10 de marzo de 2009

UN AÑO

"No importa lo que pase mañana o el resto de mi vida. Ahora soy feliz porque te quiero" (Bill Murray, Atrapado en el Tiempo)

Hace un año que estabas sentadito en tu maleta con cara de frío. Yo llegaba tarde a recogerte. Llovía un poco. Te llevé en autobús a casa. Teníamos todo Glasgow por delante. Un año. Por un lado, lo veo lejos por todas las cosas que han pasado después. Tantas cosas buenas. Por otro, me parece cercano porque sigo sintiendo las mismas cosquillas en el estómago cuando cojo una avión para ir a verte o te voy a buscar a la estación del Ave. La misma emoción cuando te veo. La misma sonrisa cuando hablo de ti. Nunca un año fue tan corto pero tan lleno; tan grande, tan bonito. Estoy muy contento de seguir adelante con tanta ilusión, a pesar de la distancia. Porque me pesa: cuando me falta tu mirada, tu piel, tu pálpito o el sonido de tu risa. Parezco tonto añorando detalles de poeta adolescente, pero es lo que más echo de menos. Nuestras bromas en directo. Nuestras voces. Nuestros juegos. La intimidad. Solos los dos, nuestros labios y el alma desnuda divagando de madrugada. A veces creo que miramos demasiado atrás: como si Glasgow fuese una estación que se aleja de nosotros inalcanzable al final de un túnel. No olvidemos que todavía estamos aquí. Que nos seguimos teniendo y que Glasgow fue la excusa. Gracias por este año maravilloso. Y gracias a todos los que me animan, me ayudan y me quieren y están ahí para darme consejos y acompañarme. Este post va dedicado a Álex, pero también a todas aquellas parejas que siguen las tonterías que escribo: Carlos y Sara, Noe y Miquel, Carles y Genís, Davinia y Jose, Jony y Marta, Sara y Davide y a todas las demás que quizás no se pasan tanto por aquí. Y a toda la gente que me quiere y a la que yo quiero. Me gustaría compartir con vosotros todo lo que este año ha significado porque todos habéis sido importantes en él también. Con vuestro apoyo y vuestro ejemplo. A todos, gracias. Nos vemos pronto.

2 de marzo de 2009

¡COÑO, PEPE!


¡Coño, Pepe! Me he enterado de lo tuyo, nene. ¡Qué disgusto! No esperaba esto de ti, mariconazo. Tú que tenías cuerda para tanto, caña para tantos y tanto humor todavía. Voy a echar de menos tu carcajada, tu verborrea, tus palabrotas, tu camisa negra, tus onomatopeyas. Recuerdo verte en directo de adolescente y quedar fascinado por tu personalidad, tu punto de vista, tu energía. Una fuente inagotable de buenas vibraciones, de generosidad, de chistes sin fin. Verte, Pepe, era no querer marcharse nunca. No he tenido el placer de conocerte y, sin embargo, te quiero. Y que conste que no es habitual en mí eso de querer a quienes no me conocen. Pero tú destilabas amor en cada discurso y cada taco estaba lleno de carisma. Por eso, Pepe, me ha dolido sinceramente. He sentido mucha pena. Pero no por ti que seguro sigues disfrutando a tu manera de una mulata y un paquete de Ducados; he sentido mucha pena por nosotros que nos quedamos huérfanos de Rubianes. El mundo hoy es peor, sin duda. Personas como tú son necesarias. ¡Coño, Pepe! ¿Por qué? Si todavía tenías tanto que decirnos. Me quedo con ganas de más, Pepe. No me resigno. Seguiré pensando que voy a volver a verte pronto en televisión o en el teatro o me voy a cruzar contigo por la calle Tallers, como otras veces. Mientras tú sigue a lo tuyo: volando libre, como hasta ahora. No te canses de reír. Y saluda a Eugenio de mi parte. Con todo el cariño, Pepe. Hasta siempre, Rubianes. Solamente.

24 de febrero de 2009

EGOLATRÍA

Creo que soy una persona especial y puedo vivir mi vida como me da la gana. 
Me gusta ser el centro de atención. 
Soy joven y mi generación es la más narcisista de la historia social contemporánea. 
No sé quiénes son los baby boomer. 
No conozco a la genereción X. 
Yo puedo. 
Yo soy. 
Yo tengo. 
Yo hago. 
Me cuesta crear vínculos emotivos pero el messenger, myspace y el chat me ayudan a relacionarme. 
No me canso de hacerme fotos con el móvil. Podéis verlas en mi fotolog. Es mi diario. 
Pierdo el control si me siento rechazado. 
Me aburre la televisión. 
No soporto la publicidad tradicional, pero si un anuncio me hace gracia lo miro en youtube, lo comparto en facebook y repito sus frases con mis amigos. 
Me gusta contar mis vivencias, pero no de manera oral sino a través de un blog; me permite ampliar su difusión y perpetuarla. 
Consumo mucha más cultura que mis padres, pero no entiendo que tenga propietarios. 
Creo que puedo cambiar el mundo mandando e-mails a todos mis contactos. 
Voy al gimnasio. 
Llevo calzoncillos de marca. 
Me depilo. 
Me peso dos veces al día. 
No entiendo a mis padres. 
La mala educación me parece divertida. 
Me emborracho los fines de semana en el botellón. 
Soy auténtico. 
Soy sincero.

17 de febrero de 2009

EL PARADO NÚMERO 2.990.001

GLOBOMEDIA

Ayer fui al Inem con un amigo que prefiere permanecer en el anonimato. Para facilitar la narración me referiré a él como Chándal. Con su coche de segunda mano lleno del polvo de las calles del barrio, patatas fritas bajos los frenos, una botella de güisqui en el maletero, me recoge quince minutos tarde. Chándal conduce como si hubiera nacido dentro de un coche. Como un taxista, tiene el aspecto de nunca haberse movido de ahí. Chándal era transportista hasta que su empresa quebró y se quedó en el paro. Chándal viene sin afeitar, igual que yo. Chándal y yo, los dos en chándal, ya que después iremos al gimnasio para pasar la mañana.

En el Inem nos dan un número. Chándal, que parece saber mucho de esto, me dice que por lo menos tardarán una hora en llamarme así que miramos algunas ofertas de trabajo, algunos cursillos ridículos y nos vamos a desayunar a un bar. Café con leche, bocadillo de salchichas. Nuestro aspecto es lamentable. Hablamos de cuando éramos niños. De cuando íbamos al instituto. Chándal cree que nunca se había imaginado acabar así de adulto. Entre risas, estoy de acuerdo. La camarera nos pregunta si vamos al Inem. Lleva delantal, los ojos mal pintados. Patas de gallo, ojeras. Nos desea suerte. Resulta patético despertar su compasión.

Entrego mis papeles con ese aire "soy demasiado bueno para esto" y me convierto en el parado 2.990.001 aproximadamente. Me hubiera hecho ilusión ser el parado tres millones. No ha podido ser. Volvemos al coche: música de Andy y Lucas, Kiko y Sara, Estopa y Melendi en el breve recorrido. Aparcamos lejos del gimnasio. Queda más lejos el coche del gimnasio que el gimnasio de mi casa. Chándal lleva un pantalón corto de deporte debajo del pantalón de chándal largo. Yo ni siquiera me cambio. El gimnasio está lleno de jubilados. Después de cincuenta minutos de pajareo nos vamos a casa. En el camino de regreso ya casi ni hablamos. Estamos cansados. Sólo una frase corta: "Mañana a la misma hora", me dice Chándal. Subo las escaleras de casa andando, el ascensor no funciona, mientras una pregunta me ronda la cabeza. Lo que una amiga me preguntó cuando le conté que estaba en paro: "¿Y eso es bueno o malo?".

4 de febrero de 2009

LA SOCIEDAD DEL MIEDO

"De lo que tengo miedo es de tu miedo" (William Shakespeare)


Ya no eres un niño pero sigues teniendo miedo. El miedo de adulto es mucho peor. Ya no tienes los trucos, los juegos, los mayores que te protegen de todo. Ahora tienes que protegerte a ti mismo y nadie te ha enseñado a hacerlo. Puedes dedicar tu vida a proteger a los demás y olvidarte de tu miedo o puedes afrontarlo cara a cara. Pero aunque el miedo tiene muchas formas, en realidad no tiene rostro; sólo el tuyo propio. 

Tienes miedo de crecer y miedo del paso del tiempo. Miedo de madurar, miedo del miedo y de la muerte. Un día, cenando con unos amigos, habláis del facebook. Al parecer, una joven ha desaparecido en alguna parte. Al parecer, se sospecha que pueda haber sido brutalmente violada y asesinada. Se dice, se comenta, que los asesinos estaban al corriente de todos sus movimientos a través de sus fotos y sus mensajes en facebook. Dónde iba. Con quién quedaba. Qué hacía, qué días y a qué horas. Miedo al facebook. 

Dejas de usar facebook. Borras todo tu pefil. Eliminas todas tus fotos, especialmente las de tu pequeño sobrino; vete a saber lo que puede llegar a hacer cierta gentuza con las imágenes de un niño. De paso, dejas de conectarte al messenger. Internet. Cancelas todos tus blogs, tus espacios. Y dejas de enterarte de cuándo quedan tus amigos. Ya no te invitan a las fiestas. No tienes móvil por miedo a los tumores cerebrales. Nadie se pone en contacto contigo. Pero no importa, ahora tienes más tiempo para ver televisión. 

Al cabo de una semana has vendido a tu perro. Ya no te miraba como antes. Tenía algo en los ojos que te decía que iba a volverse loco, saltar a tu cuello de repente y morderte la yugular hasta la muerte. No dejas que tu abuela abra la puerta a nadie. Cualquier amable señora puede ser una envenenadora, una asesina que sólo quiere robar todo el dinero que tengas debajo del colchón. Y por supuesto, ya no compras carne de vaca, ni menos aún de pollo pues ya presentías los primeros síntomas de fiebre de la pandemia china. Tu casa tiene dos cerrojos; estás pensando en poner una alarma. Cualquier día entran y te desvalijan sin que ni siquiera te despiertes. Ahora que has sacado todo tu dinero del banco por miedo a que quiebre y pierdas todos tus ahorros, hay que tener más cuidado. Al cabo de un mes, ya no enciendes la televisión. Ya no sales a la calle. Ves en cada rostro extranjero al hombre del saco. En cada mujer, una arpía. Cada callejón oscuro es la boca del lobo. La chica desaparecida no estaba muerta. Se había escapado y tenía miedo de volver porque creía que la iban a castigar. Tú ya no te enteras de eso, porque ya ni siquiera sales de tu habitación. Por miedo.

31 de enero de 2009

EL ÚLTIMO EXAMEN DE LA CARRERA


Lo hice el miércoles pasado. No sabía que era el último. No lo disfruté. Es una mierda hacer algo por última vez sin saber que es la última vez. Lo haces como si cualquier cosa. Yo creía que era un examen más y luego estuve pensando y me di cuenta de que sólo me quedan tres asignaturas y que lo único que tengo que hacer es entregar un trabajo para cada una. Eso quiere decir que si apruebo todo, no haré más exámenes de filosofía. Tres trabajos me separan de la licenciatura. ¡Tres! ¡Crisis! ¡No estoy preparado! ¡No puedo terminar todavía! Hay tantos filósofos que no conozco y tantas cosas que no sé... y en unos meses seré licenciado. Se supone que tengo que saberlo todo sobre filosofía y me falta mucho, muchísimo. Terminar los exámenes es un gran alivio, una liberación; terminar la carrera es un vacío en el estómago, es vértigo, miedo, mareo, incertidumbre, cagalera fina. Hoy que ya no tengo que estudiar más que lo que me apetezca, miro y veo más allá de mis apuntes y me encuentro rodeado de desorden. No sé si a vosotros os pasa, pero yo mientras estoy de exámenes padezco síndrome de Diógenes. Acumulo cosas a mi alrededor hasta que la mesa desaparece. No encuentro nada. Tengo ropa por el suelo y mi habitación se convierte en un vertedero infecto con mi cotidianidad amontonada. Es lamentable. Afortunadamente, mi hermana se ha encargado estos días del resto de la casa y hemos podido sobrevivir. Acabar la carrera tan de repente supone también esa mirada alrededor. Mi vida es de igual manera una acumulación de cosas desordenadas. Tengo que limpiar, tirar algunas, otras guardarlas y a otras buscarle su sitio. Va a ser un paso adelante, un salto al vacío de la boca de mi estómago. Un nuevo comienzo. El último examen de mi carrera ha sido largo. Ha sido sencillo. Ha sido uno más. Si hubiera sido consciente de que era el último, no sé si lo hubiera vivido diferente. Pero la verdad es que no tiene ninguna importancia ese examen. Es sólo una manía mía de agarrarme a los momentos y no querer que se escapen. Ahí voló mi último examen y ni me enteré. Me lo tomaré como el inicio de un camino en el que las cosas simplemente suceden. O bien, lo habré suspendido y todo este post no habrá servido para nada.

25 de enero de 2009

EL VALOR DE LA REALIDAD

"Odio la realidad, pero es en el único sitio donde se puede comer un buen filete". (Woody Allen)


En el primer post que escribí en este blog, justo antes de huir al Reino Unido, decía que odiaba todo lo real. Que era preferible soñar, que la realidad no daba la talla. Supongo que por eso me iba. Había algo a mi alrededor que sentía que fallaba, así que cambié mi entorno para ver qué pasaba. Vivir en Glasgow fue una fantasía y como tal tuvo que acabarse. ¿Es por eso peor el ahora? ¿Por qué es más real? Las circunstancias que nos rodean son un espejo de nosotros mismos. A veces, aunque insistimos compulsivamente en cambiar lo que nos envuelve, el reflejo que vemos es siempre el mismo: ese nosotros tan anodino y doloroso. Sin embargo, hoy quiero apostar por la realidad. Quiero hacer las paces con ella de una vez, ya que es el único sitio en el que se puede ser realmente feliz. Y yo quiero ser feliz, finalmente, aquí y no en mis fantasías. ¿Soy un ingenuo? ¿Es imposible? Quizás sí. Pero esta vez me siento lleno de fuerza y optimismo para luchar por la realidad y no contra ella. Por una realidad digna, llena, que valga la pena. ¿La hay? Hoy creo que sí. Aunque sea en la ficción donde tenemos el control total (o la evasión total); aunque sea en las fantasías donde soy escritor, actor, dibujante, cómico, filósofo y superman y todo lo que quiera. Aunque en la realidad sólo sea yo. Quizás eso no sea poco, aunque sienta que no soy nada (nihilántropo yo). La realidad tan imperfecta, tan injusta, tan barroca, es el único lugar en el que mis proyectos pueden realizarse, en el que mis labios se encuentran con tus labios, mis dedos con tu espalda. La realidad, ese lugar tan valioso en el que vivo, crezco, amo, lloro, siento, veo, huelo, río, me emociono. En ese sentido, ninguna fantasía podría estar a la altura.

12 de enero de 2009

SILENCE: Exams in progress

"De vez en cuando se aprende algo, pero se olvida el día entero" (Arthur Schopenhauer)


En vez de estudiar me he dedicado a buscar una buena frase y una imagen chula para el blog, ya que no he escrito nada desde el 2008. Pero ahora que ya llevo un rato mareando el teclado, siento que debería estar estudiando en vez de perder el tiempo. Es curioso que las cosas que más nos gusta hacer, en época de exámenes sean pérdidas de tiempo. El estudio se lleva el monopolio de todas mis horas, ¡menudo cacique!
Me estoy exigiendo demasiado. Estoy bloqueado. Mi cerebro es una esponja empapada en una sopa de letras tratando de poner orden. Me retuerzo en el sofá como un boniato seco. No quiero estudiar. Simplemente, no quiero. Éste es mi último año de carrera. Eso implica una presión infinita. No me permito ningún suspenso. No me gustan las asignaturas que me quedan. ¿Sabéis lo que es estudiar una asignatura que detestas? Es como tener que memorizar la guía de teléfonos.
Quisiera que el sofá me absorviera. Pasar a ser uno de sus cojines, mis partículas entrelazadas con las suyas. Quisiera que mi mente se disolviera en la atmósfera con el calor de mi estufa eléctrica. Sufro una siesta pesada. Como dormir dentro de un tanque de agua caliente, con altavoces emitiendo heavy metal desde el fondo. Un pensamiento atrofiado como cualquier otro.
En la televisión, un hombre absurdo trata de batir el récord mundial de ponerse el mayor número de calzoncillos posibles. Por algún extraño motivo, me reconforta. Pienso en el futuro. No tengo ni la más remota idea de lo que será de mi vida el año que viene. El patético hombrecillo pierde el conocimiento por la presión que los centenares de calzoncillos ejercen sobre sus partes. No puede respirar. Los servicios médicos le atienden en directo. Eso me hace recordar un viejo chiste. Debería haber pensado antes que todos esos calzoncillos podían matarle de asfixia. Alguien podría habérselo dicho aunque, al fin y al cabo, era su vida la que estaba en juego. Supongo que en algún momento le pareció una buena idea. Finalmente, sobrevive.
Sigo sin querer estudiar. No me apetece lo más mínimo. Pero tengo que hacerlo. Es lo que he elegido. Es lo que elijo. Voy a estudiar porque llegados a este punto es lo que mejor idea me parece. Es hora de preocuparme de mis propios calzoncillos.