. Se trataba de hacer un "vídeo de visitas". Como un libro de visitas pero, en vez de escribir, los invitados tenían que grabarse. A partir de esa premisa, libertad total. Había alcohol, pelucas y disfraces. Aquí tenéis un resumen de lo que al día siguiente me encontré.



11 de febrero de 2012

VEINTIDIEZ 2

Escribí en cartulinas de colores frases incompletas y las repartí entre los invitados. Se trataba de que las terminaran a su manera, desde la libertad del anonimato y la depositaran en un buzón improvisado que había preparado. El resultado fue muy diverso y, seguramente, también muy significativo. Aquí, algunas de las frases que me encontré.

MULA
  • Fue al cabo del tiempo cuando me robaste mi libro de filosofía.
  • Desde que te conocí hasta ahora han pasado 30 años.
  • Para hacer bien el amor hay que comerla bien.
  • Si no fuera por mí, te hubiera dado un patatús o un cólico nefrítico con tu última superproducción.
  • Me alegra saber que has querido que estuviese en tu fiesta.
  • El día que nos conocimos pensé: "Con este niñato tengo que actuar meses y meses. ¡Ay, Dios!"
  • Lamento no haberte dicho nunca que has sido lo mejor que me he llevado de los años de instituto.
  • Aunque pasen los años, seguirás teniendo el pelo muy rizado.
  • Lo que más me gusta de ti es tu enorme pene de actor porno del Madame Perlas.
  • De aquí a los 40, no creas que se te va a curar la eyaculación precoz.
  • Me emociona recordar que me acompañaste en el viaje más importante de mi vida.
  • Te querría más si tuviera polla.
  • Si me tuviera que quedar con sólo un momento de los que vivimos me quedaría con cuando me rompiste una piruleta en la cabeza en una obra de clase. No estaba en el guión.
  • Una vez pasas los 30, parece que las cosas sucedieron hace mucho tiempo.
  • Lo más freaky que te he visto hacer es salir con una tía.
  • No cambies nunca tu forma hablar con esa voz suave y relajante.
  • Te pido perdón si alguna vez te he dicho que te queda bien el alisado japonés.
  • Un epitafio para ti sería: "Vuelvo en 5 minutos".
  • Me encantaría que tú y yo vivamos el momento... tú y yo sin arrepentimiento... para que estemos los dos... (8)
  • La próxima vez que te enamores será de uno completamente diferente.
  • Tu  manera de ser tiene un lado bueno: tu forma de hablar y de expresarte.
  • Fue lamentable que no te acordaras de lo de The King.
  • De mí aprendiste a ser más tolerante.
  • Te juro que tú para mí sólo has sido un polvo.
  • Dentro de muchos años, tú y yo seremos nalgas viejas.
  • Si quieres encontrar el amor de tu vida tienes que irte de camping.
  • Hasta que te conocí no sabía que Aristóteles fuera tan pesado, ni que el pelo podía crecer desafiando las leyes de la gravedad.
  • A pesar de la crisis, tu alcachofa genital será amamantada tal Rómulo y Remus bajo los arrecifes de Sarandonga. 
  • Siempre tuviste un problema, pero todo es cuestión de emborracharlo.