Ahí están los únicos rayos de sol que he visto en las últimas dos semanas. No más de media hora, y luego volvía a llover. Vaya vidorra se pega en Glasgow el astro rey. Excepto esos tímidos rayitos que asomaban la nariz hace dos días, ni rastro de luz solar. Es deprimente. Me paso todo el día con la luz de casa encendida. Ayer comí a las tres y media y era de noche. Tenía la sensación de estar cenando. Luego cenas y no puedes evitar ese pestiño a deja vu tan raro. En el invierno de Glasgow no hay días: sólo hay amaneceres, atardeceres y noches de dieciséis horas. Y como siempre está nublado, casi que da igual la hora que sea. Nublado es poco, Glasgow es oscuro de cojones; lo que les viene muy bien para sacar partido a las luces de Navidad.
Aquí la Navidad tiene poco que ver con la Navidad de Barcelona. Aquí la Navidad se celebra. En Barcelona, la Navidad simplemente ocurre. En mi ciudad natal, la Navidad pasa como se pasa un resfriado. Y sufrimos todos los síntomas: los regalos, las luces, las canciones, las compras, los deseos para el año nuevo y la nostalgia de tiempos mejores que nunca existieron. En Glasgow también tienen todo eso pero se lo creen y les gusta. Aquí la Navidad se disfruta. Se vive como algo sagrado. Creo que es una cuestión de fe y no estoy hablando de religión. La semana pasada fuimos a Saint George Square a ver cómo encendían el enorme Christmas Tree y, con él, los adornos de toda la ciudad. Esto empieza a convertirse en: "Cómo vivir todo lo que has visto en las películas sin irte a Estados Unidos". En seguida nos dimos cuenta de que era un evento familiar. Allí estaban los padres y los niños y las sonrisas. Obviamente llovía. Mientras yo me preocupaba por la posibilidad de una muerte colectiva por electrocución, un coro de eunucos cantaba villancicos en inglés sobre un gran escenario. Tenían unas pantallas gigantes que ya quisieran los Rolling Stones y retransmitían en directo por televisión. Además, un showman enrollado amenizaba la velada. Había helicópteros.
El showman iba anunciando los minutos que restaban hasta el gran momento. Y no paraba de llover. Los niños sonreían. Aquello se estaba eternizando. Tenía pies congelados. Las manos, la nariz. La gente no parecía querer que aquel árbol se encendiera nunca. Nosotros habíamos venido solo por eso.
—Just ten minutes more, ladys and gentleman!
—Come on! Switch on the fucking tree! —gritaba por dentro.
Pero nadie me seguía. Estaban completamente inmersos en su espíritu navideño. Hasta entonces no había tenido ninguna certeza de su existencia. Nunca está presente en la cabalgata de reyes de mi barrio, donde los niños devuelven los caramelos con violencia cual proyectil, tratando de acertar en la corona del rey Baltasar. La Navidad por momentos parecía tener sentido; aunque sólo para ellos. Desde luego no para mí, ya que lo único que me preocupaba era la imagen que rondaba por mi mente: los dedos de mis pies siendo amputados por congelación. Finalmente, todos exclamamos con pasión la cuenta atrás y se encendió el maldito árbol de una vez. Se encendieron todas las luces de Saint George Square y dio comienzo un espectáculo de fuegos artificiales. Los niños saltaban de júbilo. Pero por algún error de cálculo, un serie de cenizas incandescentes empezaron a caer sobre las primeras filas. Los bellos fuegos de colores se convirtieron en un peligro. Las madres cubrían las cabezas de sus hijos con los brazos, los niños dejaron de sonreír y todo el mundo empezó a retroceder. De pronto, el único que sonreía allí era yo, a pesar de mis pies mojados. En ese instante, me di cuenta de que nunca voy a poder disfrutar una Navidad, porque no hay manera de que me la crea. Ni por contagio. La sensación más cercana que puedo experimentar es la satisfacción de observar cómo algo bonito se estropea. No puedo hacer nada. Es una cuestión de fe: o se tiene o no se tiene. ¿Vosotros la tenéis?





