23 de febrero de 2011

GRANADA

"El aire es inmortal. La piedra inerte ni conoce la sombra ni la evita. Corazón interior no necesita la miel helada que la luna vierte" (Federico García Lorca)


Sentado en la cama observo los libros de historia del arte sobre la estantería: pintura, arquitectura... Me quito la sudadera. No hace el frío propio de febrero. Sus ojos dan un travieso paseo por mis brazos desnudos. Sus labios rompen el silencio conscientes del andar de sus pupilas entrando donde no deben.
Qué bonita esta foto de la Alhambra opino yo, pretendidamente ingenuo.
Es mi primera vez en Andalucía y todo lo miro con los ojos bien abiertos. Se acerca a mí por detrás y describe la imagen. Señala aquí y allá. Adorna sus explicaciones con fechas y anécdotas históricas. Puedo oler su cuello desde aquí. Ya me había olvidado de ese aroma.
Nos reunimos con mis amigos en la puerta del hotel.
Nuestro piso está todo en obras. Es un desastre.
Pues como toda la ciudad, que está patas arriba.
Pero a mí me parece hermoso todo lo que veo: las casas blancas, el cielo azul, Sierra Nevada y el sol andaluz. Recorriendo el Paseo de los Tristes tengo ganas de abrazarle y sin embargo, su piel nunca estuvo tan lejos. En el mirador de San Nicolás, en el Albaicín, nuestras risas conectan como antes. ¿Dónde han estado todo este tiempo?
Suena el despertador y me despierto con los pies fríos y una mano sobre su pecho. Tiene los ojos cerrados: "¿Estás despierto?". Abre un ojo y me sonríe. Habrá soñado algo bonito.
Ve a ducharte, tenemos muchas cosas por ver.
Pero soy incapaz de salir de su cama. Tengo sueño. Anoche estuvimos de tapas y luego tomando unas copas hasta tarde.
Ve a ducharte. Vamos a llegar tarde.
Siento que me está pidiendo distancia. Ojalá me mirara más a menudo, como antes, cuando no me quitaba el ojo de encima.
Tengo que confesar que se me hace raro, ¿sabes?
¿El qué?
Todo esto. Tener que estar así. Creo que ya te lo dije...
Sí.
Me gustaría besarte.
Ya lo sé.
En la ducha, los chorros de agua se me clavan en la cabeza como agujas. Pasaría toda la vida aquí debajo, igual que anoche en su comedor, con las piernas bajo la mesa al calor del brasero. Cruzando palabras peligrosamente. Tan al límite de la gloria y el desastre.
Hoy no ha salido el sol. Está nublado, incluso llueve algún rato. Pero Granada sigue preciosa. Y el Parque de García Lorca. La Alhambra. El barrio judío. Las teterías.
Por la tarde, mis amigos vuelven a esperarme en la puerta del hotel. Y nosotros llegamos tarde de nuevo. Pero hay tiempo, no vamos a perder el avión.
Quiero que sepas que me he sentido a gusto.
Y yo. Me ha encantado verte.
Aunque hubiera preferido que las cosas salieran de otra manera.
No ha podido ser, pero... Te tengo mucho cariño. Mucho.
Y yo a ti. No lo olvides.
Ya anochece en el autobús, saliendo de Granada. Las farolas de la Gran Vía nos despiden incapaces de brillar al gusto de todos. Es algo que suele pasar en todas partes. Creo que nunca voy a olvidar este lugar. Ni él a mí tampoco.

6 de febrero de 2011

VEINTINUEVE

"Sólo un loco celebra que cumple años" (George Bernard Shaw)


Me despierto a las siete de la mañana con un fuerte dolor de riñón. Un pinchazo en el vientre, ganas de orinar y se me abren los ojos como platos. Intento calmarme: respiro hondo y me acaricio el abdomen. Al rato me doy cuenta de que ya no soy un niño y las caricias ni me las hace mi madre ni me calman el dolor. No voy a poder dormir más así que me levanto, me tomo dos pastillas de Voltarén y lleno la bañera de agua caliente. Al tratar de zambullirme, me quemo los pies y el culo. Mientras el reflejo de mi rostro se desvanece tras el vaho en el espejo, pienso: feliz cumpleaños.

Después de media hora en remojo, me siento mejor. Observo las arrugadas yemas de mis dedos como si me viera envejecer y me pregunto por qué no ocurre lo mismo con los dedos de los pies. Me pregunto si he hecho todo lo que quería hacer antes de cumplir los treinta. Con las piernas encogidas al máximo en mi ridícula bañera, me pregunto si tengo que empezar a planear mis objetivos para antes de los cuarenta. Quizás la vida no sería tan decepcionante si no lo tuviéramos todo previsto.

Salgo del agua, el dolor ha remitido. Me seco, me visto con lo primero que encuentro y salgo de casa dispuesto a hacer de este jueves cualquiera un día excepcional. Siempre que cesa el dolor, me siento intensamente vivo y optimista. Vuelvo a valorar los detalles. El sol brilla y las calles del barrio están llenas de historias. No hace demasiado frío. La gente sonríe como si decidiera regalarme un poco de simpatía por mi cumple. Me sorprende. No me doy cuenta de que soy yo el que sonríe.

Es demasiado temprano para ir a trabajar, así que entro a una cafetería. Pido un biquini y un café con leche. Leo un libro rodeado de ejecutivos que se tocan el pelo, mueven las manos y se colocan la corbata mientras hablan, abren y cierran sus maletines. Tengo veintinueve años. Me pregunto cuando empezaré a parecer un adulto de verdad, con un trabajo serio, con quejas y opiniones de adulto, con traje, gomina, máquina de afeitar, colonia Brummel, calcetines negros y calzoncillos blancos. Me gustaba tener veintiocho.

Salgo de la cafetería dejando atrás las conversaciones sobre la crisis, el fútbol y el tabaco y me pregunto por qué nadie habla de la crisis de los treinta. Camino por la calle en dirección opuesta a todo el mundo. Me encuentro a una compañera de trabajo. Me explica en un semáforo que está embarazada. Felicidades. Gracias. Rojo, verde. Un paso de zebra. La gente alrededor. Mocasines negros. Zapatos de tacón. Medias, tobillos, calcetines. Un folleto flotando en un charco dice: "Piso en Venta". La boca del metro y giro la esquina.

Y entro en una tienda de dulces. La dependienta es joven y me sonríe. Cojo una bolsa y compro veintidós piruletas en forma de corazón. Me meto una en el bolsillo de la chaqueta y voy a la oficina.

A partir de entonces, regalo una a cada persona que me felicita. Cada persona que me saluda. En el trabajo, en el barrio, a mis alumnos de inglés... hasta que antes de acabar el día, se me han terminado. La gente se sorprende, se ríe, me besa, me abraza, me da la mano. Sus ojos brillan con ilusión mientras chupan las piruletas y sus lenguas se vuelven rojas. Dar y recibir.

Ya por la noche, llego al Bar Ramón, como de costumbre. Dejo que mis amigos pidan lo que quieran y luego pago la cuenta. Analizamos la noche del sábado. Me río como nunca. Nadie está a salvo de las críticas. Cada uno de nosotros explica lo que recuerda. Como en una película de Tarantino, los diferentes puntos de vista dan una visión global de los hechos: divertidos, absurdos, decadentes, lamentables, reales. Las cosas que nos pasan no difieren tanto de las que nos pasaban cuando teníamos veinte años. La diferencia es en la manera en que ahora las vivimos.

Al llegar a casa, tengo en mi bandeja de entrada cuarenta y cinco mensajes felicitándome. Mañana responderé. Me como mi piruleta y pongo un canal de dibujos en la tele. Con los pies encima de la mesa y los ojos entornados, se termina mi día y una pregunta me ronda la cabeza: ¿qué puedo hacer para celebrar los treinta?

26 de enero de 2011

TENDENCIAS SUICIDAS

—Es un cuadro precioso, ¿eh? —Sí que lo es. —¿A ti qué te sugiere? —Ratifica la absoluta negatividad del universo, el odioso vacío solitario de la existencia: la nada. El predicamento del hombre dedicado a vivir en una desierta eternidad sin dios, como una diminuta llamita que relampaguea en un inmenso vacío donde sólo hay desperdicio, horror y degradación formando una inútil camisa de fuerza que aprisiona un cosmos absurdo. —¿Qué haces el sábado por la noche? —Me voy a suicidar. —¿Y el viernes por la noche? (Sueños de un seductor)

Estoy en el gimnasio buscando una mancuerna. Tengo una pesa de diez kilos en una mano y una de ocho en la otra. ¿Por qué siempre desaparece justo la mancuerna que necesito? Quiero hacer un ejercicio con dos mancuernas de diez kilos pero sólo encuentro una y está medio rota. Ocho kilos es poco. Con doce kilos no puedo. Esto es una sala pequeña, pero no se ve por ningún lado. ¿Se la habrá llevado alguien a casa? Unos tipos en tirantes con tatuajes me rodean y charlan sobre "tetas" y "follar". Esto parece el gimnasio de una cárcel. Prefiero no preguntar.
En ese momento, suena el móvil en el bolsillo del pantalón de mi chándal. Yo soy uno de esos que se lleva el móvil a la sala de pesas del gimnasio. A algunas personas les da mucha rabia. Pero yo me lo bajo siempre y me siento a descansar en un banco y aprovecho para mandar un mensaje o me pongo a hacer llamadas perdidas a la gente. Lo hago porque en realidad no quiero estar ahí. Pero ahí estoy. Sucede a veces.
Así que me suena el móvil y tengo las dos manos ocupadas. Miro a mi alrededor como si no fuera el mío, pero en seguida me doy cuenta que no es necesario disimular porque los tíos de tirantes siguen hablando de "tetas" y "follar" y no me hacen caso. Estiro la pierna de forma ridícula, el teléfono vibra y me hace cosquillas en el muslo. Dejo una de las mancuernas en el suelo y respondo.
¿Qué pasa?
¡Eh, tú!
¿Qué?
Na. ¿Qué haces?
Na. En el gym. ¿Tú?
Na. Aquí. ¿Te bajas al bar o qué?
Vale.
Llego al Bar Ramón sin ni siquiera haberme duchado. Está prácticamente vacío. En una mesa cerca de la ventana, Oliver y Chándal critican a alguno de nuestros amigos en común. Me siento frente a ellos y Oliver se excusa:
No te pienses que estamos siempre hablando de los mismo. Hemos estado hablando de muchos otros temas antes.
Bien. Entonces, he llegado en el mejor momento- respondo yo.
Me divierto mucho viniendo a este bar. Es el lugar perfecto cuando no te apetece estar en ningún sitio, como me pasa a mí. Se acerca Paco, el camarero, y me señala con el dedo:
Tú, ¿qué quieres, chaval?- me increpa con su voz de cazalla.
¿Puede ser un bocadillo?
No.
Pues una cerveza.
Paco es así. Hay días que no le apetece servirte y hay que respetarlo. Oliver me dice:
Leí lo que escribiste el otro día en tu blog. Me gustó.
Gracias.
Pero es verdad eso de tus tendencias suicidas.
¿Tendencias suicidas?
Sí, bueno, que está muy bien lo que explicas pero... ¡Vamos! Parece que estés a punto de pegarte un tiro.
Lejos de ofenderme me hace muchísima gracia escuchar eso.
He escuchado infinidad de comentarios acerca de mi tendencia a la tristeza escribiendo pero nunca creí que llegara a esos extremos. A lo mejor voy a tener que moderarme, no quiero que la gente empiece a dejar comentarios de apoyo para evitar que me vuele los sesos.
Reconozco que tengo una habilidad especial a la hora de extraer el patetismo de los momentos más cotidianos, como lo que os he explicado antes del gimnasio que en realidad no es para tanto. Lo que pasa es que me divierto contándolo así. Tiene más gracia, al menos para mí.
De manera, que no os preocupéis que de momento estoy muy contento de estar vivo. Y sigo pensando, como la Yaya Mula, que la vida vale la pena. Tenedlo en cuenta la próxima vez que me leáis, por mucho que el texto divague torpemente entre tendencias suicidas. Es todo una pose. Así que relájense y disfruten.

16 de enero de 2011

SOL DE INVIERNO

"Buscaba una canción y me perdí en un montón de palabras gastadas. No hago otra cosa que pensar en ti y no se me ocurre nada" (No hago otra cosa que pensar en ti, Joan Manuel Serrat)


Me levanto temprano porque me aburren las sábanas y salgo al balcón a tomarme un gran café con leche. Para ser un domingo de invierno, se está bien. Hace sol y la luz brilla entre las antenas y la ropa tendida de los vecinos de mi barrio. Me acuerdo cuando mi amiga francesa vino a pasar unos días a Barcelona y al asomarse por la ventana me dijo:
Tu barrio parece Israel.
No sé lo que quiso decir con eso.
Le doy vueltas a la cucharilla del café en lo que supone el momento más relajante de toda la semana. Así es como meditamos en Europa. Echo de menos alguien con quien charlar e inmediatamente pienso en él y en nuestro primer beso, en este balcón.
Anoche tampoco salí. Hace unos años salía todos los viernes y sábados y, como no tenía suficiente, me iba a tomar cervezas los domingos por la tarde. Eran tiempos caóticos. No los extraño, pero por lo menos entonces tenía la sensación de estar vivo, aunque fuera a través de los excesos y una falsa identidad. Ahora parece que no ocurre nada y que lo mejor está todavía por llegar. Que el presente no cuenta. Y tengo miedo de que la espera no valga la pena o sea otra de esas mentiras que tratan de consolarnos.
A veces intento rebelarme y grito dentro de mi cabeza que me iré a Buenos Aires a seguir estudiando teatro o a Reino Unido y seré profesor de español. Pero una parte de mi culo sentado me dice:
Estás intentando escapar otra vez.
Y yo protesto:
Cállate, culo. ¿Tú que sabrás de la vida?
Aunque finalmente no hago nada. Sólo remuevo el café con el sol iluminando mis dedos.
Me pregunto si vuelvo a estar enamorado. No es algo de debiera preguntarme. "Si no lo sabes es que no lo estás", dicen por ahí. Pero yo ya no me fío ni de la gente ni de las películas. Me han engañado. Me hicieron creer que el amor imposible es el más bello y auténtico y era sólo sufrimiento. No te lleva a ningún lado.
Estoy harto de vivir en las letras de las canciones. Harto del ideal romántico que nos envenena. Harto de que el amor sea como el sol de invierno: que brilla pero no calienta.
Me termino el café y vuelvo para dentro. Me despido del sol y me siento en el sofá. Es hora de poner la estufa.

28 de diciembre de 2010

NAVIDAD ES CARIDAD


Hay sentada delante de mí una de esas mujeres que se lamen los dedos para pasar las páginas cuando leen. Tiene entre las manos una revista cuyo título en letras grandes es La Navidad: el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. En la portada aparece un Belén. Parece un panfleto de propaganda de El Corte Inglés, aunque obviamente es otra cosa.
Cuento las paradas que me faltan para llegar al trabajo. Es uno de esos días en que el metro parece ir más lento y no me gusta ninguna de las canciones que suenan en el ipod. Hoy me da lo mismo sentarme que viajar de pie.
Observo a la gente a mi alrededor, como de costumbre. A mi izquierda, otra mujer más joven lee un artículo: Ahondando en la palabra de Dios. Intento leer por encima de su hombro, pero pasa la página. Cómo ganarse el cielo. Y casi no me deja ni leer dos líneas y vuelve a pasar. Defender los Valores de la Navidad Cristiana. Y en la siguiente vuelta de hoja, me doy cuenta. La vida después de la Muerte: hacia un lugar mejor. Es la misma revista que lee la mujer de delante.
Me faltan cinco paradas. Esto empieza a ponerse interesante. No parecen amigas, ni se miran ni se dirigen la palabra, pero pasan las hojas exactamente de la misma manera; como el reflejo mal encarado de dos grotescos espejos de feria.
Pero la cosa nada más acaba de empezar. A dos asientos a la derecha de la primera mujer, está sentada una tercera de edad intermedia. Lleva unas enormes gafas de leer con los cordones colgando de la varilla y el puente de la montura precipitándose peligrosamente hacia la punta de la nariz. Y también lee exactamente la misma revista.
Navidad es caridad cristiana.
¿Qué está pasando aquí? ¿Es la invasión de los ultracuerpos devotos?
Me quedan tres paradas. Las mujeres van pasando páginas a un ritmo casi musical. Resulta inquietante el fervor con el que hojean los artículos, como buscando las respuestas al sentido de la vida. Como si allí escrito pudieran encontrar algo nuevo, inédito y revelador.
Por mi derecha, aparece un mendigo. Clásico chándal con americana de mendigo. Zapatillas de deporte, algo de barba. Le explica a la gente del vagón que tiene cuatro hijos y no tiene trabajo y que sólo pide una moneda para comprarles comida. Y que feliz Navidad.
Sólo me queda una parada pero estoy dispuesto a pasarme por no perderme este momento. El mendigo se acerca a las devotas. Continúa repitiendo el discurso. Lloriquea. Suplica. Pero las señoras ni siquiera se inmutan. No tienen ni la curiosidad de mirarle para ver si les da pena, asco o risa. Siguen ofuscadas en su lectura compulsiva. El mendigo se arrodilla, pero le siguen ignorando. Entonces, se acerca a una de ella y roza con sus dedos la revista para llamar su atención. A lo que la mujer responde apartándola bruscamente para poder seguir leyendo sin interrupciones sobre el verdadero sentido de la Navidad, a ver si se gana o no el cielo.
Esa imagen me deja fascinado durante el resto del día. Y no importa que ese mendigo pase por allí todas las mañanas y que unas veces tiene tres hijos y otras cuatro. Ni que seguramente la revista cristiana debía ser un panfleto gratuito que repartían en alguna entrada del metro y que, por lo tanto, a lo mejor esas mujeres no eran tan devotas y lo mismo les daba leer eso que el diario Qué! con tal de pasar el rato.
Presenciar ese momento me hace tanta gracia que ya paso de buen humor el resto del día. Y cuando me voy del trabajo les digo sonriendo: "Feliz Navidad". Y me miran incrédulos y en mi ipod suenan villancicos.

19 de diciembre de 2010

BLAKE EDWARDS QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

¿Conoce usted esos días en los que se ve todo de color rojo? ¿Color rojo? Querrá decir negro. Se puede tener un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles. De repente, se tiene miedo y no se sabe por qué. (Desayuno con Diamantes)

"Desayuno con diamantes" (1961)
Siempre fui un niño compulsivo. Al llegar del colegio, tiraba la mochila cargada de libros en el suelo de la salita sin ni siquiera entrar, corría por todo el pasillo hasta el comedor y me sentaba delante de la televisión. Cada tarde. Todos los días. Como un ritual. Ponía en el vídeo una cinta VHS con películas grabadas de televisión. Comedias antiguas que nunca me cansaba de ver.

Me tiraba en el suelo con un cojín en la cabeza y veía una y otra vez al inspector Clouseau peleándose con su criado chino hasta destrozar la casa. O a Jack Lemmon y Tony Curtis en medio de una guerra de tartas. Y me retorcía en el suelo de risa. Si una escena me gustaba mucho, rebobinaba la cinta y la volvía a ver enfermizamente. A medida que la imagen se iba deteriorando, se iba a su vez grabando en mi cabeza.

Dirigiendo "La carrera del siglo" (1965)
Mi hermano mayor es deportista. Mis padres presumían constantemente de sus trofeos. Por eso yo nunca fui bueno en ningún deporte, ni siquiera me interesó. Hasta que descubrí el teatro, lo único que quería hacer era sentarme a ver aquellas películas maravillosas porque sabía que eran el único lugar en el que los golpes no hacían daño. Ya podían caerse por la ventana o atravesar la pared con la cabeza, en seguida se levantaban de nuevo llenos de polvo como si nada. El dolor y el fracaso eran divertidísimos. Mientras las veía tenía la agradable sensación de que nada malo me podía ocurrir.

"La pantera rosa ataca de nuevo" (1976)

Algunas veces vuelvo de la oficina asqueado, tiro al suelo la americana y me tumbo en el sofá. Me quedo mirando al techo como si pudiera ver el cielo a través de él. Pero lo único que se ve son unas manchas de humedad que por mucho que las pintemos siempre vuelven a salir.

Entonces, siento el impulso de poner el dvd de El Guateque para reírme un rato de ese Peter Sellers que se parece tanto a mí cuando acudo a fiestas en las que no sé qué hacer ni qué decir y todo acaba siendo un desastre. Pero en seguida me doy cuenta que es muy tarde y que tengo que hacer la comida porque sino no voy a tener tiempo de nada. Y acabo poniendo las noticias para enterarme de las desgracias del día.

"El guateque" (1968)

Este ha sido un año de grandes pérdidas para mí. Han muerto artistas a los que adoro como Tony Curtis, Leslie Nielsen, Luis G. Berlanga, Manuel Alexandre, Antonio Ozores... Todos me han hecho reír un montón. En ese sentido, gracias a ellos he sido mucho más feliz.

Pero cuando Carles me anunció que había muerto Blake Edwards sentí una tristeza diferente, difícil de describir. Sentí que me entregaban en los brazos el cadáver de un niño con el pelo rizado. El cuerpo muerto de un niño sonriente. Y pensé en mi padre. Y pensé en Julie Andrews. Y tuve miedo a resbalar con una cáscara de plátano y hacerme daño. Así que me acerqué al televisor y tumbé al niño en el suelo frente a él. Le puse el dvd de El Regreso de la Pantera Rosa y secándome las lágrimas me fui a trabajar porque ya era tarde.

"Victor o Victoria" (1982)

Descansen en paz: Blake, el niño y todos los demás. Si existe el cielo, a estas alturas ya es un lugar mucho más divertido que éste. Eso seguro.

6 de diciembre de 2010

TESTIGO DE CARGO

El siguiente texto es un relato de ficción. Todos sus personajes, sucesos y diálogos son una invención de su autor y, por eso, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

WARNER
Había una vez un chico que fue testigo de una agresión: una mujer adulta bajo los efectos del alcohol que golpeó a su anciana madre. Una circunstancia no recomendable de presenciar para nadie, pero que el chico trató de sobrellevar de la manera más civilizada posible. Auxilió a la anciana víctima y llamó a la policía. Le tomaron declaración, la agresora fue detenida y liberada dos días despúes a espera de juicio. Así todos siguieron con sus vidas hasta que seis meses después le citaron para declarar como testigo.
El testigo no se sintió nervioso ni preocupado en ningún momento, pues tenía muy claro lo sucedido. Solamente mostró cierta incomodidad al comunicarlo en el trabajo para poder faltar aquella mañana, ya que no era muy amigo de dar explicaciones. El testigo se presentó temprano en el juzgado, escuchando The Ramones en su ipod. En la sala de espera, un grupo de rusos conversaba en su idioma sin traductor con un abogado canoso, mientras un serie de mujeres rusas con minifalda y abrigo de piel iban desfilando frente a ellos. En ese momento, la hija de la agresora se acercó a saludar al testigo y estuvieron charlando.
Mi madre ha dejado de beber. Desde lo sucedido ha cambiado mucho. Ya no ha habido más problemas entre ella y mi abuela.
Entiendo. Es cierto que ya no se les escucha discutir.
El problema es que si le ponen a mi madre una orden de alejamiento, mi abuela se quedará sola en el piso conmigo. Yo voy a la universidad, no puedo cuidar de ella, ni me corresponde. No tenemos más familia. Y sin mi madre ni siquiera podemos pagar el alquiler.
El testigo se sentía incómodo. No quería involucrarse emocionalmente. Lo mejor es que el abogado llegara a un acuerdo con el fiscal y así no tendría que declarar. Ninguna de ellas iba a hacerlo, ya que no estaban obligadas al ser familiar directo.
Mi madre tiene un problema con el alcohol y aquella noche tocó fondo. Fue un episodio puntual. Ahora se está esforzando mucho. La cárcel sólo complicaría más las cosas. Aquella agresión no es en realidad el problema. Este no es el típico caso de violencia doméstica continuaba.
En ese momento, llegó el abogado y le dijo a la chica en presencia del testigo:
No hay acuerdo. Vamos a celebrar el juicio y está muy complicado. El fiscal está obligado a seguir adelante. La única solución es que el testigo declare que no vio la agresión.
Y en ese momento, el testigo pasó a ser absoluto protagonista. En un segundo se situó en el lugar que quería evitar a toda costa. Y se sintió nervioso y preocupado. No estaba preparado para mentir en algo así. El abogado continuó, en esta ocasión dirigiéndose directamente al testigo:
Obviamente, yo no puedo decirte lo que tienes que decir. Pero si mantienes tu declaración esta mujer irá a la cárcel o como mínimo le impondrán alejamiento durante un año. Y ya sabes los problemas que puede acarrear eso a esta familia.
Lo entiendo pero...
Quiero que sepas que tanto el fiscal como yo estamos de acuerdo de manera no oficial. Y en ese sentido, estamos haciendo más de asistentes sociales que de abogados.
¿Tendría que negarlo todo?
No. Simplemente decir que auxiliaste a la anciana pero no presenciaste la agresión. Con eso sería suficiente.
Realmente el testigo no presenció la agresión, sino el forcejeo siguiente. Pero todos allí sabian que había existido, incluso había un parte de lesiones. Pero, ¿qué importaba? Todo el mundo estaba de acuerdo en lo que era lo mejor para todos. ¿Quién era él para contradecir los deseos de la familia, el abogado y el fiscal? Cuando la justicia no funciona, quizás hay que trampearla para hacerla funcionar. Quizás aquella detención ya había sido suficiente para aquella pobre alcohólica arrepentida. Aun así, el testigo se resistía a mentir, aunque eso implicara ponerse en contra de todos y convertirse en juez espontáneo, ya que la condena o la anulación del juicio estaba en su mano.
Entonces, la anciana de 85 años se acercó a él. Le recordaba a su abuela. Y acariciándole el rostro con la palma de su arrugada mano, le dijo con con voz temblorosa: 
Vas a hacerlo por mí. Igual que me ayudaste aquel día, hoy lo harás. Porque yo necesito a mi hija a mi lado, es la que me cuida y me acompaña a todas partes. Sin ella no puedo vivir. Gracias a ti todo se ha arreglado y gracias a ti, así seguirá.
El juicio comenzó. Fue muy rápido. El testigo repitió la declaración que había hecho a la policía pero esta vez asegurando que no vio la agresión. El juicio se declaró nulo por falta de pruebas.
A la salida, el testigo se sentía muy mal. Así que mientras pedía un justificante para entregar en su oficina, decidió acercarse a la agresora. La miró a los ojos. Por primera vez hablaban directamente desde el día de la agresión. Ella pareció querer decir algo pero el testigo no la dejó hablar. Simplemente dijo:
He mentido en mi declaración. Lo he hecho porque tu madre me lo ha pedido. Entiendo que esto es por el bien de vosotras tres, pero más te vale que no vuelva a suceder nada parecido. Espero que todo esto haya servido para algo...
Y se marchó con la sensación de que su discurso final no había sido suficientemente contundente. Volvió a casa arrastrando los pies, inundado de dudas acerca del funcionamiento de la justicia y de si había actuado correctamente. En su ipod sonaba una canción de Bob Dylan.

30 de noviembre de 2010

SOÑÉ CON JODOROWSKY

El otro día soñé con Alejandro Jodorowsky. Soñé que entraba al jardín trasero de una vieja casa y me encontraba con él. Me saludaba, no se extrañaba de verme. Me decía: "Lo primero que tienes que hacer es desahogarte. Tienes mucha tristeza dentro".

Así que yo me ponía a gritar y gritar para sacarlo todo. Y me sentía mejor, aunque eran gritos mudos que no producían ningún sonido. Entonces, Jodorowsky me ponía la mano en el pecho y me decía que tenía roto el corazón. Y me acariciaba la espalda. Resultaba muy gratificante y tranquilizador.

Pero lo más curioso del sueño sucedía entonces, cuando me daba un consejo psicomágico. Un acto que no tiene nada que ver con nada que haya oído o leído. Algo totalmente inédito y creado por mi inconsciente. Jodorowsky decía:

"Consigue una gran cartulina blanca. Construye con ella un barco de papel y llévalo al mar. Haz un montón de bolas plateadas con papel de aluminio y ponlas dentro del barco. Una vez esté bien lleno, déjalo sobre el agua y márchate. Después consigue agua bendita en una de esas botellas con forma de virgen. Viaja a Madrid. Ve a la estación de Atocha y cuando salgas a la calle, bébete el agua bendita y márchate abandonando la botella".

Ahi desperté y mi primera sensación fue de tranquilidad. Después sentí el impulso de llevar a cabo el acto que Jodorowsky me aconsejaba en el sueño pero que no llegaba a realizar. Ahora me pregunto por qué mi inconsciente me manda esa señal en sueños. Si debería interpretarlo o ignorarlo. O bien si debería hacerlo, aunque parezca una locura y no entienda si eso puede cambiar algo en mi vida. El caso es la tentación es fuerte, pero sinceramente, no acabo de confiar en los consejos de mi inconsciente.

¿Vosotros qué opináis?