2 de diciembre de 2007

CUESTIÓN DE FE


Ahí están los únicos rayos de sol que he visto en las últimas dos semanas. No más de media hora, y luego volvía a llover. Vaya vidorra se pega en Glasgow el astro rey. Excepto esos tímidos rayitos que asomaban la nariz hace dos días, ni rastro de luz solar. Es deprimente. Me paso todo el día con la luz de casa encendida. Ayer comí a las tres y media y era de noche. Tenía la sensación de estar cenando. Luego cenas y no puedes evitar ese pestiño a deja vu tan raro. En el invierno de Glasgow no hay días: sólo hay amaneceres, atardeceres y noches de dieciséis horas. Y como siempre está nublado, casi que da igual la hora que sea. Nublado es poco, Glasgow es oscuro de cojones; lo que les viene muy bien para sacar partido a las luces de Navidad.
Aquí la Navidad tiene poco que ver con la Navidad de Barcelona. Aquí la Navidad se celebra. En Barcelona, la Navidad simplemente ocurre. En mi ciudad natal, la Navidad pasa como se pasa un resfriado. Y sufrimos todos los síntomas: los regalos, las luces, las canciones, las compras, los deseos para el año nuevo y la nostalgia de tiempos mejores que nunca existieron. En Glasgow también tienen todo eso pero se lo creen y les gusta. Aquí la Navidad se disfruta. Se vive como algo sagrado. Creo que es una cuestión de fe y no estoy hablando de religión. La semana pasada fuimos a Saint George Square a ver cómo encendían el enorme Christmas Tree y, con él, los adornos de toda la ciudad. Esto empieza a convertirse en: "Cómo vivir todo lo que has visto en las películas sin irte a Estados Unidos". En seguida nos dimos cuenta de que era un evento familiar. Allí estaban los padres y los niños y las sonrisas. Obviamente llovía. Mientras yo me preocupaba por la posibilidad de una muerte colectiva por electrocución, un coro de eunucos cantaba villancicos en inglés sobre un gran escenario. Tenían unas pantallas gigantes que ya quisieran los Rolling Stones y retransmitían en directo por televisión. Además, un showman enrollado amenizaba la velada. Había helicópteros.
El showman iba anunciando los minutos que restaban hasta el gran momento. Y no paraba de llover. Los niños sonreían. Aquello se estaba eternizando. Tenía pies congelados. Las manos, la nariz. La gente no parecía querer que aquel árbol se encendiera nunca. Nosotros habíamos venido solo por eso.
Just ten minutes more, ladys and gentleman!
Come on! Switch on the fucking tree! gritaba por dentro.
Pero nadie me seguía. Estaban completamente inmersos en su espíritu navideño. Hasta entonces no había tenido ninguna certeza de su existencia. Nunca está presente en la cabalgata de reyes de mi barrio, donde los niños devuelven los caramelos con violencia cual proyectil, tratando de acertar en la corona del rey Baltasar. La Navidad por momentos parecía tener sentido; aunque sólo para ellos. Desde luego no para mí, ya que lo único que me preocupaba era la imagen que rondaba por mi mente: los dedos de mis pies siendo amputados por congelación. Finalmente, todos exclamamos con pasión la cuenta atrás y se encendió el maldito árbol de una vez. Se encendieron todas las luces de Saint George Square y dio comienzo un espectáculo de fuegos artificiales. Los niños saltaban de júbilo. Pero por algún error de cálculo, un serie de cenizas incandescentes empezaron a caer sobre las primeras filas. Los bellos fuegos de colores se convirtieron en un peligro. Las madres cubrían las cabezas de sus hijos con los brazos, los niños dejaron de sonreír y todo el mundo empezó a retroceder. De pronto, el único que sonreía allí era yo, a pesar de mis pies mojados. En ese instante, me di cuenta de que nunca voy a poder disfrutar una Navidad, porque no hay manera de que me la crea. Ni por contagio. La sensación más cercana que puedo experimentar es la satisfacción de observar cómo algo bonito se estropea. No puedo hacer nada. Es una cuestión de fe: o se tiene o no se tiene. ¿Vosotros la tenéis?

21 de noviembre de 2007

RAINY DAY

Llueve. Como todos los días. El radiador de la calefacción está lleno de calcetines mojados. Cada vez que vuelvo de la calle tengo que poner los calcetines a secar. Lo bueno de que llueva todos los días es que ya nunca esperas que mañana salga el sol. Mi amigo Álex desde Madrid me decía ayer tiernamente vía online:
Estoy deprimido...
¿Por qué?
No lo sé... Será porque no para de llover.


Álex es un encanto. No sé cómo llevaría lo de vivir en Escocia. A mí tampoco me gusta la lluvia, pero la verdad es que uno se acostumbra. Es un tópico, pero a veces los tópicos son verdad. Cuando vives en Barcelona, ocurre que tienes uno de esos días en los que te cuesta salir de la cama; miras por la ventana y está lloviendo. Sales a la calle y peleas con el paraguas y el viento, y un autobús pasa a tu lado pisando un charco y te empapa de cintura para abajo. En Glasgow, esos días son todos los días. Por eso, no hay días malos en Glasgow. Sólo hay días normales y días buenos. Quizás podríamos considerar un día malo uno en el que llueva mucho, mucho. Como hoy.
Hoy quería salchichas. Ayer fui al supermercado y me olvidé de comprarlas. "Quiero salchichas", pensaba mientras hacía ejercicio en el gimnasio. Estaba vacío. No es porque llueva (aquí la gente no deja de hacer cosas porque llueva, sino no harían nada) es porque llueve mucho, mucho. Ahí estaba yo, en un gimnasio vacío oyendo el ruído de la lluvia contra los cristales, mirando el Eurosport y la Mtv al mismo tiempo, y pensando en salchichas. Las pesas pueden llegar a ser algo muy aburrido. Los tíos fuertes de mi lado hablaban del Mundial 2010 o de la Eurocopa. Nadie habla del tiempo en Glasgow. Ni siquiera en los ascensores. Se habla de fútbol o de la pobre Lady Di o de la última borrachera de Pete Doherty. Pero no del tiempo, porque no hay nada que decir. Es como si los esquimales hablaran de lo blanca que es la nieve.
He entrado al Morrisons ya empapado, con la mochila llena de ropa sudada y las gafas empañadas. Todos los productos estaban cambiados de sitio. Odio cuando hacen eso, me recuerdan a mi madre reordenando mi cuarto. Lo hacen para que compres más. Todo lo que pasa en un supermercado tiene esa premisa escondida detrás. Por lo visto, funciona, porque mientras buscaba las salchichas he comprado salsas para ensalada, salsas para la pasta y cereales. He pasado por la sección de quesos tapándome los ojos y aún así me he comprado una porción de queso azul. "¿Dónde coño estarán las salchichas?", me preguntaba mientras compraba yogures. También he comprado suavizante porque ya estoy harto de ir por el mundo embutido en ropa tiesa como si fuera Pinocho, el niño de madera... y finalmente he encontrado la "nueva" sección de salchichas. ¡Pero no tenían las que yo quería! Y mira que tenían de todas clases... Para calmar el cabreo me he comprado Yoplay de fresa, pero no ha funcionado.
No me gusta cuando las cosas no salen como yo planeo. Esperando el autobús bajo la lluvia con las bolsas del súper y cara de pocos amigos, cualquiera diría que el Glasgow Rangers había perdido la liga escocesa. Al llegar por fin el autobús, la rueda delantera ha frenado en un charco y me ha mojado desde los pies hasta los Cocopops cereales. El conductor, abriendo la puerta con su mejor sonrisa, me ha dicho:
Rainy day, isn't it?

13 de noviembre de 2007

APLAUSOS

"No es difícil tener éxito. Lo difícil es merecerlo" (Albert Camus)

Los artistas en general, pero sobre todo los actores, sólo buscamos el aplauso del público. Queremos que nos digan que "muy bien, muy bien" y que estamos muy guapos. ¿Para qué engañarnos? Queremos que nos silben, que nos miren como si nos conocieran de toda la vida, que piensen en nosotros cuando follen con sus parejas. Queremos ser especiales. Un actor no es más que un tímido que disimula. Uno que pasa por listo, divertido o profundo diciendo cosas que no se le han ocurrido a él. Un actor es alguien que se quiere poco y no se conforma con los piropos de su abuela; necesita un auditorio entero aplaudiéndole para sentirse vivo. Si no eres un cantante de ópera, probablemente esos aplausos no durarán más de un minuto. Sin embargo, ese amor que vuela entre las palmadas del respetable, ese cariño ilusorio como el decorado a tus espaldas, puede durarte semanas. A veces los actores nos vamos a casa sin desmaquillar, creyendo que nos llevamos la magia del escenario con nosotros. Pero un actor en la calle no es más que un tío con la cara pintada. Cuando empezaba a hacer mis primeras obras y volvía maquillado a mi humilde barrio de Hospitalet, mis amigos me decían:
Oye, nen, llevas los ojos maquillados.
Sí. Es que vengo de una función.
¿Y qué pasa? ¿Haces de tía o qué?
Plas, plas, plas... El sonido de dos manos chocando. Música para tus oídos. La única diferencia entre ser actor o camarero es el aplauso, el reconocimiento. Se nos premia por trabajar. Da igual qué tal hayas estado, da igual si la obra es buena o mala: todos van a aplaudir al final. A los actores nos gusta el teatro porque se aplaude en directo. Un camarero da igual lo bien que sirva una tapa que nunca se le va a aplaudir. Como mucho se le otorga un "gracias" en plan limosna. Hay camareros que te arrancan unas risas con un par de chistes y con eso se sienten premiados. La mayoría de ellos son actores que añoran el escenario. Por eso el éxito es relativo. Sales a saludar, respiras hondo y sientes la ovación en el pecho. Crees que nadie puede hacerte sombra. Eres el puto amo y no hay quien te tosa. Sales una vez... y otra vez... y otra vez... Si siguen aplaudiendo después de la tercera, es que les ha gustado de verdad. La convención juega a tu favor. Llegará un día en que, por convención, las primeras filas subirán a chuparte la polla mientras saludas. Aunque no les haya gustado. Lo harán porque valoran tu trabajo. Perdón por la grosería. Es la una de la madrugada y estoy borracho de éxito.
Un aplauso, por favor.

1 de noviembre de 2007

TRICK OR TREAT

Estoy en el sofá de casa tratando de dilucidar lo que quiere decir John Locke cuando habla de ideas compuestas en inglés y llaman a la puerta. Es raro. Nadie suele llamar a la puerta salvo contadas ocasiones. Una vez fue el revisor del contador de la luz. Otra vez trajeron un paquete a mi compañera de piso polaca. Abro con naturalidad y hay unos niños sonrientes con pelucas, caretas y bolsas de papel. ¿Qué está pasando aquí?
Trick or treat!
"¡Mierda! ¡Es Halloween!", pienso, "Y aquí lo celebran de verdad".

Compass International Pictures

Como no he asustado a los niños y la puerta ya está abierta, busco en la cocina algo que darles. Tengo una tableta de chocolate mordida, un paquete empezado de Choco-Pops, Maria Biscuits y una manzana. Opto por la manzana. Los niños me miran como si fuera una abuela aguafiestas de ochenta años. Trato de explicarles que no es que me preocupe que se les vayan a caer los dientes, sino que no tengo ninguna chuchería en casa. Justo cuando voy a ofrecerles el chocolate mordido, se van a picar a otra puerta.
Happy Halloween...
Ya he cerrado cuando suena el teléfono. Es Sara. Dice que me invente un disfraz, que esta noche vamos a una fiesta. Le digo que no me apetece salir.
Come on! It's Halloween!
I know, Sara.
Más niños llaman al timbre. Pienso en el chocolate mordido. A lo mejor me apetece de madrugada. Pienso en tirarles huevos. Sara trata de convencerme. Pienso en bajarme los pantalones y abrir con una bolsa de basura en la cabeza. Eso les asustaría, pero no quiero ir a la cárcel. Los niños insisten. Sara insiste. Como no quiero tener que aguantar esto toda la tarde, le digo a Sara que vale y que ya pensaré algo. Cuelgo y los niños se van.
Abro mi armario. Es casi tan deprimente como mi nevera. Rebusco. Pienso en no disfrazarme, pero la semana pasada Matthieu y yo nos negamos a participar en una Toga's Party, así que esta vez toca pringar. Llaman más niños. Pienso en tirarles un cubo de agua. Seguir mirando el armario no hará que aparezca por arte de magia un disfraz de Boris Karloff, así que me pongo una camisa negra y un pantalón negro. Zapatos negros. Me pinto los ojos de negro como si fuera un cantante de rock y salgo a la calle con toda la dignidad del mundo.
¿De qué vas disfrazado?
De idiota, ¿y tú?
Por muy anglosajón que sea este país, el Halloween de Glasgow no tiene nada que envidiar al Carnaval del barrio de La Torrassa. Empiezo a sospechar que este tipo de celebraciones sólo valen la pena en Brasil, Canarias y Venecia. El resto del mundo sigue la corriente. "Es por los niños", dicen, pero ya me diréis vosotros, queridos nihilátropos, qué gracia le puede hacer a un bebé cuyo único pasatiempo es hacer burbujas de moco con sus orificios nasales, que lo saquen a la calle en su carrito vestido de calabaza. Quizás los niños más mayores sí se divierten, pero les da bastante igual el motivo de la fiesta. Quiero decir que yo pensaba que aquí la cosa iba de difuntos, pero no. Se disfrazan de cualquier cosa. Y con el mal tiempo de Glasgow, el patetismo incrementa. Ahí tienes a Spiderman con chubasquero, a Drácula con botas de agua o a una princesa encantada abrigada con una cazadora del Zara. (Hay Zara en Escocia, sí. ¿Lo dudabais?) Lo peor son las madres que no entienden nada. Como me comentaba hace tiempo un gran amigo mío en un e-mail divertidísimo, una madre no puede reñir a un super-héroe en medio de la calle delante de todos sus amigos. Aunque se esté portando mal.
¡Jolin! ¡Que soy Superman, mamá!
La noche transcurrió con normalidad. La fiesta fue aburrida. Había juegos ridículos, bebida y golosinas gratis. Chicas con disfraces sexys muertas de frío (¿Por qué no se hacen estas fiestas en verano?) y chicos travestidos o bien disfrazados con bolsas de basura negra y la cara pintada de blanco. Los estudiantes tenemos poca dignidad. Ellas tratan de buscarle lo erótico a cualquier personaje (el chiste en inglés es fácil: witch es bruja y bitch ya sabéis lo que significa; así la noche de las brujas se convierte fácilmente en la noche de las...). Ellos son unos babosos y no tienen gusto ni gracia. En realidad, yo no soy mejor que nadie. Probablemente soy peor, creyéndome elegante sólo por llevar una camisa y zapatos. La mayoría debe pensar que soy un soso. Y la verdad es que no soy ni una cosa ni otra, pues como ya sabéis bien: no soy nada. Quizás por eso me marché a media fiesta, sin despedirme. Es algo que solía hacer en Barcelona, pero en Glasgow todavía no lo había hecho. No estuvo mal como debut, desvanecerse como un fantasma en medio de la multitud; salir volando como un vampiro convertido en murciélago. ¿Acaso hay noche más apropiada para hacerlo? Espero que vosotros hayáis tenido un feliz Halloween.

25 de octubre de 2007

COLD

Estoy hecho una auténtica mierda. Tengo las anginas tan inflamadas que apenas puedo hablar o comer. No puedo respirar por la boca. ¡Y es que hace un frío de cojones! Ya no tengo más ropa que ponerme encima. Y los putos escoceses siguen yendo en manga corta por la calle. Empiezo a pensar que son un ejercito de mutantes. He ido a la farmacia y les he dicho:
Hello. I have two enormous balls in my neck and it hurts, you know?
A veces, no saber expresarte bien en un idioma carece de importancia. 


Me han vendido Ibalgin y Cuprofen y Coldrex LaryPlus y Chloraseptic. Creo que me han dado por muerto ya. Me extraña que no me hayan vendido una pastilla de cianuro para que todo sea más rápido. Estoy pensando en ponerme quinientas libras en el zapato para pagar mi entierro si encuentran mi cadáver tirado por ahí, como hacen los monjes budistas. Desde anoche que sólo tomo pastillas y té. No he comido nada más. No me entra. Se me está poniendo cara de viejo inglés. Hoy no voy a salir más. Afortunadamente, no tengo clase, ni mañana tampoco. Los filosofillos escoceses se han ido de excursión a disertar sobre el ser y la nada a la montaña. Es triste, por mi parte, tener dos días de vacaciones y tener que quedarse en casa medio moribundo.
Aunque sea época de resfriados, esto no es normal. Llevo dos semanas con la garganta hecha un Cristo (de los dolores) y chutándome ibuprofeno en vena... ¡y nada! ¿Qué me pasa, doctor? ¿Soy un enfermo incurable? Me he puesto a buscar en internet remedios caseros y he leído que un dolor de garganta continuado puede ser síntoma de una leucemia. Casi me caigo de la silla. Una buena amiga mía que sabe mucho de las cosas y que cree, como yo, que la psicología humana tiene una explicación para todo, me dijo:
Cuando una afección no se cura, puede tener un factor psicosomático. Si es en el cuello, quiere decir que hay algo que quieres decir y no estás diciendo.
En momentos así, detesto la psicología. Parece ser que el pequeño Iván que vive dentro mío tiene un mosqueo que te cagas. Está harto de que no le haga caso, de que lo esconda, le mande callar, no le saque a bailar por donde a él le gusta y no le presente a mis amigos. Se ha cansado de recibir codazos en las costillas cada vez que me cuenta un secreto al oído; de morderse la lengua, del cinturón de castidad. El pequeño Iván se ha hecho un hombre y me ha retado en un duelo a muerto en mi garganta. Como yo siempre he sido un blando y un débil, aunque presuma de macho, le voy a dejar ganar. Porque sé que me puede, porque es mucho más auténtico que yo. Porque paso de que me pegue una paliza. Porque se lo merece. Porque bastante me está doliendo todo ya como para poner a darme de ostias. Así que ahora mismo voy a salir a la calle y voy a gritar bien fuerte quién soy. Para que todos se entere. Para que todo el mundo me oiga. Voy a pintar un corazón en la pared con mi foto dentro. Voy a escribirme un poema en inglés y se lo voy a enseñar a toda la facultad. Voy a hacer todo lo que... que... que estoy mirando por la ventana y hay escarcha en los coches. No sé. Quizás lo dejamos para otro día. Mañana... o la semana que viene...

16 de octubre de 2007

SKIRT FOR BOYS, SHIRT FOR GIRLS PARTY

Una misma idea puede ser considerada genial o estúpida, divertida o absurda, original o ridícula, dependiendo de la persona que la juzgue. Cuando vives en un país extranjero, al menos esa es mi idea, es preferible no juzgar y dejarte llevar por las ocurrencias de la gente. Estamos aquí para divertirnos. No es que uno no pueda sentirse estúpido, absurdo o ridículo participando en la idea de otro, pero cuando la casa de tus padres está dos o tres países más abajo de donde tú estás, todo se relativiza mucho.

El pasado viernes acudí a una fiesta bautizada como The Skirt for Boys, Shirt for Girls Party en casa de unos franceses. Ya me había advertido un amigo inglés acerca de la ambigüedad de los gabachos, pero prefiero no entrar en el tema. Matthieu, el chico que me acompaña en la foto, no era uno de los organizadores, aunque sí es francés... pero prefiero no entrar tampoco en ese tema. El leit motiv del encuentro, como decía, a parte del común de emborracharse y pasar el rato, era que los chicos debían ir vestidos con falda y las mujeres con ropa de hombre. Nadie nos explicó el porqué ni nosotros lo preguntamos (intuyendo que no lo había), simplemente fuimos a casa de Sara y Alessia (erasmus italianas) en busca de ropa que ponernos para la ocasión. Desafortunadamente, no había mucho donde escoger. En estas tierras tan nórdicas (irónicamente el país de las faldas) hace tanto frío que las mujeres van con patalones. Al menos, nuestras amigas. Pero rebuscando en los armarios encontré para mí una falda de cuadros por la cual más tarde me acusarían de hacer trampas.

La fiesta, pasada la novedad, no fue nada del otro mundo. La casa era muy bonita: una escalera con alfombra roja, barra de bar en la cocina y estrellas pintadas en las paredes. Por lo demás, lo de siempre: conversaciones en inglés inventado, gente borracha que baila sola, música de diferentes países, vino italiano, güisqui escocés y labios que se encuentran entre la confusión y las burbujas.

Yo no juzgo, pero no puedo dejar de mencionar que me resulta cuanto menos curioso que alguien elija la noche en que su chico va con vestido (o su chica con un bigote pintado) para lanzarse a robarle un primer beso. Debe tener algún morbo añadido que se me escapa. Lo que sí sé es que cuando vas con falda te meten mano, más que en ninguna otra situación en tu vida. Y eso es algo que, debo confesar, me gusta, y no fue el viernes la primera vez que lo sufría (gozaba) en mis propias faldas... Ahora haced un esfuerzo y tratad de no juzgarme.

6 de octubre de 2007

LIFETIME or IT'S NOT MY FAULT

"I awoke on Friday, and because the universe is expanding it took me longer than usual to find my robe" (Woody Allen, Mere Anarchy)

MULA
Hay a nuestro alrededor un millar de inocentes fenómenos a los que culpar cuando las cosas no nos salen bien: el mal tiempo, Dios, la educación que nos dieron nuestros padres, las leyes de la física, la (mala) suerte, la ciudad, el país, la vida, el tráfico, el universo o la torpeza del pobre diablo que tengamos al lado ejerciendo de pareja, amante, familiar, amigo, compañero de piso, de trabajo o de desconocido de turno que pasaba por allí. Cualquier excusa es buena para no sentirnos culpables, para no ser responsables de nuestras propias miserias. Para los que no se hayan dado cuenta: esto no es un poema. Hoy debería hablar de Edimburgo y de lo maravillosa que es. Debería contar cómo están yendo mis primeras clases de filosofía en inglés (estos escoceses siguen diciendo que es inglés eso que hablan) y mis visitas a la Burrell Collection y la Polok House; mis salidas nocturnas a las fiestas del Cheesy Pop en la Queen Margaret Union o las veladas de bailes regionales que organiza la International Society. Debería escribir sobre la piscina de la universidad donde todos se bañan sin gorro, la licencia de la televisión pagada bajo amenaza de cárcel (aunque en mi caso sería deportación, supongo), el Kelvingrove Museum, los partidos de rugby que ponen en el que nosotros llamamos The Cheapest pub. Debería explicar mis anécdotas con los demás erasmus, encantadores todos. Pero no estoy de humor para eso.

Para los morbosos diré que no he follado desde que estoy en Glasgow y la verdad es que no me importa, igual que no debería importaros a vosotros. A los demás quiero deciros que estoy bien, pues nadie se muere de tristeza ni soledad, por mucho que digan los cuentos y los poetas. Sin embargo, me lamento y me cago en todo menos en mi ombligo cada vez que compruebo que soy incapaz de ser feliz durante más de media hora, aunque todo sea perfecto (no lo es). Toda alegría, cualquier satisfacción que me llena y me dibuja una sonrisa, es sustituida al rato por el miedo, el frío interior y una sensación de vacío impropia del joven que sale a divertirse; ver la nada plantarse desafiante ante tus ojos como un espejo y querer volver a casa para meterte debajo de la cama, procurando no llorar por el camino.

Pero nada de eso es culpa mía, sino de la vida, que está mal hecha. Hay quien dice que eso es lo que la hace interesante y rica, que gracias a los momentos malos valoramos los buenos, y que tan viva está una lágrima como una carcajada. Pero yo ya me estoy hartando de esta montaña rusa bipolar en que todo es provisional y los momentos felices se gastan como se consume cada cerilla de un paquete que no durará eternamente. Por desgracia, sólo hay una vida y no podemos elegir. La vida es lista y no acepta competencia, sino se quedaría sin clientela, pues a nadie le gusta vivir en una constante maniaco-depresiva. Es la vida la que está psicótica y no yo. Ni vosotros tampoco. Es la vida la que nos parió nihilántropos. Y no hay elección, porque si la hubiera yo escogería un universo plano y estable en el que la mandíbula no doliera después de mucho reír, ni los momentos alegres se desvanecieran en el aire como el efecto de un porro, como un orgasmo (siempre inaprensible); si pudiera me quedaría sólo con el puntillo de la borrachera y no con el patético momento de arrodillarse en el váter a vomitar, con un eterno día soleado que no secara los campos. Porque la vida puede ser maravillosa quisiera que lo fuera todo el tiempo, y no tuvieramos que sufrir para valorar lo que tenemos o tuvimos o tendremos. Si pudiera elegir no viviría, simplemente sería feliz. Pero algo me dice que eso es imposible, al menos en esta vida.

30 de septiembre de 2007

LOS SUEÑOS DE EARLS STREET

MULA
Que no mienten tanto los poetas. Que sé lo que digo cuando hablo. Que como en inglés, bailo en francés y duermo en italiano. Que me enamoro del primero que pasa. Que mi instinto no se inventa lo que ve. Que son verdad los consejos de mi madre. Que no hay monstruos en mi armario. Que duermo acompañado. Que puedo pasear por Glasgow en manga corta como todos esos escoceses locos. Que mi sonrisa es sincera cuando elijo estar mal acompañado por miedo a quedarme solo. Que me baño en el verde de tus ojos. Que un beso vale más que mil palabras. Que dibujo en el cielo un corazón y borro las nubes negras con el codo. Que no me olvido de nadie; que todos se acuerdan de mí. Que no vuelvo nunca. Que viajo a la Luna en cohete y me la como. Que Glasgow es un patio de colegio y yo soy el mejor jugando a fútbol. Que no es una excusa, ni un capricho, ni una ilusión pasar la tarde contigo. Que entiendo todo cuando estoy en clase. Que nos lamemos el sudor del cuello y sabe a fresa y kiwi. Que nada me duele porque soy un hombre. Que el silencio no es tan denso y oscuro. Que me pongo una falda de cuadros sin nada debajo. Que no soy yo, ni nadie que se le parezca. Que la felicidad dura más de treinta minutos. Que me divorcio dos veces y critico a mi primera ex-mujer en una cena de negocios fumando un puro. Que no me da miedo la muerte. Que descubro que todo esto vale la pena y hacemos el amor para celebrarlo.

24 de septiembre de 2007

XESCA, 'MON AMOUR'

Es tiempo que reciba un homenaje
la musa del casado del tercero,
que lleva a Peter Pan el equipaje:
Xesca Romero.

La Maura del teatro de la esquina
que llena con su voz el mundo entero,
se lleva el cabaret a la oficina,
Xesca Romero.

Resaca del divorcio en el posparto
de pactos entre ideas de bombero,
alma mater del poso del infarto,
Xesca Romero.

Tan dentro de ti una copla suena
al día antitabaco de un mechero,
tan gata en celo, tan niña buena,
Xesca Romero.

Revierte en arte todo lo que toca,
Lorca renace de su tumba hetero
escuchando sus versos en tu boca,
Xesca Romero.

Adicta del desprecio a los espejos,
gobernanta en la escuela del salero,
castañuelas repican sin complejos,
Xesca Romero.

Me pones cuernos con Shakespeare, Sabina,
Calderón y, sin embargo, te quiero.
El sexo de una flor con gabardina,
Xesca Romero.

16 de septiembre de 2007

EARLS STREET

El primer día hizo sol. Debió ser un espejismo. Bajé del taxi y no sabía si estaba en California o en Barcelona, cualquier lugar excepto Escocia. Me recibieron unos erasmus italianos en la puerta del hostal tan eufóricos y desconcertados como yo, y me llevaron a ver el barrio. En menos de quince minutos de haber llegado ya estaba tomando una pinta de Kronenbourg y viendo un partido de rugby en un pub escocés rodeado de alemanes. Hay erasmus por todas partes. En el primer meeting de bienvenida en la universidad, nos informaron que se han matriculado más de trescientos alumnos extranjeros este curso. Eso fue una alegría al principio, y disfruté de las fiestas, pero en seguida me di cuenta que trescientas personas buscando piso al mismo tiempo es una competencia de alto riesgo.

La lucha ha sido encarnizada. Han habido patadas bajas y codazos en el ojo, pero finalmente, tras una semana, todos parecen haber conseguido un alojamiento. Yo he sido de los más afortunados. Vivo en un piso nuevo de dos habitaciones con una Polaca. Tenemos televisión y lavavajillas. Ella es muy limpia y nunca está en casa. Me siento muy feliz, sobretodo cuando veo los pisos de mis compañeros viejos, sucios y llenos de gente rara que viene y va y cocina y caga contigo.

Mi barrio se llama Particks y está a quince minutos de la Universidad de Glasgow que, por cierto, es preciosa. Una especie de castillo-iglesia. Por supuesto, los estudiantes de filosofía estamos relegados a un barracón a parte con poco del encanto del edificio central. Pero no me quejo, porque no puedo moverme del frío. Sin embargo, me congratula también comunicaros que aquí los alquileres son muy bajos comparados con Londres, y con lo que gané en el hotel, voy a poder pasar una temporadita sin trabajar. ¡Qué feliz soy!