29 de noviembre de 2008
23 de noviembre de 2008
LOS SUEÑOS DE OCCIDENTE (Street)
Que me consuela de verdad una fantasía. Que te llamo desde Glasgow y me dices que vendrás. Que escribo poemas con los pies y con la cabeza pienso nubes de colores. Que la casa se limpia sola. Que no me siento obligado a hacer las cosas, ni veo lo prohibido en todo aquello de lo que me privo. Que sé lo que me asusta cuando temo. Que Madrid está a dos paradas de metro. Que el dinero no se acaba y no hace falta ahorrar para cuando me quede sin trabajo. Que leo en el tarot todo lo que no aprendo de la vida. Que no he vuelto todavía y todos me echan de menos. Que no, nen, que no... que no me preguntan cómo estoy. Que no me escondo detrás de un chiste, una pereza, una rebeldía y doy la cara por quien de verdad soy. Que la locura del mundo no deja ese regusto tan amargo. Que no quiero la perfección, ni existe, ni me importa. Que mi tiempo no es las sobras del tiempo que les sobra a las responsabilidades que yo he elegido asumir. Que puedo volar por encima de la gente, hacerme invisible en vez de ponerme colorado y estar presente junto a aquellos que me quieren. En cuerpo y alma, aquí y ahora. Que el presente es cualquier otra cosa menos hoy. Que los domingos son el clímax de la semana... en vez de esto. Que soy el niño que se sienta en el suelo frente al televisor a ver películas antiguas de trompazos y río tan limpiamente y como galletas con leche y Nesquick. Que reciclo mis recuerdos y puedo vivirlos otra vez como si fueran nuevos. Que entiendo a los demás y los demás a mí. Que soy rápido como el viento. Que soy yo lo más importante de mi vida y actúo en consecuencia. Que mi padre me dice que está orgulloso de mí; que mi madre me da su aprobación en vez de corregirme tanto; que me preguntan por Álex alguna vez. Que es barato el piso de mis sueños. Que obtengo todo lo que me propongo, que me propongo todo lo que de verdad deseo. Que tengo siempre cerca tus labios y tus manos.
16 de noviembre de 2008
HAIR
Generalmente, nadie está contento con lo que tiene. Los gordos quieren ser flacos y los flacos, gordos y los bajos, altos y los altos, no tan altos y los morenos se tiñen de rubio y los rubios, de moreno. Y yo, generalmente, pues como todo el mundo. Hablemos de lo superficial. Dejemos a un lado las insatisfacciones del alma y su amplio abanico de descontentos. Yo no estoy contento con mi pelo. Es demasiado rizado. (Risas) De acuerdo que es diferente y llama la atención y que nunca me quedaré calvo, pero me siento limitado. Apenas me da opciones de cambio. De acuerdo que me ha dado dinero, pero se acabó... Desde hoy empieza la cuenta atrás.
Se me había pasado por la cabeza muchas veces, pero nunca me lo planteé como una posibilidad real. Pero ahora sí. Ya lo tengo decidido y os advierto que cuando se me mete algo entre ceja y ceja soy más tozudo que una mula. Por algo soy descendiente de los Mula de Murcia. Voy a alisarme el pelo. (Risas) Va en serio. (Más risas) Gracias a los nuevos avances de las técnicas estilísticas voy a cumplir una de mis más banales fantasías. Y no temo a los escépticos, ni a los que se autodefinen como sinceros y no dejan de opinarme en contra. Como cuando iba por ahí con mi borla afro sobre la cabeza y sinceramente me decían: "¿Por qué llevas ese ridículo peinado?". Hablando de lo superficial, debería importarme poco todo eso. Pero la verdad es que dentro de la petardez del post y la ingenuidad de mi propuesta... pues me hace ilusión, la verdad. Me siento como un adolescente. Es cosa mía. Me alisaré el pelo, ¡lo conseguiré! (Risas) Y pondré las fotos en este mismo blog. Pronto, muy pronto, más pronto de lo que pensáis, tendré el pelo liso. ¿Os apostáis algo? (Aplausos)
6 de noviembre de 2008
VUELVEN LOS NOVENTA
Empecé a sospechar cuando volvieron a las parrillas televisivas programas como La Ruleta de la Fortuna, Humor Amarillo o Pressing Catch y se aceptó con naturalidad; así como la puesta al día de Sensación de Vivir con algunas de sus actrices originales y los rumores del retorno de Melrose Place. Más tarde, descubrí que varios de los niños con los que realizo actividades por los colegios lucen tan normalmente peinados a capa en plan orinal que yo creía tan pasados de moda. Pero cuando fui de compras esta semana ya lo vi claro: chaquetas con capucha de pelo esquimal, gafas de sol estilo Reservoir Dogs y pantalones de colores. No hay duda: ¡vuelven los noventa!
Que no nos extrañe. Ya se nos había avisado con la reaparición de las Spice Girls y los Backstreet Boys que yo por lo menos consideraba muertos y enterrados. Pero como ya aprendimos de Melrose Place: que alguien muera no quiere decir que no siga en la serie (ni aunque lo entierren). Así que asumámoslo, vamos asistir proximamente por las calles de nuestras ciudades a un desfile de vaqueros rotos, camisas de cuadros (o peor: de flores), zapatillas deportivas de goma y colores estrambóticos (o con luces en la parte de atrás) y pantalones de cintura alta. Es el ciclo natural. No nos creamos que los ochenta volvieron porque molaban mucho; es una cuestión de distancia y morriña. Hace ya casi diez años que acabaron los noventa, así que ya toca porque, aunque no nos guste, hay muchas cosas que echamos de menos de entonces: sí, estuvimos allí y lo vivimos.
Pero en vez de asistir a la resurrección de la última década del siglo XX con resignación, afrontemos lo inevitable, aceptémoslo y disfrutemos. Y sobretodo, seamos listos: elijamos. No tiene que volver todo. Hagamos una lista, como la de los reyes. ¿Qué os parece? Yo, por ejemplo, me pido que los niños vuelvan a jugar a los "tazos", a la Game Boy o la Game Gear, al "Tragabolas"; que coleccionen "Tois", Micro-Machines y que lean "¿Dónde está Wally?". Me pido que las niñas peinen trolls de pelos de punta de colores psicodélicos y pequeños pony; que lleven en el bolso a las Polly-Pocket y del cuello les cuelgue un pequeño chupete de plástico. Y, sobretodo, me pido que jueguen todos a la Super-Nintendo. Pero no me pido, por favor, que beban Cherry Coke o Tang, que laman uno de esos Push-Pop asquerosos, que tengan Tamagochi y les gusten los Pokemon, los Power Rangers o "Agujetas de Color de Rosa".
Me pido a Cobi y el ambiente de las Olimpiadas de Barcelona al ritmo de Lambada, el guitarreo de Nirvana o los contoneos de "Sopa de Caracol". Me pido a las "Mama-Chicho", las "Cacao-Maravillao", las chicas "Chin-Chin". Me pido a Jesús Gil presentando desde un jacuzzi y "Al Ataque" y los trompazos de "Vídeos de Primera". Me pido a Emilio Aragón con bambas blancas y smoking en "El Juego de la Oca". A Carmen Sevilla en zapatillas en el "Telecupón". Y reírme con "Farmacia de Guardia" o "Lleno, por favor". Me pido a "Pinky y Cerebro", "Cosas de Casa", "El Príncipe de Bel-Air" y "Salvados por la Campana" (aunque por culpa de Scritch se metían conmigo). Pero no pido (que no vuelvan por Dios) la ruta del Bakalao, Paco Pil, Chimo Bayo, las chaquetas Alfa-Industrial, la música máquina y los Bombazo-Mix. No nos hagáis pasar por todo eso otra vez, lo suplico.
Hasta aquí mi lista del irremediable regreso de los noventa. Esto es lo que yo me pido. ¿Y vosotros que os pedís?
31 de octubre de 2008
27 de octubre de 2008
GAZTAMBIDE PLACE
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| STEVE MORRIS |
El chico de los rizos ve en la televisión del tren una película que no le interesa. Está impaciente. El chico de los ojos grandes se agobia de las aglomeraciones en el metro. Se nota nervioso. Siente lo mismo cada vez que vuelven a verse. El chico de los rizos que nunca tuvo una habitación cuando era pequeño se duerme en su asiento y se pierde el final de la película que no le interesa. Se despierta intrigado y no se atreve a preguntar a nadie, aunque le gustaría. El chico de los ojos grandes que de pequeño jugaba al "Un, dos, tres" en una urbanización de Alicante no encuentra la puerta donde debe esperar al chico de los rizos. El chico de los rizos llega y va a su encuentro. Se besan. Sin perder un minuto, se acercan a un piso de estudiantes antiguo de la calle Gaztambide donde el chico de los ojos grandes que de pequeño visitó el plató de "Médico de familia" vive hace años.
Aprovechan al máximo todo el tiempo que están juntos. Los días pasan como un suspiro. Cuando el chico de los rizos que de pequeño veía películas de trompazos se despide en la estación de trenes del chico de los ojos grandes, no tiene ninguna duda de lo que siente. En el tren vuelve a perderse el final de una película que no le interesa, pero esta vez piensa bajársela de internet. El chico de los ojos grandes que de pequeño nunca se perdía "Melrose Place" ya está en su casa de la calle Gaztambide echando de menos al chico de los rizos. Le quiere y lo sabe. Y sin embargo, siente miedo. Cuanto más enamorado está del chico de los rizos, más miedo siente. Mientras que el chico de los rizos que cada vez está más enamorado del chico de los ojos grandes tiene miedo del miedo que pueda sentir su amado. No sabe si es su propio miedo proyectado afuera, pero no quiere escucharlo porque considera que no tiene importancia. El chico de los ojos grandes tampoco escucha su miedo. Lo considera estúpido y molesto. Les parece tan insignificante que ni siquiera lo llaman miedo. Pero ahí está. El chico de los rizos que de pequeño jugaba a imitar a Peter Sellers llega a su casa de Barcelona. Deja sus cosas, se pone el pijama, se mete en su cama. El chico de los ojos grandes se mete en su cama en su casa de la calle Gaztambide. Se intercambian mensajes con el teléfono móvil. Desean estar juntos. El chico de los rizos y el chico de los ojos grandes se duermen soñando en la próxima vez que vuelvan a verse.
22 de octubre de 2008
19 de octubre de 2008
MI HABITACIÓN
"Mis problemas, mi celda, mi prisión; mi lucha, mi ilusión; mi perdición. Una puerta, una cama y un colchón. En mi habitación..." (Antonio Flores, Mi habitación)
Ha tardado bastante. Concretamente, veintiséis años. Y es que yo nunca había tenido habitación propia hasta ahora. Cuando nací, dormía en una cuna al lado de la cama de mis padres. Después esa cuna fue trasladada a la habitación de mi hermana. Y allí estuve bastante tiempo. Por problemas económicos, tardé bastante en tener una cama. A mi madre no le gusta que lo cuente, pero recuerdo cómo mi cabeza chocaba contra los hierros del cabezal de la cuna cuando estiraba los pies apoyados en los hierros de abajo. Así iba midiendo mi crecimiento. Afortunadamente, mi padre consiguió un trabajo mejor y no tuve que pasarme toda la vida en la cuna. Con los primeros buenos sueldos compraron una habitación doble. Así compartí la habitación con mi hermana hasta la adolescencia, rodeado de posters de Luke Perry y Brad Pitt desnudo (me autocensuro un chiste). Pero ya en el instituto se empieza a necesitar cierta intimidad, así que por el bien de ambos, me instalé en la salita de la entrada que hasta entonces había sido el cuarto de invitados. Me convertí en un invitado en mi propia casa. Intenté transformarlo en mi habitación llenándolo con mis cosas y colgando posters de Hitchcock y Jim Carrey, pero ahí estaban los libros de la II Guerra Mundial y las novelas de aventuras de Emilio Salgari que nada tenían que ver conmigo. Años después, me fui a Glasgow y esa es ahora la habitación de mi abuela.
Hoy, por fin, tengo mi propio cuarto. Mi habitación. ¡Mía, mía! Hecha para mí, a mi gusto y medida. Y es maravilloso. ¡Soy muy feliz! Tengo mi espacio para escribir, dormir, trabajar, dibujar y lo que quiera. Tengo un armario enorme para mí solito. Y mi ventana. Mi escritorio. Y una silla con ruedas para dar vueltas. Cuando mi tío por fin llamó desde su tienda de muebles para avisar que ya los iban a traer, no me lo podía creer. ¡Qué sensación! Después de tanto tiempo... Es verdad que en Glasgow tenía mi pisito, mi cuarto y mi espacio, pero es de agradecer tenerlo también sin necesidad de marcharse del país. Con todos tus amigos cerca. Con los papás y la yaya a dos calles. Compartiendo piso con tu hermana. Porque la vida puede ser una experiencia plena y satisfactoria, ahora sólo quiero que venga Álex a dormir la siesta sobre mi pecho en el nuevo colchón de latex. Es como dormir en una nube... Y con eso, ya lo tendré todo. ¿Qué más podría pedir?
12 de octubre de 2008
ANODINIA
Aquella mañana, el metro seguía lleno de caraculos pero ya no me importaba. Nada había cambiado: yo sí. Algo es algo. Cuando algo cambia en ti, parece que todo a tu alrededor también cambia; aunque siga igual. Había cogido el diario Qué!, probablemente el peor periódico imaginable (lo cual tiene su mérito), y paseaba la mirada por escandalosos titulares; me hacía sonreir o eso creía. ¿Os ha pasado alguna vez que creéis estar sonriendo cuando en realidad estáis serios? La odiosa ventana reflejó mi boca inexpresiva y aparté la mirada por miedo a la esquizofrenia. Pensé que a lo mejor seguía durmiendo entre mis sábanas calientes. Pero no. Fue una falsa sonrisa; una sonrisa interna en un ambiente hostil. Entonces pensé que quizás todas esas personas estaban sonriendo igual que yo, sólo que desde fuera no se veía. El metro llegó a mi parada y pude dejar de pensar antes de volverme loco del todo.
Llevaba una semana ejerciendo de educador ambiental, como rezaba mi acreditación. Ya era hora, después de estar semanas repartiendo panfletos ecológicos, contenedores de pilas o packs de prevención por los comercios. Empezaba a no creerme lo que ponía debajo de mi nombre (mal escrito, por cierto). Pero sí. Ya tenía niños a mi cargo. Mi tarea: jugar con ellos y que aprendan valores ecológicos sin que se den cuenta. Explicar un cuento a los más pequeños. Jugar al "Eco-joc de l'Oca" o al "Eco-Trivial" con los de primaria. Iba funcionando. Los días pasaban muy rápido. Los niños se divertían y uno se sentía útil. Seguía sin gustarme levantarme a las seis de la mañana, y menos aún tener que ir a la universidad después del trabajo, pero por lo menos parecía que todo tenía su razón de ser. Vivía la rutina sin esa angustia de días anteriores. Sin dolor.
Ya había trabajado con niños antes. Pueden ser odiosos. Pueden lograr que te entren ganas de estrangularlos a cambio de un poco de atención. Pero también te aportan muchísimas cosas. Esta vez, estar con un grupo diferente cada día me permitía recibir a cada clase con frescura y no me daba tiempo a odiar a ninguno. Todo resultaba mucho más ideal. Además, puestos a odiar prefería odiar a los adultos; a los caraculo del metro o a los infelices como yo que no conseguían sonreir ni cuando les apetecía.
Un día llamó mi tío a casa con una buena noticia. Llevaba mucho tiempo esperando. Llamó y habló con mi madre. Cuando mi madre me lo dijo, por fin, sonreí. No tuve que mirarme al espejo para saber que era una sonrisa auténtica. Ni al día siguiente, en el metro a las siete de la mañana, cuando pasábamos por los túneles. De oreja a oreja. No tenía ninguna duda.
Continuará.
ANODINIA- Ausencia de dolor.
(Nada que ver con "anodino" como yo creía cuando se lo robé de un lapsus a alguien a quien quiero mucho. Conste aquí el juego de palabras)
8 de octubre de 2008
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