24 de octubre de 2012

ENGLAND: Camden Town

"It is silly not to hope, besides I believe it is a sin" (Ernest Hemingway, The Old Man and the Sea)

MULA

Cada uno de nosotros escoge el tipo de té que más nos apetece tomar como si eligiéramos al hombre de nuestra vida, y compartimos un trozo de pastel de chocolate. Es mi lugar favorito de Camden y creo que también el de María. Es lunes. Llueve. Todo es extraño. Nunca había estado en Londres en octubre. Nunca había paseado por Camden con las calles vacías.
—El camarero no está mal —le digo a María.
—Sí, pero creo que no es de los tuyos.
Es un local pequeño, como el comedor de mi casa, con la pared de ladrillo y cuadros colgados. El chico que nos atiende lleva tatuajes y sonríe de forma natural. Está con otros dos chavales que, o bien trabajan aquí, o son sus amigos. Es un ambiente muy familiar. María lleva una camiseta marrón y una especie de rebeca estampada. Le cuelga del cuello una cadena con una pequeña medalla en forma de libro:
—No podrás saber lo que pone. Son palabras de una página de una novela.
—Estás llena de secretos —le digo.
María es el tipo de chica con la que puedes hablar de sexo sin que se ponga colorada. Su vida es un magnífico guion que Almodóvar se está perdiendo. Vino a Londres a trabajar durante las Olimpiadas y ha decidido quedarse. Ahora tiene que encontrar otro trabajo. No le será difícil. Su inglés es excelente y es una gran cocinera.
—Estás guapérrima, María. Te lo juro.
—Cállate, anda. No me hagas la pelota.
Mi madre querría como nuera a una mujer como María. Y, probablemente, no sea la única.
Uno de los chicos a mi izquierda está leyendo un libro titulado The Essential Hemingway. Lleva unos tejanos rotos y un flequillo que le tapa los ojos. Mientras lee, toma notas en un folio de color amarillo. Comenta con su amigo, más joven, uno de los pasajes mientras comparten un té. —Quiero vivir aquí. Quiero ser como ellos —le digo a María.
—Puedes hacerlo.
—No es tan fácil.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Tengo en el bolsillo de la chaqueta un bolígrafo y una libreta que compré en WHSmith. Es una Moleskine. Un tipo de cuaderno que, según dicen, fue utilizado por artistas e intelectuales como Van Gogh, Picasso, Hemingway o Bruce Chatwin. Un simple rectángulo negro, con las esquinas redondeadas, un cierre de goma para sujetar las páginas y un bolsillo interior que me hacen sentir escritor. Salimos de la tetería y me pongo la mano en el pecho para tocar la libreta y asegurarme que aún sigue ahí.
—¿Qué quieres hacer ahora?
Entramos a un pub. Es mediodía. Huele a madera y a cerveza. Hay un partido de críquet en la televisión. Somos los únicos españoles. Pido un English breakfast. Me gusta comerlo cuando estoy por aquí. Tardan mucho en servirnos y no nos tratan demasiado bien. 
María me dice: "Tienes planta, tú". Me dice: "Me gustan tus brazos". 
"Estás bueno".
Por eso me gusta estar con ella.
—Tienes ganas de novio —continúa.
—¿Por qué lo dices?
—Porque los miras a todos.
—Sí, pero estoy harto. 
—¿De qué?
—De que me rompan el corazón.
—Así es la vida. No eres el único. La última vez que me rompieron el corazón, me tuve que ir a vomitar al baño.
Aquí nadie me habla de la crisis, ni de la independencia de Catalunya. Nadie me habla de votos, elecciones, política, corrupción, paro ni recortes. Es como un oasis. Un respiro de la asfixiante realidad española. Adoro el aire de esta isla.

ENGLAND:
Oh, Ryanair, I hate you
Flirt 
A house in Bournemouth
The Triangle
Gay Bingo
Exeter
Stratford
Capítulo final

18 de octubre de 2012

ENGLAND: Oh, Ryanair, I hate you

You've ruined our holiday! No, boss, you ruined your holiday. Well, how'd you work that one out? Because you was a cheapskate and you booked with a crap airline, isn't it? (Come Fly with Me)

BBC
Me ha tocado la más tonta de las dos. Lo sé porque necesita consultar con su compañera todo lo que le pregunto. Puede que no sea tonta, solo nueva. O las dos cosas. Para el caso es lo mismo. Solo quiero coger el puto avión e irme de vacaciones.
Ya me dijo mi madre que estaba loco, que no volara con Ryanair porque había visto en La noria que era muy peligroso.
—Mamá, ya no se llama La noria, se llama El gran debate.
—¡Ay, hijo mío! ¡Qué disgusto!
Mis padres ven Telecinco, así que las dos únicas compañías aéreas que conocen son Spanair y ésta con la que me está tocando lidiar. Otra vez. Ojalá sea la última. 
Llego al aeropuerto con el papelito de mi reserva en una mano y mi equipaje en la otra. Reconozco en seguida el mostrador de Ryanair porque hay una mujer en el suelo sacando bragas de su maleta y metiéndoselas en el bolso. Me prometo a mí mismo no acabar haciendo nada parecido. Estoy listo para lo peor. Odio tanto Ryanair...
La verdad es que ni siquiera quería volar con ellos. No por miedo a que el avión se caiga, sino porque siempre encuentran alguna pega para cobrarme más y, al final, no sirve de nada lo que me ahorro con el bajo precio del billete. Pero el caso es que la página de Atrapalo me engañó. Antes escogías según la compañía aérea, el precio y el horario. Ahora para todas pone lowcost. Así que te puede tocar Ryanair, aunque no quieras, o cualquier otra. Es cuestión de suerte. Un riesgo. La ruleta rusa de los vuelos baratos.
—Vas a morir —me dijo Chuck cuando se enteró—. El avión se estrellará. Se quedará sin combustible y morirás calcinado en algún lugar de Francia.
A mi amigo Chuck le dan miedo volar. No tiene miedo a follar sin condón, ni a conducir borracho, pero la simple idea de subir a un avión le pone los pelos de punta. Puede parecer anacrónico y estúpido, pero es muy común. Salí con un chico que para poder volar se tomaba una pastilla de orfidal. Se colocaba y me preguntaba por el tamaño de la polla de los hombres con los que había estado. Pero podría ser peor... conozco mucha gente que directamente se niega a viajar por miedo.
—Tienes tres kilos de sobrepeso —dice la escotada que me atiende en un tono parecido al de azafata del Un, dos, tres. De hecho, lleva unas gafas de pasta similares a las del concurso. 
—¿Puedo pagar el sobrepeso? —le digo. 
La paz en mí. 
La paz en mí...
La chica me mira con horror. Otra pregunta que no sabe responde.
—Este chico quiere pagar el sobrepeso de su equipaje de mano —le cuenta a su compañera.
La otra azafata del Un, dos, tres, con idénticas gafas de pasta y escote, se acerca y me dice:
—Tienes tres kilos de sobrepeso.
—Sí. Eso ya lo sé.
Saco mi tarjeta de crédito dispuesto a pagar lo que sea.
—Lo siento. Pero no aceptamos sobrepeso en el equipaje de mano. 
—Solo son tres kilos.
Tres kilos de bragas se ha metido esa mujer de antes en el bolso. No tengo escapatoria.
Vas a tener que facturar —dice la lista y se vuelve a su lugar.
Me quedo mirándola fijamente, quiero que note que deseo asesinarla con poderes telequinésicos que en realidad no poseo. Pero me ignora y atiende a otros pasajeros.
Solo llevo una maleta. La maleta de mano. Nada de bolsos ni mochilas. Así que tengo pocas opciones. Puedo tirar tres kilos de ropa a la basura. Puedo ponerme tres kilos de ropa encima de la que ya llevo. 
—¿Qué eso lo que desea hacer, señor? Hay gente esperando.
Puedo estampar la cara de inepta de esta mujer y ser detenido por la policía. 
O puedo simplemente facturar.
—Sé que voy a arrepentirme de esto, pero voy a facturar.
—Muy bien, señor. Son 100 euros.
—¿100 euros?
—100 euros, sí. 
En efecto, voy a arrepentirme.
Por internet es más barato.
—Sí, incluso mi billete es más barato que eso. Me saldría más a cuenta pagarle un asiento a la maleta que facturarla.
La chica ha dejado de sonreír. Justo ahora que yo empezaba a ponerme gracioso.
Miro hacia atrás. Unas treinta personas esperan haciendo cola. No tengo paciencia suficiente para arreglar todo esto de ninguna otra manera que no sea ser timado. De repente, encuentro cierta dignidad en la estafa. 
Vuelvo a mirar a mi lerda interlocutora. 
—Cóbrame —digo, como si el dinero fuera algo que está muy por debajo de mis preocupaciones.
100 euros.
Me arrepiento en el mismo momento de hacerlo. Pero me queda la satisfacción de poder marcharme de ese mostrardor y empezar mi viaje.
Me prometo a mí mismo que no contárselo a nadie.

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Camden Town
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Capítulo final

16 de septiembre de 2012

Y OTRA NOCHE MÁS

"Están ocurriendo muchas cosas pero a quien sigo esperando es a ti" (El color de la noche)


Tengo una luz roja apuntándome a la cara. Un foco enorme que se enciende y se apaga justo encima de mí y no me deja ver. A mi derecha, un altavoz me taladra el oído con una estúpida canción: tacatá, tacatá. No entiendo nada. Es una puta pesadilla de estribillo. Una onomatopeya de las notas trepanándote el cráneo, pudriendo tu cerebro con rimas virulentas. La concurrencia baila y da palmas, aunque en mi interior suena I'll be your baby tonight de Bob Dylan y no sé por qué. Los hielos del cubata ya se han derretido. Le doy un sorbo al güisqui caliente y, de repente, la Coca-Cola parece demasiado dulce. Tengo ganas de lavarme los dientes. Es sólo otra noche más.
Hacía una semana que no recibía mensajes de Frank, el tío de Madrid que había confundido mi número con el de una tal María y quería que le mandase fotos de mi coño. Después de más diez mensajes de pago a los que no respondí, Frank me mandó una foto de su polla. Una foto oscura y desagradable de una polla pequeña y morena. Entonces, contesté: "No soy María. Te equivocas. Por favor, no escribas más a este número". 
Echo un vistazo a mi alrededor. Hace tiempo que ningún chico despierta en mí el más mínimo interés. Tengo la dolorosa sensación de estar harto de mí mismo. De estar siempre rodeado de las mismas personas una y otra vez. A lo lejos veo a Chándal acercarse con su vaso de tubo medio lleno y los hielos derretidos. Le saludo levantando las cejas. 
—Hoy no es tu noche —le digo.
—He follado tres veces esta semana, así que tampoco voy a esforzarme mucho. 
—Qué suerte.
—Ligar en la discoteca se ha vuelto imposible. Prefiero las citas.
—Calla, no me hables de citas.
Ayer quedé con un chico que tenía dos ex maridos. El primero había muerto en un accidente de tráfico, me contó. Lo siento, le dije. Era alcohólico, dijo él. Y se río a carcajadas como si acabara de contarme un chiste macabro. El segundo lo llevó a vivir a la montaña. Decidieron casarse después de un mes de conocerse.
—¿Tan rápido? —dije.
—Sí, porque sentí que era el hombre de mi vida.
—¿Y qué pasó?
—Trajo a su madre a vivir con nosotros porque tenía alzheimer y yo le abandoné. Pero somos muy buenos amigos.
No voy a ligar esta noche porque con la cara de amargado que tengo no se me va a acercar nadie. Chándal me empuja cada vez que pasa algún chico por nuestro lado pero yo sólo pienso en irme de esta ciudad, a algún lugar lejos de aquí donde no tenga que ver las mismas caras todas las noches.
Creía que Frank de Madrid había entendido que se estaba equivocando de número, pero hoy ha vuelto a escribirme:
"Hola maria que tal estas perdona por el otro dia ya se que estas casada".  [sic]
Un chico al que le saco una cabeza me toca en el hombro. Le miro. Tiene una sola ceja. Se acerca peligrosamente a mi oído izquierdo. Puedo notar su aliento caliente como el vapor de una tetera. Me dice: "Llevamos la misma camisa". Lo miro de arriba a abajo. Él sonríe mostrando sus dientes torcidos. Es cierto, llevamos la misma camisa. Respondo con una mueca y le doy dos palmaditas en la espalda.
—No puede ser que no haya nadie que te guste —me dice Chándal—. Vamos, tiene que haber alguien.
Puede que lo haya, al fin y al cabo, cada uno adapta la realidad como mejor le convenga. Frank de Madrid no acepta que yo no soy María porque se le acabaría la diversión. Yo no encuentro a nadie que me guste porque disfruto del aire trágico que me da la soltería y el fracaso. Porque me gusta quejarme y andar por ahí con cara de perro abandonado y hacerme la víctima. Son realidades construidas por nosotros mismos.
—Anímate y ve a hablar con alguno ahora que todavía eres joven.
Chándal tiene razón. Tengo que hacer un esfuerzo. No tengo nada que perder. Así que miro a un lado y a otro. Suenan las Spice Girls. Cualquier chico que esté bailando ahora, difícilmente me parecerá atractivo. Al fondo, al lado de la barra, sin demasiado entusiasmo, hay un chico de tirantes. No está nada mal.
—¿Ves a ese de ahí?
—Sí.
—Ese me gusta.
—Muy bien.
—Me recuerda un chico con el que estuve hace tiempo.
—Vale, pues vamos.
Nos acercamos lentamente. Los pies se me pegan al suelo a cada paso. Intento construir una sonrisa, una simpatía artificial que me va a resultar necesaria. Cada vez estoy más cerca y no estoy nada convencido, pero es lo bastante guapo como para alegrarme la noche. Tengo a Chándal justo detrás de mí, dándome apoyo moral, cuando por fin alcanzo mi objetivo. Estoy frente al chico de tirantes. Me mira durante medio segundo y dice:
—Hola, ¡cuánto tiempo sin verte! —sonríe. Parece una sonrisa de verdad—. ¿Cómo te va todo?
Y me da dos besos. Uno en cada mejilla, humillándome. Despertándome de una confusión absurda. El chico de tirantes no se parece a uno con el que estuve hace tiempo. Es él. Es el chico con el que estuve. 
—Pues muy bien. Aquí. Pasando la noche. Otra noche más.

3 de septiembre de 2012

LA OTRA NOCHE

"Cada momento perdido es la vida. Es incognoscible, excepto para nosotros mismos, cada uno de nosotros inexpresablemente, este hombre, esta mujer. La infancia es vida perdida y reclamada segundo por segundo" (Punto Omega, Don DeLillo)


El portero es un tipo agrio y mayor, con el pelo graso y una camisa gris metida sólo por un lado. Me increpa: "¿Sabes cómo va esto?". Y me entrega una tarjeta roja. Huele a crisis económica y a Brummel.  Lleva un bigote anacrónico de cuñado del dueño del local. Todo esto es demasiado poligonero como para estar por encima de la Diagonal. Supongo que no estamos lo bastante por encima, en realidad.
Cojo la tarjeta roja y digo: "Sí". Pero, el tío repite escupiéndome: "¿Sabes cómo va?". Y digo: "Sí". Me limpio el perdigón de saliva de la mejilla con dos dedos, mientras me explica: "Te tomas una copa y te la cambian por una tarjeta verde para poder salir". No sé para qué me pregunta si va a explicármelo de todas formas.
Dentro hace calor. Mucho más calor que en la calle. Pero los chicos no van sin camiseta, ni las chicas llevan abanico, como en otros lugares que frecuento. Por cada gorda, hay cinco babosos sonrientes que les abren paso por la pista. De todos ellos, hasta el más tonto va al gimnasio. Es un freakshow, un concurso de tener los bíceps más grandes que la cabeza.
Me dirijo directamente a la barra con mis amigos. Lázaro me dice:
¿Qué vas a tomar?
Cualquier cosa para que me dejen salir de este sitio de mierda.
Lázaro se ríe a carcajadas y me besa en la mejilla. Está borracho. Recibo un mensaje de texto en el móvil.  De los que valen dinero. Es otra vez ese número desconocido.
"Maria dime como eres anda guapa".  [sic]
Llevo todo el día recibiendo mensajes de este tipo. El primero fue por la mañana, en la oficina. Estaba desglosando la factura de un cliente que tenía al teléfono:
"Maria yo me llamo frank y soi de madrid los mensajes mandamelos a este y la foto de tu coño al otro numero". [sic]
Recibir un mensaje así a plena luz del día, en medio de la aséptica rutina puede ser terrorífico. Yo estoy a lo mío, con mi café, mis facturas y mis reclamaciones. No quiero que irrumpa en mi imaginario un tal Frank de Madrid y el coño de María. Obviamente, no respondí. Demasiado perturbador. Sentía la necesidad de fingir que aquello no había sucedido. Pero, más tarde, a mediodía:
"te follaria ahora mismo maria". [sic]
Pido un gin tonic. La camarera masca chicle. No me pregunta qué ginebra quiero, lo que me parece genial, porque me da lo mismo. Coloca frente a mí un vaso de tubo con dos cubitos. Lo llena hasta la mitad de Larios y deja a su lado un botellín de  Schweppes. Le pago con billete pequeño mirándome en el espejo del otro lado de la barra. ¿Qué hago aquí? Tengo ojeras. Me trae el cambio en seguida. Me pone en la mano la tarjeta verde, mi carta de libertad. Arrojo la tónica sobre la ginebra hasta que el vaso rebosa. Escojo una caña y me doy la vuelta. Un gin tonic barato con una pajita rosa: son esas cosas que hago algunas veces.
"Hola maria que estas?". [sic]
En la pista dos chicos rastrean su entorno. Actúan de dos en dos, como los velociraptores. Bailan cerca de una fea, bajita, con las tetas operadas. Un cardo de pechos descomunales es la presa perfecta, a juzgar por las ganas que le ponen. Pero ella se considera mejor que todo eso y se aleja con aires de grandeza. En tres segundos, una rubia mal teñida y más fea la sustituye como nuevo objetivo de los buitres.
Esos tíos son gilipollas le digo a Lázaro, pero aún así, valen mucho más que los callos que les rechazan. No sé si se dan cuenta.
No lo has entendido —responde. 
¿El qué?
—Les da igual si valen más o valen menos. Se trata de echar un polvo.
Trato de no juzgarlos. Estoy cansado. He venido aquí por un cumpleaños. Nunca sé a qué hora puede irse uno sin parecer maleducado. De todas formas, ya no queda mucho para que abran el metro.
A pesar de lo bizarro, no me siento mejor que todos estos pagafantas que bailan delante de mí. Hasta Frank de Madrid empieza a parecerme tierno:
"Hola cariño luego te llamo un beso o yamame tu si quieres"  [sic]
Sus mensajes no tienen sentido. Si ni siquiera le he contestado. ¿Qué hago si me llama? ¿Respondo? Si llama, me va a dar un ataque. Puede que María ni exista. Por un momento me imagino un señor mayor enviando mensajes a números de teléfono al azar, inventándose nombres de mujer, tratando de acertar. No sé por qué pero, con el alcohol y en este ambiente, no me parece tan descabellado.
—Vámonos, Lázaro. Este lugar es deprimente.
Vale, aviso a los demás.
Le doy con desinterés la tarjeta verde al portero de la camisa gris. En la calle, hay un montón de gente. La mayoría, fumando. Un tío se tropieza conmigo. Su aliento desprende olor a tres licores distintos. Está con dos chicas y un chico. Pregunta:
¿A quién crees que debería follarme esta noche a ésta o a ésta?
Las señala con el dedo. Ellas están serias, pero tampoco parecen molestas con el comentario.
—A las dos —responde el colega.
Amanece a lo lejos. El suelo está lleno de vasos de plástico y colillas. Mi móvil se ha quedado sin batería.  Otra noche perdida. Otra noche absurda en la que no he conseguido divertirme. Otro montón de instantes que se van sin remedio. Me despido de mis amigos. Le doy dos besos al chico del cumpleaños. Felicidades, buenas noches. Y camino hacia el metro arrastrando los pies. Lázaro me dice: "Qué vida". Pero ya no tenemos quince años. Ya no suena irónico como antes. 

26 de agosto de 2012

INSPIRACIÓN 2

El aire acondicionado no funciona o es que de verdad yo me he vuelto loco. No dejo de sudar y me arde la cabeza. La ventilación del ordenador hace tanto ruido que parece que vaya a despegar. Una mosca que llevaba un rato revoloteando se posa en mi frente. Intento apartarla de un manotazo, pero no se mueve. Se ha quedado pegada en el sudor. La arranco de mi piel cogiéndola con dos dedos. Se produce un pequeño crujido al aplastarla. Dejo su pequeño cadáver encima de la mesa, ya lo limpiaré luego. Son las tres de la mañana y no he conseguido escribir más que estupideces carentes de interés.

WARNER
Esta mañana hablé con una mujer que creía que era la madre de una amiga mía. La toqué en el brazo. La saludé y tuvimos una conversación. Ella respondió a mis preguntas. Yo respondí a las suyas. Pero mi amiga dice que su madre estaba con ella a esa hora y que no puede ser. Me sorprende lo superficial que puede llegar a ser una conversación, hasta el punto que no importa si hablas con un conocido o un desconocido: la otra persona podría no notar la diferencia.
Debería escribir sobre eso. Philip K. Dick escribiría sobre eso. Haría maravillas con una anécdota así. Seguramente, ya lo hizo. Es otra liga. Un nivel de demencia superior. Philip K. Dick decía que hablaba con Dios. Yo hablo con la televisión. Como los viejos. Cuando dan películas de miedo, grito: "¡Cuidado, justo detrás de ti!". Philip K. Dick era adicto a las drogas psicoactivas. Yo una vez me fumé un porro de marihuana y lloré. Lloré y pedí que me abrazaran. Ese soy yo.
Quizás la madre de mi amiga tenga una hermana gemela y fueron separadas al nacer. Ninguna de las dos conoce la existencia de la otra y nunca se han encontrado. O puede que sea una misma persona viviendo en universos paralelos. Universos distintos que, por alguna razón, se están unificando de forma que este mujer puede estar al mismo tiempo con su hija en Hospitalet y conmigo en un bar de chinos del centro.
Estoy agotado. Me pesa el cuerpo. La cabeza me da vueltas, pero tengo los ojos abiertos como platos. Tengo que levantarme dentro de cuatro horas, ya no sé si vale la pena dormir. Ni siquiera sé si seré capaz de conciliar el sueño. Necesito pastillas, pero no sé dónde las he dejado.
Me pregunto qué pasará si me encuentro a la madre de mi amiga (versión alternativa) mañana otra vez a la hora del desayuno. ¿Qué hago si la veo? ¿Me acerco y le digo que no es quien cree ser? Hoy, después de que se fuera y de descubrir la paradoja, la camarera no paraba de sonreír. Es china, es normal para ellos. Pero, a mí me daba la sensación de que sabía algo que yo no sabía.
Estaba ahí de pie, secando un vaso y mirándome sonriente. Yo, debía de tener cara de tonto. Le dije:
¿Me cobras?
Uno veinte.
Saqué detenidamente la cartera del bolsillo. Conté las monedas para darle el importe exacto. Ella sonreía. Le dejé las monedas en el mostrador y ella dijo: "Glacias". Entonces, le pregunté:
¿Quién soy yo?
¿Peldón?
¿Tengo una doble vida en otro universo?
No entiendo -decía.
Digo, por ejemplo, como un cristiano del siglo I en Judea.
No entiendo, señol. Lo siento.
¿Eres un agente del FBI?
Soy de Tianjin, señol.
Está bien. Hasta mañana.
Hasta mañana, señol.
Mentía. Estoy seguro. Pero no iba a decirme la verdad tan fácilmente. Quizás otro día. Acabo de encontrar las pastillas.

Primera Parte: INSPIRACIÓN

INSPIRACIÓN

Un día de 1974, Philip K. Dick se encontraba descansando en casa, después de haber ido al dentista y, atormentado por el dolor, pidió por teléfono analgésicos a la farmacia. Cuando abrió la puerta de la calle, la mensajera, que lucía un collar con el símbolo del pez cristiano, le disparó un rayo láser rosa que le transmitió conocimientos arcanos. Así descubrió la anamnesis, el retorno a la memoria de vidas pasadas. Philip K. Dick aseguraba en sus diarios (The exegesis) que en un parpadeo se dio cuenta de que llevaba una doble vida en mundos paralelos: una como escritor de novelas fantásticas del siglo XX, asediado por la CIA, el FBI y Nixon, y otra como cristiano del siglo I en Judea.

WARNER
Son las dos de la mañana. No puedo dormir por el calor. Me he despertado como en medio de un sofocante ataque de asma. Y yo no tengo asma. Pero no puedo respirar. Estoy sudado. Mi cama es un charco de sábanas repugnante y pegajoso. Así que me levanto, enciendo el aire acondicionado y trato de escribir algo.
Envidio a los escritores atormentados que se inspiraban en su propia demencia, las drogas, el alcoholismo, las putas y la esquizofrenia. Yo estoy loco, pero no lo suficiente. Si estuviera un poco más chalado quizás podría ser un genio. Pero no soy más que un pobre neurótico que se lamenta y pelea con una página en blanco. Un patético intento de escritor. Dramáticamente mediocre.
Esta mañana, a las once y cuarenta, bajé como cada día a tomar un café durante el descanso en el trabajo. Son diez minutos. Quince, en realidad. Nunca me dicen nada, si me retraso. Hacía un sol abrasador. Mi bar habitual está cerrado por vacaciones, así que tenía que buscar otro. No había coches por las calles. Parecía el principio de un futuro post-apocalíptico estilo Mad Max
Tuve que caminar dos manzanas hasta encontrar un bar abierto. Un bar de chinos. Los chinos nunca fallan. En la terraza, tomando una caña vi a la madre de una amiga, pero como tenía prisa y no quería molestar, no la saludé porque ni siquiera me había mirado y tampoco sabría qué decirle. Me pregunté qué estaba haciendo ahí.
Pedí un café con leche. Estaba tan caliente que parecía servido con lava volcánica. No debería tomar café con este calor, pero soy un absurdo hombre de costumbres y no me importa que me haga sudar y quemarme la garganta por las prisas. Es lo que hago cada mañana. También pedí un dónut.
En ese momento, entró la madre de mi amiga para pagar. Se puso a mi lado en la barra. La tenía demasiado cerca como para esquivarla, así que la toqué en el brazo y le dije: "Hola".
Hola, ¿qué tal? contestó.
Aquí, en el descanso del trabajo.
Muy bien.
¿Tú cómo estás?
Bien.
Vale. Que vaya bien.
La madre de mi amiga pagó y salió del bar. Saqué el teléfono. No había nada interesante en twitter. Entré en facebook, pero iba demasiado lento. Entré en whatsapp. Le di un sorbo al café, me quemé los labios. Escribí a mi amiga: "Acabo de ver a tu madre". A lo que ella contestó: "¿Mi madre? Pero si está aquí conmigo en Hospitalet".

Segunda Parte: INSPIRACIÓN-2

31 de julio de 2012

OHIO

I.

Desnudo frente al mar reta a la luna
con una partitura de piano
y un batido de horchata inoportuna
en clave de sol turco-americano.

Su hogar es una playa y su bandera
un viaje por Europa en patinete,
un deseo que late sin frontera,
un soldado de concha y cacahuete.

Veintiséis sirenitas catalanas
se ahogan en lo azul de sus retinas
y cuenta la leyenda que en Ohio

han cerrado de pena las ventanas,
desde que se ha marchado, las vecinas,
y no hay música, Dios, ni mes de mayo.

II.

Poeta rubiales, pintor abstruso,
políglota de labios vacilantes,
resucita las lenguas en desuso
que olvidan en un bloc los estudiantes.

Epidemia de nostalgia, canción
triste de pétalos de margarita.
Descuida si te rompe el corazón,
va a tener preparada una tirita.

Guitarra del Poble Nou, piel dorada,
una vez me besó de madrugada,
había muchas olas todavía.

Y se empañó el cristal de los cubatas,
el miedo se encargó de las posdatas
y brindamos con rajas de sandía.

29 de julio de 2012

FLORIDA: Back to Barcelona

"La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer" (Bertolt Brecht)

MULA
Compré el New York Times en el aeropuerto porque aparecía España en la portada. Del New York Times. Sí. España. En la portada. Pero, ¿qué coño ha pasado mientras he estado fuera? ¿Me voy una semana y se hunde el país? Estaba agotado y todavía me quedaban ocho horas de vuelo por delante. Llevaba puestas mis zapatillas nuevas marca Converse, mi nueva camiseta Vans, una gorra de American Eagle y en la mano un peluche de Mickey Mouse que no me cabía en la maleta. Y el New York Times. Era como una versión para tontos del concurso Adivina de qué país vengo. Estaba en el aeropuerto de Nueva York esperando para coger el avión que me llevaría a Barcelona.
Llegar hasta allí no fue fácil. En Orlando, tuve que imprimir mis billetes en una máquina. Eran dos, uno para viajar hasta Nueva York y otro para Barcelona. Pero solamente se imprimió uno, así que fui a preguntar a una chica que había en un mostrador. Le dije: "Excuse me...". Y ella dijo: "Hola".
Me falta uno de los billetes, ¿podrías ayudarme?
Déjame ver tu pasaporte.
Nunca había odiado tanto esa frase como en Estados Unidos.
Pero, este pasaporte está caducado me dijo. Yo pensé: "No puede pasarme esto otra vez".
No está caducado -sonreí.
Aquí dice siete de mayo de 2012.
No, dice cinco de julio de 2012.
Mira dijo, cometiendo la osadía de mostrarme mi propio pasaporte.
En España trataba de seguir sonriendo, pones el mes en segundo lugar y el día el primero.
Frunció el ceño como si creyera que acaba de inventarme eso que yo creía tan obvio para alguien que ve pasaportes todos los días. Imprimió mi billete y me lo entregó diciendo:
Renueva tu pasaporte.
Pasé un primer control. Tuve que quitarme el cinturón, las gafas, los zapatos. Los niños no paraban de mirarme. Decían: "Mira, mamá, Mickey". Me daba vergüenza. Cogí el avión hacia Nueva York. Fue bastante rápido. Y, nada más bajar, control de pasaportes. Otra vez. Otra mujer. Le dije: "Hello". Ella dijo: "Hola".
¿Sabes que tu pasaporte está caducado?
Dije: "Sí".
Y ella respondió: "De acuerdo, pasa".
Afortunadamente, es más fácil irse que entrar.
Ocho horas después, pisé el suelo de Barcelona. Era mi primer verano como periodista. Hacía sol y España había sido rescatada por Europa. Eso decían.

FLORIDA:
El caníbal de Miami
Inmigración
The Animal City
Land of Sunshine
Las propinas
In God We Trust

15 de julio de 2012

FLORIDA: In God We Trust

"La capacidad de ganar dinero no impresiona a nadie aquí" (La red social)

MULA
Tengo un billete en la mano. Tiemblo un poco. ¿Qué me pasa? ¿Tengo quince años? Will se burla de mí.
¿Estás nervioso?
No.
Prometí no marcharme de Estados Unidos sin poner un dólar en el calzoncillo a uno de esos chicos que bailan en los bares. Para mí es como una experiencia turística más. Una chorrada, la verdad. Y, sin embargo, ahí está el chico balanceando sus músculos con desgana, mirando el infinito y yo ni me atrevo a acercarme. He subido a algunas de las montañas rusas más grandes del mundo aquí en Orlando y no me han  temblado las rodillas como ahora.
¿Vas a ir o no?
Voy.
Doy tres pasos, no quiero que Will tenga que empujarme como a un empollón de película americana de serie B. Dos chicos con gorra de béisbol se cruzan en mi camino. Aquí los chicos van así a la discoteca. Es un complemento más que hace moderno, como en Barcelona las gafas de pasta sin cristales.
En Valencia me contaron que los chicos que van con gorra a la discoteca son chaperos. Así que dejé de hacerlo para evitar malos entendidos -dice Will.
¿Qué dices? En mi vida había escuchado nada parecido.
Pues será sólo en Valencia insiste.
No lo sé. No me suena.
Estamos en Parliament House. Es el local de moda los domingos. En Orlando, cada lugar tiene su día estrella. Se lo tienen bien repartido.
Por las tardes los chicos van al minigolf y, por las noches, al local que tenga mejores descuentos, depende del día de la semana.
¿Al minigolf?
Claro. Aquí en tu primera cita con un chico es muy normal ir al minigolf. Jugando, la charla se hace más amena. Yo he ido tantas veces que ya me sé todos los trucos y les meto una paliza a los pobres.
Termina la canción y empieza otra, así que el gogó cambia de paso de baile. Voy a tener que hacerlo antes de que termine su turno.
Parliament House tiene varias pistas con diferente música. Alguna es al aire libre, con piscina. También tiene zona de billares, hay un motel para alquilar habitaciones y un teatro en el que hacen shows de  transexuales. Vimos uno antes de venir aquí a ponerle el dólar al muchacho. También les daban billetes mientras actuaban y apenas les dejaban seguir con el playback.
Miro el billete que voy a darle. One Dollar. George Washington. Me pregunto si en España no lo hacemos porque no existe el billete de un euro y darlo en monedas sería poco práctico, o simplemente por un tema cultural. Doy tres pasos más. El bailarín se percata de me presencia. Mira el billete y me sonríe. Noto una tensión en el cuello. No sé si es que he dormido mal o de la montaña rusa.
Bajo la mirada de vuelta al billete para dar los últimos pasos. "In God We Trust", pone.
Ya estoy a su lado.
In God We Trust.
Sin dejar de bailar, se agacha y me pone una mano en el hombro.
¿Qué tendrá que ver Dios con todo esto?
No me sentía tan nervioso desde que aquel vagabundo vino a picar a la ventanilla del coche la madrugada del viernes. Estábamos aparcados esperando a un amigo. El tipo nos pedía dinero. Will dijo que sólo teníamos tarjetas de crédito. Entonces, se puso un poco pesado. Su aliento apestaba a güisqui barato. Al final, nos dejó en paz pero a mí se me heló la sangre.
¿Has pasado miedo? me preguntó Will.
Pensé que podía tener una pistola. 
Sí. Podía tener una pistola. Todo el mundo puede tener una pistola, aquí.
Lo sé. Pero yo no estoy acostumbrado a eso.
Confiamos en Dios. No imagino en Europa una inscripción así en nuestro dinero. Nuestros dioses cuelgan en las paredes de la iglesia. Aquí cuelgan de los tangas de los mulatos. Como éste que me sonríe tan de cerca. Ahora que me fijo, es en realidad bastante feo. Le digo: "Hello". Contesta: "Hello".
No sé si vale el dólar que voy a darle.
En fin.
Acabemos de una vez con todo esto.
Agarro despacio la tira del calzoncillo verde fluorescente con la punta de los dedos. Debería haberme cortado las uñas. Lo estiro hacia atrás con cuidado. No quiero que piense que intento propasarme o algo por el estilo. Coloco el dichoso billete y suelto la tira de golpe que chasquea en su cadera. El impacto le hace dar un pequeño salto afeminado. Creo que le ha dolido. Pero es un profesional y sigue bailando sonriente.
Ya está hecho.
Me alejo de él velozmente para que se olvide de mí lo antes que pueda.
Se acabó.
Ya está le digo a Will que no para de reírse.
Te he grabado en vídeo. ¿Por qué te has puesto tan nervioso?
Pero no se me ocurre nada que decir.
Simplemente respondo: "No tengo ni idea".

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Las propinas

11 de julio de 2012

FLORIDA: Las propinas

—Nunca dejo propina, no creo en eso. —La chica ha sido simpática. —Está bien, pero tampoco es nada especial. —¿Qué querías? ¿que te la chupara debajo de la mesa? (Reservoir Dogs)

MULA
Estoy comiendo solo en la barra del restaurante Brio en el centro comercial Millenia y una tía cuyo culo rebosa el taburete no para de hacerme preguntas. Así no se puede comer.
¿De dónde eres?
De Barcelona.
¡Oh, qué bonito! Barcelona. Yo una vez estuve en Madrid.
Qué bien.
El camarero no deja de llenarme el vaso de coca-cola. Supongo que quiere una buena propina. No sé cuánta coca-cola cree este hombre que soy capaz de beber durante una comida, pero creo que se ha propuesto descubrirlo.
¿Y qué haces aquí? ¿De vacaciones?
Sí.
¡Oh, vacaciones! ¡Qué suerte!
Sí.
¿Y qué has visitado?
Disneyworld.
¡Oh, Disneyworld!
En Estados Unidos las propinas son obligatorias. Ellos te dan la cuenta y tú tienes que sumarle la cantidad correspondiente. De hecho, el sueldo de algunos camareros está basado únicamente en las propinas. 
¿Y vas a hacer muchas compras?
Creo que sí. Tengo que esperar a que mi amigo salga de trabajar.
¡Ah, tu amigo! 
Sí.
¿Y por qué no te vas a dar una vuelta con el coche?
Es que yo no conduzco.
¿No conduces?
No.
Pero... ¿no conduces?
No.
Si vuelve a preguntarlo le aplasto la cara en su plato de macarrones.
¡Cómo no vas a conducir! ¡Que ya eres mayorcito, tú!
No conduzco.
No puede ser.
Se lo juro por Obama.
¿Y cómo te desplazas en Barcelona?
Bueno, es que en Barcelona tenemos metro.
¡Ah, metro! Claro. Que ahí tenéis metro.
Esta es la primera vez que estoy comiendo solo, así que por primera vez tengo que calcular la propina sin ayuda. El camarero deja la cuenta y sonríe. Yo me la miro una y otra vez y trato de pensar mientras la gorda me cuenta con la boca llena que una vez en Madrid cogió el metro.
Perdona, ¿sabes cuánto tengo que dejar de propina?
Mi primera pregunta en una hora. Al menos, esta pesada me va a servir de algo.
...
O eso creía.
...
Mi oronda interlocutora, de pronto, se ha quedado muda. Por primera vez en toda la comida. Justo cuando necesito que hable.
A ver... dice arrancándome de las manos la factura—. ¿Cuánto pone?
Diez dólares digo.
Bien. Pues le dejas cinco.
La obesa de culo abundante me devuelve el papelito y se chupa los dedos. Tiene orégano en los dientes.
¿Cinco dólares?
No puede ser.
Sí, claro.
Creo se equivoca.
¿Seguro?
Sure.
Lo dice con mucha seguridad.
Ok.
Y así fue como dejé una propina del 50% por culpa de una rechoncha charlatana.
Ni los propios americanos tienen idea de cuánto se tiene que dejar de propina.

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