31 de julio de 2012

OHIO

I.

Desnudo frente al mar reta a la luna
con una partitura de piano
y un batido de horchata inoportuna
en clave de sol turco-americano.

Su hogar es una playa y su bandera
un viaje por Europa en patinete,
un deseo que late sin frontera,
un soldado de concha y cacahuete.

Veintiséis sirenitas catalanas
se ahogan en lo azul de sus retinas
y cuenta la leyenda que en Ohio

han cerrado de pena las ventanas,
desde que se ha marchado, las vecinas,
y no hay música, Dios, ni mes de mayo.

II.

Poeta rubiales, pintor abstruso,
políglota de labios vacilantes,
resucita las lenguas en desuso
que olvidan en un bloc los estudiantes.

Epidemia de nostalgia, canción
triste de pétalos de margarita.
Descuida si te rompe el corazón,
va a tener preparada una tirita.

Guitarra del Poble Nou, piel dorada,
una vez me besó de madrugada,
había muchas olas todavía.

Y se empañó el cristal de los cubatas,
el miedo se encargó de las posdatas
y brindamos con rajas de sandía.

29 de julio de 2012

FLORIDA: Back to Barcelona

"La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer" (Bertolt Brecht)

MULA
Compré el New York Times en el aeropuerto porque aparecía España en la portada. Del New York Times. Sí. España. En la portada. Pero, ¿qué coño ha pasado mientras he estado fuera? ¿Me voy una semana y se hunde el país? Estaba agotado y todavía me quedaban ocho horas de vuelo por delante. Llevaba puestas mis zapatillas nuevas marca Converse, mi nueva camiseta Vans, una gorra de American Eagle y en la mano un peluche de Mickey Mouse que no me cabía en la maleta. Y el New York Times. Era como una versión para tontos del concurso Adivina de qué país vengo. Estaba en el aeropuerto de Nueva York esperando para coger el avión que me llevaría a Barcelona.
Llegar hasta allí no fue fácil. En Orlando, tuve que imprimir mis billetes en una máquina. Eran dos, uno para viajar hasta Nueva York y otro para Barcelona. Pero solamente se imprimió uno, así que fui a preguntar a una chica que había en un mostrador. Le dije: "Excuse me...". Y ella dijo: "Hola".
Me falta uno de los billetes, ¿podrías ayudarme?
Déjame ver tu pasaporte.
Nunca había odiado tanto esa frase como en Estados Unidos.
Pero, este pasaporte está caducado me dijo. Yo pensé: "No puede pasarme esto otra vez".
No está caducado -sonreí.
Aquí dice siete de mayo de 2012.
No, dice cinco de julio de 2012.
Mira dijo, cometiendo la osadía de mostrarme mi propio pasaporte.
En España trataba de seguir sonriendo, pones el mes en segundo lugar y el día el primero.
Frunció el ceño como si creyera que acaba de inventarme eso que yo creía tan obvio para alguien que ve pasaportes todos los días. Imprimió mi billete y me lo entregó diciendo:
Renueva tu pasaporte.
Pasé un primer control. Tuve que quitarme el cinturón, las gafas, los zapatos. Los niños no paraban de mirarme. Decían: "Mira, mamá, Mickey". Me daba vergüenza. Cogí el avión hacia Nueva York. Fue bastante rápido. Y, nada más bajar, control de pasaportes. Otra vez. Otra mujer. Le dije: "Hello". Ella dijo: "Hola".
¿Sabes que tu pasaporte está caducado?
Dije: "Sí".
Y ella respondió: "De acuerdo, pasa".
Afortunadamente, es más fácil irse que entrar.
Ocho horas después, pisé el suelo de Barcelona. Era mi primer verano como periodista. Hacía sol y España había sido rescatada por Europa. Eso decían.

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Las propinas
In God We Trust

15 de julio de 2012

FLORIDA: In God We Trust

"La capacidad de ganar dinero no impresiona a nadie aquí" (La red social)

MULA
Tengo un billete en la mano. Tiemblo un poco. ¿Qué me pasa? ¿Tengo quince años? Will se burla de mí.
¿Estás nervioso?
No.
Prometí no marcharme de Estados Unidos sin poner un dólar en el calzoncillo a uno de esos chicos que bailan en los bares. Para mí es como una experiencia turística más. Una chorrada, la verdad. Y, sin embargo, ahí está el chico balanceando sus músculos con desgana, mirando el infinito y yo ni me atrevo a acercarme. He subido a algunas de las montañas rusas más grandes del mundo aquí en Orlando y no me han  temblado las rodillas como ahora.
¿Vas a ir o no?
Voy.
Doy tres pasos, no quiero que Will tenga que empujarme como a un empollón de película americana de serie B. Dos chicos con gorra de béisbol se cruzan en mi camino. Aquí los chicos van así a la discoteca. Es un complemento más que hace moderno, como en Barcelona las gafas de pasta sin cristales.
En Valencia me contaron que los chicos que van con gorra a la discoteca son chaperos. Así que dejé de hacerlo para evitar malos entendidos -dice Will.
¿Qué dices? En mi vida había escuchado nada parecido.
Pues será sólo en Valencia insiste.
No lo sé. No me suena.
Estamos en Parliament House. Es el local de moda los domingos. En Orlando, cada lugar tiene su día estrella. Se lo tienen bien repartido.
Por las tardes los chicos van al minigolf y, por las noches, al local que tenga mejores descuentos, depende del día de la semana.
¿Al minigolf?
Claro. Aquí en tu primera cita con un chico es muy normal ir al minigolf. Jugando, la charla se hace más amena. Yo he ido tantas veces que ya me sé todos los trucos y les meto una paliza a los pobres.
Termina la canción y empieza otra, así que el gogó cambia de paso de baile. Voy a tener que hacerlo antes de que termine su turno.
Parliament House tiene varias pistas con diferente música. Alguna es al aire libre, con piscina. También tiene zona de billares, hay un motel para alquilar habitaciones y un teatro en el que hacen shows de  transexuales. Vimos uno antes de venir aquí a ponerle el dólar al muchacho. También les daban billetes mientras actuaban y apenas les dejaban seguir con el playback.
Miro el billete que voy a darle. One Dollar. George Washington. Me pregunto si en España no lo hacemos porque no existe el billete de un euro y darlo en monedas sería poco práctico, o simplemente por un tema cultural. Doy tres pasos más. El bailarín se percata de me presencia. Mira el billete y me sonríe. Noto una tensión en el cuello. No sé si es que he dormido mal o de la montaña rusa.
Bajo la mirada de vuelta al billete para dar los últimos pasos. "In God We Trust", pone.
Ya estoy a su lado.
In God We Trust.
Sin dejar de bailar, se agacha y me pone una mano en el hombro.
¿Qué tendrá que ver Dios con todo esto?
No me sentía tan nervioso desde que aquel vagabundo vino a picar a la ventanilla del coche la madrugada del viernes. Estábamos aparcados esperando a un amigo. El tipo nos pedía dinero. Will dijo que sólo teníamos tarjetas de crédito. Entonces, se puso un poco pesado. Su aliento apestaba a güisqui barato. Al final, nos dejó en paz pero a mí se me heló la sangre.
¿Has pasado miedo? me preguntó Will.
Pensé que podía tener una pistola. 
Sí. Podía tener una pistola. Todo el mundo puede tener una pistola, aquí.
Lo sé. Pero yo no estoy acostumbrado a eso.
Confiamos en Dios. No imagino en Europa una inscripción así en nuestro dinero. Nuestros dioses cuelgan en las paredes de la iglesia. Aquí cuelgan de los tangas de los mulatos. Como éste que me sonríe tan de cerca. Ahora que me fijo, es en realidad bastante feo. Le digo: "Hello". Contesta: "Hello".
No sé si vale el dólar que voy a darle.
En fin.
Acabemos de una vez con todo esto.
Agarro despacio la tira del calzoncillo verde fluorescente con la punta de los dedos. Debería haberme cortado las uñas. Lo estiro hacia atrás con cuidado. No quiero que piense que intento propasarme o algo por el estilo. Coloco el dichoso billete y suelto la tira de golpe que chasquea en su cadera. El impacto le hace dar un pequeño salto afeminado. Creo que le ha dolido. Pero es un profesional y sigue bailando sonriente.
Ya está hecho.
Me alejo de él velozmente para que se olvide de mí lo antes que pueda.
Se acabó.
Ya está le digo a Will que no para de reírse.
Te he grabado en vídeo. ¿Por qué te has puesto tan nervioso?
Pero no se me ocurre nada que decir.
Simplemente respondo: "No tengo ni idea".

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Las propinas

11 de julio de 2012

FLORIDA: Las propinas

—Nunca dejo propina, no creo en eso. —La chica ha sido simpática. —Está bien, pero tampoco es nada especial. —¿Qué querías? ¿que te la chupara debajo de la mesa? (Reservoir Dogs)

MULA
Estoy comiendo solo en la barra del restaurante Brio en el centro comercial Millenia y una tía cuyo culo rebosa el taburete no para de hacerme preguntas. Así no se puede comer.
¿De dónde eres?
De Barcelona.
¡Oh, qué bonito! Barcelona. Yo una vez estuve en Madrid.
Qué bien.
El camarero no deja de llenarme el vaso de coca-cola. Supongo que quiere una buena propina. No sé cuánta coca-cola cree este hombre que soy capaz de beber durante una comida, pero creo que se ha propuesto descubrirlo.
¿Y qué haces aquí? ¿De vacaciones?
Sí.
¡Oh, vacaciones! ¡Qué suerte!
Sí.
¿Y qué has visitado?
Disneyworld.
¡Oh, Disneyworld!
En Estados Unidos las propinas son obligatorias. Ellos te dan la cuenta y tú tienes que sumarle la cantidad correspondiente. De hecho, el sueldo de algunos camareros está basado únicamente en las propinas. 
¿Y vas a hacer muchas compras?
Creo que sí. Tengo que esperar a que mi amigo salga de trabajar.
¡Ah, tu amigo! 
Sí.
¿Y por qué no te vas a dar una vuelta con el coche?
Es que yo no conduzco.
¿No conduces?
No.
Pero... ¿no conduces?
No.
Si vuelve a preguntarlo le aplasto la cara en su plato de macarrones.
¡Cómo no vas a conducir! ¡Que ya eres mayorcito, tú!
No conduzco.
No puede ser.
Se lo juro por Obama.
¿Y cómo te desplazas en Barcelona?
Bueno, es que en Barcelona tenemos metro.
¡Ah, metro! Claro. Que ahí tenéis metro.
Esta es la primera vez que estoy comiendo solo, así que por primera vez tengo que calcular la propina sin ayuda. El camarero deja la cuenta y sonríe. Yo me la miro una y otra vez y trato de pensar mientras la gorda me cuenta con la boca llena que una vez en Madrid cogió el metro.
Perdona, ¿sabes cuánto tengo que dejar de propina?
Mi primera pregunta en una hora. Al menos, esta pesada me va a servir de algo.
...
O eso creía.
...
Mi oronda interlocutora, de pronto, se ha quedado muda. Por primera vez en toda la comida. Justo cuando necesito que hable.
A ver... dice arrancándome de las manos la factura—. ¿Cuánto pone?
Diez dólares digo.
Bien. Pues le dejas cinco.
La obesa de culo abundante me devuelve el papelito y se chupa los dedos. Tiene orégano en los dientes.
¿Cinco dólares?
No puede ser.
Sí, claro.
Creo se equivoca.
¿Seguro?
Sure.
Lo dice con mucha seguridad.
Ok.
Y así fue como dejé una propina del 50% por culpa de una rechoncha charlatana.
Ni los propios americanos tienen idea de cuánto se tiene que dejar de propina.

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14 de junio de 2012

FLORIDA: Land of Sunshine

Las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el cristal de las ventanas. Me acordé de Londres. Eran las seis de la mañana y tenía los ojos abiertos como platos por el jet lag. Me levanté. Will todavía dormía. Me di una ducha de tres minutos. Me vestí. Me acerqué a la cocina y me serví un vaso de agua. Se suponía que teníamos que ir a Disneyworld.
En Orlando hay cuatro parques de atracciones: Disney, Universal, SeaWorld y Legoland. Dentro de cada uno de ellos, hay varios parques más. Por ejemplo, Disney tiene cuatro y Universal tiene dos. Esto es así porque es el estado en el que hace mejor tiempo de todo el país. Land of Sunshine, lo llaman. Pero desde que yo había llegado, no dejaba de llover.

MULA
Le pregunté a Will:
¿Cuánto van a costar las entradas a los parques, para que me haga una idea?
¿A cuáles te gustaría ir? -contestó Will.
A Disney y Universal.
Tranquilo, yo me encargo.
Will hablaba como un mafioso. Si eres de Orlando, tienes contactos en todas partes. En los hoteles, las tiendas de ropa, los parques temáticos. O al menos, él los tenía.
Así que, para empezar, consiguió pases gratuitos para los cuatro parques de Disney: Hollywood Studios, Animal Kingdom, Epcot y Magic Kingdom.
Así que desayunamos en Denny's unos huevos con salchichas, patatas, dos tortitas con nata y fresas y un batido. Teníamos todo el día por delante y ya no podía ni moverme. Will me dijo que ese era el típico desayuno norteamericano.
Si yo desayunara esto todos los días, pesaría 120 kilos.
Por eso yo sólo desayuno cereales.
¿Y qué coméis a mediodía?
Pues depende. A veces nada. Aquí no es como en España. No tenemos un descanso de dos horas para ir a sentarnos a algún lado y comer tranquilamente. Nuestra vida gira en torno al trabajo. La familia y los amigos no tienen la misma importancia. Por eso, echo de menos Barcelona. Por la calidad de vida.
Yo aquí me siento muy bien, excepto por la lluvia.
Porque estás de vacaciones. Pero si vivieras aquí te darías cuenta... Yo algunas veces ni siquiera tengo un break a mediodía. Le tengo que decir a alguien de la tienda que me traiga un sandwich.
Entramos a Disney acompañados de la madre de una amiga de Will que trabajaba allí. Nos dio tickets para los cuatro parques. Y no sólo eso, paseando por Hollywood Studios, vino otro amigo de Will a saludarnos. Nos regaló unas postales y unas pegatinas. Una chapa en la que ponía: "First visit!" para mí. Y una tarjeta que nos permitía hacernos fotos en los lugares más característicos con los fotógrafos oficiales. Después él nos las mandaría.
Will, no sé cómo agradecerte todo lo que estás haciendo por mí le dije.
No es nada decía Will.
Sólo le preocupaba la lluvia. A mí, no.
Pasamos el día en Disney. Visitamos los cuatro parques. Hubo lluvia intermitente. Eso nos permitió ahorrarnos algunas colas de gente que iba a refugiarse. Pero muchas de las atracciones eran cubiertas y el calor hizo que el día no se estropeara del todo. Montamos en las atracciones más conocidas. Paseamos. Incluso me compré un peluche de Mickey Mouse.
Dos días después, teníamos planeado conducir hasta Miami a pasar el fin de semana. Will seguía preocupado. Esperando en la puerta de Jennifer dentro del coche, caía un diluvio torrencial.
Me gustaría que conocieras la verdadera Florida. No tiene nada que ver con esto. Te ha tocado una mala semana.
Lo sé. No te preocupes.
Pero Will había dejado de sonreír.
Llamó a uno de sus amigos de Miami y le preguntó: ¿Qué tiempo hace por allí? Llueve, respondió. Y probó a llamar a otro amigo. Y otro más. Como si alguno de ellos fuera a desmentir lo que era más que evidente.
El problema era que Miami es South Beach y más allá de eso, no tiene mucho interés. Y si llovía, no tenía sentido moverse de Orlando.
Lo siento mucho insistía Will. Si tú quieres ir, vamos igualmente.
Will, no te preocupes, de verdad.
Entonces, uno de los amigos de Will escribió un mensaje que nos advertía que había aviso de tornado en Miami. En ese momento, nos rendimos.
Will me dijo:
Te voy a compensar como si fuera culpa suya todo aquello.
Yo le dije:
Te quiero mucho.

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8 de junio de 2012

FLORIDA: The Animal City

It's not Orlando anymore. This is the Animal City.

Así es como Will habla de su ciudad. Al volante de su BMW, me mira de costado con sus enormes ojos de dibujo animado y sonríe. Will es todo sonrisa. Trabaja para una firma de lujo en un centro comercial pijo de aquí. Ahora le acaban de ascender. Mientras busca una canción en su iphone, yo me quedo embobado mirando los semáforos que cuelgan de un cable de acero que atraviesa la carretera. Siempre me pasa en el extranjero. Me hipnotizan los paisajes y los pequeños detalles de las ciudades. Las señales de tráfico, los nombres de las calles. Will escoge una canción de Alejandra Guzman y vuelve a sonreírme. 

QUILES
Me dice que Orlando es una ciudad carnívora. Que las personas ya no son personas. Y que todo es irracional.
¿Conoces la canción?
¿Qué canción?
Animal City. De Shakira. Pues es lo mismo. Especialmente en los locales de ambiente. Cuando llega alguien nuevo a la ciudad y todos los chicos lo llaman: "Fresh meat" dice.
Entiendo.
Son caníbales. A eso me refiero. No te ven como a un ser humano. Solo eres un trozo de carne para ellos.
Will conduce tranquilo. Disfruta del aire entrando por la ventana. Es capaz de cantar desgarradamente un tema de Paulina Rubio, contarme un chiste y criticar las miserias del género humano en dos giros de volante.
Lo que voy a hacer es dejarte el coche para que puedas ir donde quieras los días que yo trabajo.
Pero, Will, yo no conduzco.
No puede ser.
Tengo carnet pero hace como ocho años que no cojo un coche.
Pero es que aquí todo el mundo conduce. No puedes ir a los sitios andando.
¿Y en transporte público?
Bueno, hay autobuses dice Will, pero solo lo cogen los pobres. No es muy cómodo y puede ser peligroso.
Pues yo paso de cogerte el BMW que seguro que lo estrello y aquí soy un ilegal sin papeles contesto.
Will se ríe y dice que ya encontraremos una solución.
Por la noche, cenamos en Margaritaville en el City Walk de Universal Studios. Aunque acabo de aterrizar, el ambiente me pone rápidamente en situación. Todo es a lo grande. La comida. Las luces. Los carteles. Los fuegos artificiales. Will me explica todo ese el rollo americano de las propinas y me enseña a hacer los cálculos. 
Después vamos a tomar una copa a Savoy, uno de los pocos bares gays que pueden estar abiertos un lunes. Hay poca gente, pero no nos importa. Solo queremos charlar y tomar algo antes de irnos a dormir. Es un lugar pequeño, bastante oscuro. Con una barra en medio y gente alrededor. Hoy, la clientela es tirando a mayor: un tipo con aspecto de cowboy, un grupo de cuarentones, un hombre con un parche en el ojo. Alguna mujer. Los únicos más jóvenes que nosotros, son los chicos que bailan en ropa interior sobre tres plataformas. Llevan metidos en el tanga por los lados billetes de un dólar que  los clientes les pueden poner como premio a su belleza. Ni a Will ni a mí nos parecen guapos. Y ni siquiera tienen cuerpos bonitos. De uno de ellos, dudamos si es mayor o menor de edad. Uno que no sabe bailar.
Parece que la crisis ha llegado hasta los bares de ambiente digo.
Es lunes. Seguro que los dólares de ese chico, se los ha puesto su madre añade Will.
De pronto, un hombre se nos acerca y le dice a Will: "Check your Grindr".
Grindr es una aplicación para móviles que permite enviar mensajes a los chicos homosexuales que tengas a tu alrededor en ese momento. Will lee el mensaje:
"I got my patch on you". 
¿Qué es eso?
Es el hombre sin ojo. Dice que "no me quita el parche de encima".
Joder.
Creepy dice Will.
Y no se me ocurre una palabra mejor en castellano para expresarlo.
Al poco rato, nos cansamos de estar allí y decidimos marchar a casa, así que me levanto para pagar las bebidas. Will me recuerda que tengo que calcular la propina y dársela al camarero. A lo que yo respondo:
Pero, ¿se la tengo que dar o se la pongo en el tanga?

FLORIDA:

5 de junio de 2012

FLORIDA: Inmigración

Aunque en el vídeo de American Airlines todo el personal de seguridad sonríe y es amable, lo que en realidad me encuentro en el control de aduanas es un tío con cara de perro que me dice que mi pasaporte está caducado y que no puedo entrar en los Estados Unidos. Estoy en el aeropuerto de Miami y casi se me para el corazón.

MULA
He tenido que rellenar en el avión un impreso en el que declaraba no traer frutas, legumbres, plantas, alimentos ni semillas. Tampoco ningún tipo de insecto. Ni carnes ni animales silvestres. Ni caracoles. Me lo ha dado un tipo con barba de  seguridad del aeropuerto de Barcelona. Otro cara de perro. Estaba haciendo cola para que la compañía emitiera mis billetes y de pronto me ha llevado aparte para interrogarme. Tenía acento norte-americano.
¿A dónde se dirige?
A Orlando.
¿Por qué motivo?
Vacaciones.
¿Por cuánto tiempo?
Una semana.
¿Cómo vuelve?
En avión.
Eso es lo que sucede por querer contestar demasiado deprisa.


El caraperro número uno ha detenido en seco su interrogatorio. Ha levantado la mirada del pasaporte. Desafiante. Como diciendo: "Cuidado, chaval. La seguridad de los Estados Unidos no es un juego, así que no te andes con gilipolleces". Pero, en realidad, no decía nada. Solo aguantaba la tensión del silencio.
Yo quería decirle que su pregunta estaba mal formulada y que si quería saber en qué aeropuerto hago escala a la vuelta, tendría que expresarlo de otra manera. Pero el tipo permanecía callado mirándome, así que le he dicho:
Escala en Nueva York.
Obviamente que vuelves en avión -ha insistido él.
Desde Nueva York.
Le pregunto por el recorrido.
Claro. Escala en Nueva York.
A la ida, no importa, porque es el mismo Estado. Pero, a la vuelta no veo ningún vuelo reservado.
En ese punto, he tenido serias dudas de que me estuviera escuchando, pero he insistido:
Hago escala en Nueva York.
Y sin volver a mirarme, me ha puesto una pegatina en el pasaporte, me ha entregado el formulario y me ha dejado marchar.
En el formulario me preguntaban si alguien había tocado mi maleta. Me preguntaban si había visitado una granja, un rancho o una pradera. Si había estado en las inmediaciones de ganado. Si llevaba más del equivalente a 10.000 dólares americanos. A todo he respondido que no. Por eso, no entiendo qué problema tiene el caraperro de aduanas y protección fronteriza del aeropuerto de Miami. Claro que llevo encima diez horas de vuelo y ya no sé ni qué hora es, ni dónde estoy, ni lo que me está diciendo en su inglés masticado de policía federal.  
Su pasaporte está caducado.
Yo solo quiero llegar a Orlando y que Will me dé un abrazo de bienvenida. 
He pasado ya un control y no ha habido ningún problema con el pasaporte -le digo.
Está caducado.
No, no lo está.
¿Es que eres un puto disco rayado?
Caduca en julio, el mes que viene. Y yo solo voy a estar una semana en Estados Unidos.
Deberías haberlo renovado antes de venir.
Cuando rellené el Electronic System for Travel Autorization puse la fecha de caducidad de mi pasaporte y me autorizaron la entrada al país -le digo mostrando el documento por el que tuve que pagar 14 dólares y nadie me está pidiendo.
Necesitas un pasaporte que por lo menos tenga vigencia durante seis meses para entrar a los Estados Unidos.
Escuche, vamos a ver... Yo me voy dentro de una semana, no necesito ni un mes ni seis. Me quedo en casa de un amigo. Por vacaciones. En Orlando. Me marcho el lunes que viene. No va a suponer ningún problema. Por favor.
El caraperro parece que se lo piensa. O busca una respuesta automática en su base de datos mental. Cada vez tengo más claro que no son humanos.
Finalmente, coge mi mano. Me toma las huellas dactilares y señalándome con un dedo, me advierte:
Tienes un mes para abandonar el país.
Y por fin me marcho, caminando deprisa, antes de que empiece la cuenta atrás. 
Tres horas después, en la terminal A del aeropuerto de Orlando, Will me da mi abrazo de bienvenida.

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3 de junio de 2012

FLORIDA: El caníbal de Miami

¿Tiene usted alguna enfermedad contagiosa? ¿Algún trastorno físico o mental? ¿Es usted un adicto o abusa de las drogas?
Era mi primer viaje a Estados Unidos. La segunda vez en mi vida que salía de Europa. La primera, que cruzaba el Atlántico. Habían pasado sólo unos días desde que Elise me había explicado el caso del caníbal de Miami. Todavía no podía dormir del tirón.


No tenía muy claro qué ropa no llevarme. Como cada vez. Si pudiera, teletransportaría en cada viaje mi armario entero. Pero, como de momento no se ha inventado nada que lo permita, me veía en la obligación de descartar algunas prendas de más. Yo no soy un materialista frívolo amante de la moda, ni siquiera tengo mucha ropa. Todo es culpa de mi madre. Me educó para ser desmesuradamente precavido. Así que decidí preguntar directamente a Will.
Ropa de verano. Hace mucho calor.
Ya lo sé. Pero, ¿y si refresca por la noche?
No.
¿Y si se levanta un viento frío?
No.
¿Y si llueve?
Imposible.
Pero... calor. ¿Qué es calor?
Calor es calor. No te traigas nada. Aquí está super super hot.
Will me llamaba Moves like Jagger porque era la única canción que me hacía bailar de verdad.
¿Alguna vez ha sido arrestado por tráfico de sustancias u otras actividades inmorales?
Hacía muchos años que no se escuchaba un caso de canibalismo. De hecho, no recordaba ningún antecedente similar en el momento en que Elise me lo explicó. Faltaba justo una semana para mi vuelo.
¿Has leído lo del caníbal de Miami?
¿Miami? ¿Seguro que ha sido en Miami?
¿Está buscando trabajo en Estados Unidos? ¿Ha sido deportado anteriormente de nuestro país?
Había sido en Miami. Un tipo le había devorado la cara a otro. A plena luz del día, en una carretera, ante los coches que pasaban y las cámaras de seguridad. Un tío completamente desnudo le había comido a otro la nariz, la boca, un ojo y el resto de la cara. Sólo le había quedado el mentón.
¿Alguna vez se ha visto involucrado en casos de espionaje, sabotaje, actividades terroristas o genocidio?
Hasta entonces Miami era popular por las mansiones de los famosos, sus playas, sus enormes centros comerciales y el sabor latino del South Beach. Pero aquella historia lo estropeó todo. Mientras doblaba tres bañadores dentro de mi maleta, me preguntaba si se trataba de drogas, una secta o una maldición vudú.
El papeleo lo guardaba a parte. El pasaporte. El carnet de identidad. Y aquel absurdo cuestionario que autorizaba mi entrada a los Estados Unidos. Repasé de nuevo las preguntas, no fuera que hubiera escrito un sí o un no donde no tocaba.
¿Estuvo usted involucrado, de alguna manera, en las persecuciones asociadas a los nazis alemanes y sus aliados durante los años 1933 y 1945?
Esos malditos yanquis querían saber si  había sido cómplice de crímenes que sucedieron cincuenta años antes de que yo naciera. ¿Y a mí quién me aseguraba que un norteamericano loco no iba a zamparse mi cara?
Elise me dijo que la policía le había disparado y ahora estaba muerto. Pero por alguna razón, aquello no me tranquilizaba.
Cerré la maleta, despacio y me senté a pensar un rato sobre ella.
Mi avión salía temprano por la mañana.

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23 de mayo de 2012

SCHOPENHAUER Y LA OPERACIÓN BIQUINI

Ayer fui al gimnasio a correr mis treinta minutos semanales y una mujer sentada en una bicicleta estática leía un libro titulado El sentido de la vida. Durante un rato valoré la posibilidad de que fuera tan solo una cubierta de papel encontrada por casualidad en algún rincón de su casa. Pensé que quizás ese título no correspondía en realidad con su interior y que simplemente lo estaba usando para proteger un valioso cómic de Esther o Candy Candy. Pero pasados los minutos, al no poder escapar y tener que seguir observándola por estar allí corriendo (valiente paradoja), descubrí que era efectivamente un libro de filosofía.


Mientras la supuesta intelectual pedaleaba con fuerza, yo buscaba un antecedente. He visto a gente leer sobre la bicicleta estática revistas de dietética, diarios gratuitos, panfletos publicitarios o historietas de superhéroes, pero jamás un libro. De repente, aquella mujer que se lamía la punta de los dedos para pasar de página, que hacía a las palabras esquivar las gotas de sudor de su frente, me obligaba a replanteármelo todo. Una imagen sacada de contexto, como el retrete de Marcel Duchamp en medio de un museo.

¿Qué significado tiene la existencia de alguien que ocupa su tiempo libre tratando de adelgazar unos kilos antes de que el verano le pille desprevenido? Aquella mujer y su libro me escupían a la cara lo absurdo de adelgazar sólo para obtener la aprobación de los que, aburridos, a mi alrededor en la playa busquen un michelín del que burlarse. Al fin y al cabo, todos moriremos. La libertad no existe. Dios y la felicidad son mentira y todo ese rollo.

Yo quería acercarme a la chica y preguntarle qué decía el libro. ¿De qué podía tratar con un título tan pretencioso? El contenido sólo podía decepcionar. Quería decirle que si yo publicara un libro titulado El sentido de la vida, dejaría cien páginas en blanco y en la última escribiría: “Lo siento”. Quería asaltarla y explicarle que yo me licencié en filosofía y que lo más útil que aprendí fue a deletrear Schopenhauer.

Aquella mujer es de las que estarían orgullosos mis compañeros de promoción de la Universidad de Barcelona entre los que, ya en aquellos años, se gestaba el 15-M, cuando ni siquiera existía un motivo para que se gestara (o existía pero no lo sabíamos). Y puede que ella no sea consciente, pero lo que hizo ayer en el gimnasio es lo que los indignados llaman una acción simbólica, similar a lo de ir a comer sentados en el suelo frente a las oficinas de La Caixa.

En la vida sufrimos o nos aburrimos, decía Schopenhauer. Lo que ocurre es que hay muchos tipos de sufrimiento. Algunos, como el dolor existencial que me provocó la supuesta atleta metafísica, son la mar de entretenidos. Ayer, mis anodinos treinta minutos de ejercicio cardiovascular se pasaron volando. Espero volver a encontrármela la semana que viene.

17 de mayo de 2012

WHAT YOU WISH FOR

"Todos tenemos algún nombre propio al que echar la culpa" (Al Desnudo, Chuck Palahniuk)




Por la disposición de la estancia, parece más un parque zoológico que la presentación de un libro. Los organizadores de la sala de conferencias de FNAC-TRIANGLE han decidido que hay demasiada gente, así que han quitado las sillas para que quepamos todos. De esta manera es como una masa de más de cien personas de pie se amontona armada de teléfonos de última generación para fotografiar al escritor Chuck Palahniuk. 

Me han enviado a cubrir el evento y ni siquiera estoy acreditado. Es mi primera vez. Así que he tenido que hacer cola en la calle con los fans durante una hora observando sus camisetas de Star Wars, Megadeth y Juego de Tronos. "¿Qué grupo toca?", preguntaban los transeúntes. "Un escritor", contestaba yo y les veía alejarse decepcionados. Nadie espera que haya gente tan loca como para perderse un Barça-Madrid por ver hablar a un tío que escribe libros.

En el zoo de la FNAC, tienen a Chuck expuesto sobre una tarima, iluminado con dos focos. Está sentado en un sofá junto a su traductora de español, con las piernas y los brazos cruzados, acariciando un ejemplar de su nueva novela Al Desnudo. Ni siquiera presta atención a las camisetas de Kill Bill y Extremoduro, como la estrella del parque que ya ni se fija en los visitantes que la observan. Me acuerdo de Copito de Nieve. Me pregunto si algún día Palahniuk acabará cagándose en la mano y lanzando la mierda a los lectores que le pregunten de dónde saca la inspiración.

A su derecha, de pie, apoyado contra la pared, Álex de la Iglesia espera su turno. Es el encargado de presentar al animal mediático de la tarde. Eso parece hacerle feliz: “No soy digno, yo soy como vosotros. He venido aquí también para escuchar hablar a este tipo de aspecto normal al que admiro”, dice. De la Iglesia insiste en querer acercarse emocionalmente a la gente común. Hoy lo tiene más fácil que otras veces. “Ninguno de nosotros parece real. Lo único que a estas alturas nos puede parecer real es un puñetazo. ¿Alguien se atreve?”, bromea el director. Los asistentes ríen. Nadie se acerca a golpearle.

Yo estoy atrás de todo. Ni con los seguidores ni los profesionales. Tras las camisetas de Blow up y Lehendakaris Muertos, un tío absurdo con una libreta sin saber qué escribir. Ese soy yo.

Palahniuk se muestra frágil y poco extravagante. Mide una a una sus palabras mientras nos habla de la muerte y del ridículo que hacemos al negarla. Explica anécdotas sobre el actor Edward Norton y el director David Fincher: “El verdadero club de la lucha sucedió entre ellos durante el rodaje de la película”, nos cuenta. 

Percibe cada pregunta como un reto intelectual. Escribe anotaciones hasta de las más breves y se toma su tiempo para responder. Sonríe. A veces tarda tanto que tiene que reírse y pedir un segundo para pensar. Quiere ordenar sus ideas como si fuera a escribir un relato en vez de ponerse a hablar. 

“En mi obra, todo es estructura, no hay más secretos”, le confiesa a un joven escritor. Quizás ahí reside también la clave de su forma de ser. Palahniuk es alguien agradable que escribe sobre lo desagradable. Un tipo con una camisa rosa pálido que nos dice: “Los libros son mejores que las películas porque en una película no puedes poner un mono metiéndole a alguien cacahuetes por el culo”. Es un señor al que le encanta el silencio. 

Un adolescente gordito, con gafas de pasta y voz temblorosa le dice con su camiseta de Sim City que leyó su libro y creó en su colegio un club de la lucha. Son esas pausas llenas de significado las que Palahniuk disfruta más, para después responder: “Por favor, no vuelvas pegarte con nadie”.

En la firma de ejemplares, dos días después, veo que ha perdido toda su humanidad. Se ha convertido en un robot repitiendo los mismos gestos como si nunca hubiera salido de la cadena de montaje de la fábrica de contenedores de Portland. Yo he comprado dos libros: el nuevo Al desnudo, por hacer la pelota, y un ejemplar de El club de la lucha, porque el que tengo en casa está firmado por mí y no quiero hacer el ridículo. Pero al final nos dicen que sólo firmará un ejemplar por persona, así que paso del peloteo y dejo salir al fan escondido. 

Quiero darle las gracias por sus libros le digo en inglés.
Gracias a ti por la espera responde.
Eres una gran inspiración para mí.
Ten cuidado con lo que deseas me contesta sin ni siquiera mirarme.

Me devuelve el libro firmado y le doy las gracias otra vez. "Be careful what you wish for". Creo que con esa frase acaba de resumir mi vida. Aunque, probablemente, se refería a la suya.