La verdad es que, quede entre nosotros, la época de exámenes es más un estado de desidia que de estrés y responsabilidad. Yo no sé como se lo montan los estudiantes que pasan horas y horas en la biblioteca; no sé si realmente están allí todas esas horas estudiando o se pierden por las musarañas como me ocurre a mí. La verdad es que, en mi caso, paso más tiempo aburrido que preocupado. Allí estoy yo, con los apuntes delante, los brazos cruzados pensando en playas, escenarios o personas. Las letras cobran vida y batallan como hormigas entre ellas, usando los acentos como lanzas mortíferas y los puntos como balas de cañón que las "o" disparan. Una "t" es una espada, una "j" es una pistola disparando un perdigón, una "z", unos luchacos... y ya han pasado dos horas.
Un día aprendí que sentirse culpable no aporta gran cosa a la propia existencia, así que me propuse dejar de hacerlo. No es fácil y corres el riesgo de convertirte en un psicópata frío al que nada le importa, lo cual es desalentador y poco humano; pero para trivialidades como salir por la noche en época de exámenes o pasar la tarde en el sofá sin levantar un libro, es útil y te ahorras lloriqueos. Y eso hago. Invierto no más que el tiempo necesario en preparar cada examen y el resto de horas procuro dedicarme a actividades más estimulantes como ver una película o rascarme una nalga.
En época de exámenes, además, pienso mucho, más de la cuenta. Y aunque parezca una contradicción (no lo es), pensar me hace sentir muchas cosas. Así que me pongo más melancólico, más chistoso, más sensible, más tierno o, en definitiva, más emocional. Todo me afecta más (o diferente) y, por ejemplo ahora, tengo mucho más presente mi vuelta a España y la falta de mis compañeros ya regresados a sus países. Y la ausencia de Elisa, la última en marcharse, a la que añoro infinito por su gracia, su ternura y su compañía. Me hacía reír con humildad, soñar con fuerza y disfrutar con soltura. Espero volver a verla pronto.
Ahora tengo que ponerme a estudiar un poco (sólo un poco, de verdad). Os dejo una encuesta a la derecha de la pantalla para que os posicionéis sobre mi regreso. Sin duda, no es más que el fruto de esta etapa de mi erasmus en la que cualquier actividad tonta es preferible que ponerse a estudiar; incluso inventar encuestas tan chistosamente melancólicas (¡Viva yo!) como ésta.
Un día aprendí que sentirse culpable no aporta gran cosa a la propia existencia, así que me propuse dejar de hacerlo. No es fácil y corres el riesgo de convertirte en un psicópata frío al que nada le importa, lo cual es desalentador y poco humano; pero para trivialidades como salir por la noche en época de exámenes o pasar la tarde en el sofá sin levantar un libro, es útil y te ahorras lloriqueos. Y eso hago. Invierto no más que el tiempo necesario en preparar cada examen y el resto de horas procuro dedicarme a actividades más estimulantes como ver una película o rascarme una nalga.
En época de exámenes, además, pienso mucho, más de la cuenta. Y aunque parezca una contradicción (no lo es), pensar me hace sentir muchas cosas. Así que me pongo más melancólico, más chistoso, más sensible, más tierno o, en definitiva, más emocional. Todo me afecta más (o diferente) y, por ejemplo ahora, tengo mucho más presente mi vuelta a España y la falta de mis compañeros ya regresados a sus países. Y la ausencia de Elisa, la última en marcharse, a la que añoro infinito por su gracia, su ternura y su compañía. Me hacía reír con humildad, soñar con fuerza y disfrutar con soltura. Espero volver a verla pronto.
Ahora tengo que ponerme a estudiar un poco (sólo un poco, de verdad). Os dejo una encuesta a la derecha de la pantalla para que os posicionéis sobre mi regreso. Sin duda, no es más que el fruto de esta etapa de mi erasmus en la que cualquier actividad tonta es preferible que ponerse a estudiar; incluso inventar encuestas tan chistosamente melancólicas (¡Viva yo!) como ésta.



