16 de octubre de 2007

SKIRT FOR BOYS, SHIRT FOR GIRLS PARTY

Una misma idea puede ser considerada genial o estúpida, divertida o absurda, original o ridícula, dependiendo de la persona que la juzgue. Cuando vives en un país extranjero, al menos esa es mi idea, es preferible no juzgar y dejarte llevar por las ocurrencias de la gente. Estamos aquí para divertirnos. No es que uno no pueda sentirse estúpido, absurdo o ridículo participando en la idea de otro, pero cuando la casa de tus padres está dos o tres países más abajo de donde tú estás, todo se relativiza mucho.

El pasado viernes acudí a una fiesta bautizada como The Skirt for Boys, Shirt for Girls Party en casa de unos franceses. Ya me había advertido un amigo inglés acerca de la ambigüedad de los gabachos, pero prefiero no entrar en el tema. Matthieu, el chico que me acompaña en la foto, no era uno de los organizadores, aunque sí es francés... pero prefiero no entrar tampoco en ese tema. El leit motiv del encuentro, como decía, a parte del común de emborracharse y pasar el rato, era que los chicos debían ir vestidos con falda y las mujeres con ropa de hombre. Nadie nos explicó el porqué ni nosotros lo preguntamos (intuyendo que no lo había), simplemente fuimos a casa de Sara y Alessia (erasmus italianas) en busca de ropa que ponernos para la ocasión. Desafortunadamente, no había mucho donde escoger. En estas tierras tan nórdicas (irónicamente el país de las faldas) hace tanto frío que las mujeres van con patalones. Al menos, nuestras amigas. Pero rebuscando en los armarios encontré para mí una falda de cuadros por la cual más tarde me acusarían de hacer trampas.

La fiesta, pasada la novedad, no fue nada del otro mundo. La casa era muy bonita: una escalera con alfombra roja, barra de bar en la cocina y estrellas pintadas en las paredes. Por lo demás, lo de siempre: conversaciones en inglés inventado, gente borracha que baila sola, música de diferentes países, vino italiano, güisqui escocés y labios que se encuentran entre la confusión y las burbujas.

Yo no juzgo, pero no puedo dejar de mencionar que me resulta cuanto menos curioso que alguien elija la noche en que su chico va con vestido (o su chica con un bigote pintado) para lanzarse a robarle un primer beso. Debe tener algún morbo añadido que se me escapa. Lo que sí sé es que cuando vas con falda te meten mano, más que en ninguna otra situación en tu vida. Y eso es algo que, debo confesar, me gusta, y no fue el viernes la primera vez que lo sufría (gozaba) en mis propias faldas... Ahora haced un esfuerzo y tratad de no juzgarme.

6 de octubre de 2007

LIFETIME or IT'S NOT MY FAULT

"I awoke on Friday, and because the universe is expanding it took me longer than usual to find my robe" (Woody Allen, Mere Anarchy)

MULA
Hay a nuestro alrededor un millar de inocentes fenómenos a los que culpar cuando las cosas no nos salen bien: el mal tiempo, Dios, la educación que nos dieron nuestros padres, las leyes de la física, la (mala) suerte, la ciudad, el país, la vida, el tráfico, el universo o la torpeza del pobre diablo que tengamos al lado ejerciendo de pareja, amante, familiar, amigo, compañero de piso, de trabajo o de desconocido de turno que pasaba por allí. Cualquier excusa es buena para no sentirnos culpables, para no ser responsables de nuestras propias miserias. Para los que no se hayan dado cuenta: esto no es un poema. Hoy debería hablar de Edimburgo y de lo maravillosa que es. Debería contar cómo están yendo mis primeras clases de filosofía en inglés (estos escoceses siguen diciendo que es inglés eso que hablan) y mis visitas a la Burrell Collection y la Polok House; mis salidas nocturnas a las fiestas del Cheesy Pop en la Queen Margaret Union o las veladas de bailes regionales que organiza la International Society. Debería escribir sobre la piscina de la universidad donde todos se bañan sin gorro, la licencia de la televisión pagada bajo amenaza de cárcel (aunque en mi caso sería deportación, supongo), el Kelvingrove Museum, los partidos de rugby que ponen en el que nosotros llamamos The Cheapest pub. Debería explicar mis anécdotas con los demás erasmus, encantadores todos. Pero no estoy de humor para eso.

Para los morbosos diré que no he follado desde que estoy en Glasgow y la verdad es que no me importa, igual que no debería importaros a vosotros. A los demás quiero deciros que estoy bien, pues nadie se muere de tristeza ni soledad, por mucho que digan los cuentos y los poetas. Sin embargo, me lamento y me cago en todo menos en mi ombligo cada vez que compruebo que soy incapaz de ser feliz durante más de media hora, aunque todo sea perfecto (no lo es). Toda alegría, cualquier satisfacción que me llena y me dibuja una sonrisa, es sustituida al rato por el miedo, el frío interior y una sensación de vacío impropia del joven que sale a divertirse; ver la nada plantarse desafiante ante tus ojos como un espejo y querer volver a casa para meterte debajo de la cama, procurando no llorar por el camino.

Pero nada de eso es culpa mía, sino de la vida, que está mal hecha. Hay quien dice que eso es lo que la hace interesante y rica, que gracias a los momentos malos valoramos los buenos, y que tan viva está una lágrima como una carcajada. Pero yo ya me estoy hartando de esta montaña rusa bipolar en que todo es provisional y los momentos felices se gastan como se consume cada cerilla de un paquete que no durará eternamente. Por desgracia, sólo hay una vida y no podemos elegir. La vida es lista y no acepta competencia, sino se quedaría sin clientela, pues a nadie le gusta vivir en una constante maniaco-depresiva. Es la vida la que está psicótica y no yo. Ni vosotros tampoco. Es la vida la que nos parió nihilántropos. Y no hay elección, porque si la hubiera yo escogería un universo plano y estable en el que la mandíbula no doliera después de mucho reír, ni los momentos alegres se desvanecieran en el aire como el efecto de un porro, como un orgasmo (siempre inaprensible); si pudiera me quedaría sólo con el puntillo de la borrachera y no con el patético momento de arrodillarse en el váter a vomitar, con un eterno día soleado que no secara los campos. Porque la vida puede ser maravillosa quisiera que lo fuera todo el tiempo, y no tuvieramos que sufrir para valorar lo que tenemos o tuvimos o tendremos. Si pudiera elegir no viviría, simplemente sería feliz. Pero algo me dice que eso es imposible, al menos en esta vida.

30 de septiembre de 2007

LOS SUEÑOS DE EARLS STREET

MULA
Que no mienten tanto los poetas. Que sé lo que digo cuando hablo. Que como en inglés, bailo en francés y duermo en italiano. Que me enamoro del primero que pasa. Que mi instinto no se inventa lo que ve. Que son verdad los consejos de mi madre. Que no hay monstruos en mi armario. Que duermo acompañado. Que puedo pasear por Glasgow en manga corta como todos esos escoceses locos. Que mi sonrisa es sincera cuando elijo estar mal acompañado por miedo a quedarme solo. Que me baño en el verde de tus ojos. Que un beso vale más que mil palabras. Que dibujo en el cielo un corazón y borro las nubes negras con el codo. Que no me olvido de nadie; que todos se acuerdan de mí. Que no vuelvo nunca. Que viajo a la Luna en cohete y me la como. Que Glasgow es un patio de colegio y yo soy el mejor jugando a fútbol. Que no es una excusa, ni un capricho, ni una ilusión pasar la tarde contigo. Que entiendo todo cuando estoy en clase. Que nos lamemos el sudor del cuello y sabe a fresa y kiwi. Que nada me duele porque soy un hombre. Que el silencio no es tan denso y oscuro. Que me pongo una falda de cuadros sin nada debajo. Que no soy yo, ni nadie que se le parezca. Que la felicidad dura más de treinta minutos. Que me divorcio dos veces y critico a mi primera ex-mujer en una cena de negocios fumando un puro. Que no me da miedo la muerte. Que descubro que todo esto vale la pena y hacemos el amor para celebrarlo.

24 de septiembre de 2007

XESCA, 'MON AMOUR'

Es tiempo que reciba un homenaje
la musa del casado del tercero,
que lleva a Peter Pan el equipaje:
Xesca Romero.

La Maura del teatro de la esquina
que llena con su voz el mundo entero,
se lleva el cabaret a la oficina,
Xesca Romero.

Resaca del divorcio en el posparto
de pactos entre ideas de bombero,
alma mater del poso del infarto,
Xesca Romero.

Tan dentro de ti una copla suena
al día antitabaco de un mechero,
tan gata en celo, tan niña buena,
Xesca Romero.

Revierte en arte todo lo que toca,
Lorca renace de su tumba hetero
escuchando sus versos en tu boca,
Xesca Romero.

Adicta del desprecio a los espejos,
gobernanta en la escuela del salero,
castañuelas repican sin complejos,
Xesca Romero.

Me pones cuernos con Shakespeare, Sabina,
Calderón y, sin embargo, te quiero.
El sexo de una flor con gabardina,
Xesca Romero.

16 de septiembre de 2007

EARLS STREET

El primer día hizo sol. Debió ser un espejismo. Bajé del taxi y no sabía si estaba en California o en Barcelona, cualquier lugar excepto Escocia. Me recibieron unos erasmus italianos en la puerta del hostal tan eufóricos y desconcertados como yo, y me llevaron a ver el barrio. En menos de quince minutos de haber llegado ya estaba tomando una pinta de Kronenbourg y viendo un partido de rugby en un pub escocés rodeado de alemanes. Hay erasmus por todas partes. En el primer meeting de bienvenida en la universidad, nos informaron que se han matriculado más de trescientos alumnos extranjeros este curso. Eso fue una alegría al principio, y disfruté de las fiestas, pero en seguida me di cuenta que trescientas personas buscando piso al mismo tiempo es una competencia de alto riesgo.

La lucha ha sido encarnizada. Han habido patadas bajas y codazos en el ojo, pero finalmente, tras una semana, todos parecen haber conseguido un alojamiento. Yo he sido de los más afortunados. Vivo en un piso nuevo de dos habitaciones con una Polaca. Tenemos televisión y lavavajillas. Ella es muy limpia y nunca está en casa. Me siento muy feliz, sobretodo cuando veo los pisos de mis compañeros viejos, sucios y llenos de gente rara que viene y va y cocina y caga contigo.

Mi barrio se llama Particks y está a quince minutos de la Universidad de Glasgow que, por cierto, es preciosa. Una especie de castillo-iglesia. Por supuesto, los estudiantes de filosofía estamos relegados a un barracón a parte con poco del encanto del edificio central. Pero no me quejo, porque no puedo moverme del frío. Sin embargo, me congratula también comunicaros que aquí los alquileres son muy bajos comparados con Londres, y con lo que gané en el hotel, voy a poder pasar una temporadita sin trabajar. ¡Qué feliz soy!

9 de septiembre de 2007

OUT OF ORDER

Entra un norteamericano borracho, sudado y despeinado; rojo como un guiri de la Costa Brava; pelo rubio oxigenado. Se dirije directo hacia mí y me pide dinero. Dice que tiene que pagar un taxi, que es un huésped. Le digo que no puedo darle efectivo. Me dice que lo cargue a su habitación. Le digo que no es posible. Me dice que se lo cobre de la targeta de crédito y se lo dé. Le digo que no, de nuevo. El yanky se desespera, se aparta el pelo mojado de la cara. Me mira con odio. Me pregunta por un cajero automático y yo levanto las cejas. Saco de debajo del mostrador una guía de Londres a lo que él responde escupiéndome un par de gritos entre incontables fucking cosas y puñetazos en la mesa y patadas al mostrador. Yo no hago nada y el tío se va y se mete en el ascensor.

POLYGRAM FILMS

Aparece un negro enorme. Tan grande que entra por la puerta principal de lado. Se acerca hacia mí enfadado, yo sonrío. Me dice que el tío de los puñetazos le debe dinero. Empiezo a dudar de que tal gorila sea realmente un taxista. "Imposible que quepa en un coche", pienso. Entonces, me pide con la amabilidad del mejor mafioso el número de habitación del individuo en cuestión. Le digo que no puedo decírselo. Pone las manos sobre el mostrador. Tiene un gran anillo de oro a juego con uno de sus dientes. Su nariz aletea como un tiburón. Shaquille O'Neal no me daría más miedo.

Un golpe seco me salva la vida. Se oyen gritos en el interior del ascensor. Me acerco para ver qué pasa: el americano se ha quedado encerrado dentro. Golpea las puertas tan fuerte que creo que va tirar el hotel abajo. Grita desesperado, temo que despierte a todos los huéspedes. Subo arriba y trato inútilmente de abrirle, después lo intento desde abajo. Intento comunicarme con el rubio que me insulta repetidamente y me dice que le saque de ahí. El taxista se ríe maliciosamente y espera. Da más miedo que cuando está serio.

"Muy bien, se acabó. ¡Qué vengan los bomberos!". Marco el teléfono de urgencias mientras me pregunto cómo se dice "tío loco atrapado en un ascensor" en inglés. Consigo que la telefonista me entienda y el cuerpo de bomberos llega antes de que a los dos sujetos se les acabe el repertorio de insultos que se están intercambiando. En un abrir y cerrar de ojos, sacan al tío de ahí y de repente todo el mundo habla a la vez y yo no me entero de nada. Un silencio. Todos me miran. ¿Tengo que decir algo? ¿Se supone que yo estoy al mando o algo por el estilo? ¿Qué coño estaba diciendo todo el mundo? El ambiente parece tenso. Esperan que hable, así que le doy las gracias a los bomberos y le digo al taxista que sea tan amable de acompañar al caballero a un cajero automático para que pueda pagarle. Todos salen del hotel y yo me derrumbo sobre el sofá del hall.

Cuando el americano vuelve, me grita de nuevo, culpa al hotel de su torpeza y me increpa por no poner ningún aviso para que los demás huespedes no suban al ascensor que obviamente ya no funciona. Levanto el cartel que estoy escribiendo para que pueda leerlo: "Out of Order". Me muerdo la lengua, pero pienso: "¿No crees usted que luciría muy bien uno de estos avisos en su cabeza?".

Mañana es mi última noche en este hotel y en Londres. Este es mi último post sobre el tema, que ya ha dado más de sí de lo a uno le gustaría. Gracias por aguantarlo. La próxima será desde Glasgow.

29 de agosto de 2007

LOST IN TRANSLATION

"Nunca olvido una cara, pero con usted voy a hacer una excepción" (Groucho Marx, El hotel de los lios)

PARAMOUNT

¿Quién dijo que trabajar en la recepción de un hotel por las noches era tranquilo? Creo que fui yo... ¿Y quién me manda a mí decir semejante estupidez? Estoy hasta los huevos de este hotel. Hoy es la onceava noche seguida que estoy dando el callo, sin días de descanso, y lo que me queda. He trabajado 56 horas esta semana. y no tengo libre hasta el próximo sábado. Es lo que tiene ser un inmigrante. Odio este lugar, al mundo en general y en concreto a esa parte del mundo que se hospeda aquí. Necesito dormir a horas normales. Mi amigo Sergio dice que me vaya acostumbrando, que después del instituto la vida se reduce a trabajar y dormir. Sergio es muy sabio. Claro que para él la vida de instituto se reducía a ir a clase y dormir. Eso cuando venía a clase.

Esta semana, supongo que no lo sabéis, ni falta que os hace, ha sido la final de la liga de rugby inglesa. Es un acontecimiento que me traería sin cuidado si no fuera porque he tenido que lidiar con una legión de hooligans que me hacían abrir el bar a altas horas de la madrugada. Es algo que estoy obligado a hacer, pero de lo que trato de escaquearme a todo costa, porque no se me da nada bien y nadie me ha enseñado. Y porque si viene alguien a recepción se me acumula la faena y acaba todo el mundo estresado, cuando no hay necesidad. ¡Váyanse a dormir, hombre!

Todo sería más fácil si supiera hablar inglés mejor y entendiera sus bromas sexuales. Si tuviera más confianza en el idioma y supiera cómo decirles que dejen de hacer escándalo que se están quejando los demás huéspedes, y que no pueden entrar a prostitutas al hotel y pagarles copas delante de mis narices, aunque fueran las putas las únicas que sabían comportarse. Una de ellas, gin-tonic en mano, me explicaba lo bonita que es la arquitectura en Barcelona, mientras volaban bolsas de patatas sobre nuestras cabezas. Finalmente, tuve que imponerme, poniendo en juego mi vida y aceptando sus burlas sobre mi acento, y mandarlos a sus respectivas habitaciones. Afortunadamente, obedecieron no sin la correspondiente pataleta.

Pero eso no es nada. Es fácil mandar a alguien a dormir en otro idioma. Y decir la mayoría de cosas que tengo que decir. Lo realmente complicado es comprender a la gente. Sigo sin explicarme qué hago yo en este puesto, si no entiendo ni una palabra de lo que me dicen. Bueno, para ser honestos, sí entiendo alguna que otra palabra. El juego consiste en inventar el resto de la frase y ver si aciertas. Cuando pillas palabras como "room" y "breakfast", es fácil: quieren que les lleves el desayuno a la habitación. Lo mismo pasa con "wake up call" (llamada despertador), "check in", "check out" (cuando llegan o se van), etc. El problema es cuando te llaman por teléfono y te piden un "corkscrew" (sacacorchos)... Entonces, ¡la has cagado chaval! No tenéis ni idea de la cantidad de maneras diferentes que hay de pronunciar "pillow" (almohada) o "bedcover" (cubrecama). ¡Es delirante!

Lo peor es cuando no tienen más remedio que bajar a hacerme señas porque la comunicación es inviable y se ponen a gritar deprisa y a mover los brazos como monos muy enfadados. Ahí es cuando, palabrotas aparte, el juego se complica, por la presión añadida. Pillas cuatro palabras, inventas una frase y compruebas si has inventado lo mismo que están diciendo. Con suerte aciertas y te ahorras las miradas de odio, las repeticiones y otras impertinencias. Les das su "connector" (adaptador para enchufes británico) o lo que sea que hayan pedido y se marchan. En el peor de los casos, se alarga un silencio incómodo y te preguntan con el ceño fruncido:

Do you speak english?
I think so.

Hasta ahora, la sangre no ha llegado al río y he salido victorioso de todo enfrentamiento. Sin embargo sufro cada cliente y tengo ganas ya de mejorar este inglés mío tan cañí, para que no me sea tan duro atender a indeseables snobs cuyas caras tratas de olvidar a toda costa. Para no sentir más esa incertidumbre aterradora de buscar dentro de ti todo lo que se pierde en tu traducción mental. Parece que es verdad que a las palabras se las lleva el viento. Ojalá a las personas también.

20 de agosto de 2007

NIGHT MANAGER

Es mentira que en Londres haya niebla por la noche. Sólo hay lluvia y viento; y prositutas y españoles borrachos; y gente bebiendo en la puerta de los pubs; y taxis que circulan por la izquierda. Si te alejas del centro, ni siquiera eso. South Kensington, donde está el hotel donde trabajo, es un barrio residencial acomodado, pijo y aburrido. A pesar de estar en el centro, está completamente muerto. Londres es una ciudad de contrastes. Lo mismo estás en una calle del Soho rodeado de locales de ambiente, que giras la esquina y te encuentras en Chinatown con cincuenta restaurantes orientales idénticos uno al lado del otro. Cambias de temática radicalmente solo avanzando, como si estuvieras en Port Aventura.

BBC

South Kensington es el barrio que los los ricos ingleses necesitan. Por aquí nadie pasa, excepto ellos. Las aceras están llenas de BMWs y Mercedes y monovolúmenes. Las calles están vacías. Ni siquiera hay policías, no los necesitan. De igual forma que mi hotel no necesita guardia de seguridad. Cualquier hotel que se precie tiene uno, además de un recepcionista (aquí mismo tengo, por ejemplo, una caja fuerte llena de dinero de toda la gente que paga en efectivo), pero en Barkston Garden Hotel saben que no hace falta. Aquí no hay robos. Me siento más tranquilo desde que sé que en este barrio los ladrones tiene un nivel de vida más alto que el mío.

Mi cargo es night manager, que viene a ser algo así como "chico para todo nocturno". Eso hace mi trabajo (por llamar de alguna manera al rato que paso aquí) más monótono, aunque también me permite hacer lo que me venga en gana. Ahora mismo son las cuatro de la mañana y estoy escribiendo esto, disfrutando del wifi de recepción desde mi portátil. No hay nada mejor que hacer. Es lunes, no hay clientes nocturnos. Los sábados, algunas veces, aparece alguna pareja inquieta en busca de un colchón. Atiendo a menudo, los fines de semana, a cuarentones con anillo de casado, acompañados de mujeres teñidas de rubio y con minifalda que cuestan el doble que la habitación. Siempre pagan en cash y nunca piden recibo. Pero entre semana nadie folla.

Así que me adapto bien, a pesar de mi reticencia inicial, y disfruto, ahora que mi cuerpo se ha acostumbrado a dormir después del desayuno, y dedico mi tiempo a escribir, leer, conectarme a internet, hacerme bocadillos con la comida de los huéspedes, zappear por los cien canales de la televisión y prepararme cafés. Mi jefe interior está contento, porque lo poco que tengo que hacer lo hago y lo hago bien. Y mi nivel de inglés mejora ligeramente, a pesar de la poca paciencia de algunos huéspedes que, al igual que muchos en España, repiten más fuerte y sin vocalizar aquellas palabras que no entiendes, sin decirte ningún sinónimo o definición que pueda ayudarte. Se limitan a gritar, sin hablar más claro, como si así consiguieran que las palabras penetraran en mi cabeza y tuviera una revelación. Anécdotas ya tengo unas cuantas, para alegría de mi guionista interior, que es copión y perezoso, pero ya las contaré otra noche, que está apunto de empezar The X Factor en la ITV1. ¡Ah! Se me olvidaba: por la mañana me traen el desayuno y el Times. ¿Se puede vivir mejor?

11 de agosto de 2007

BARKSTON GARDENS HOTEL

"Only work and no play makes Jack a dull boy!" (Jack Nicholson, The Shining)

WARNER

Yo no he nacido para trabajar, ¿por qué negarlo? Soy un vago, un niño mimado. Me gusta que las cosas me lluevan del cielo y no entiendo eso de que cuánto más esfuerzo cuesta algo, más satisfecho te sientes al final del resultado. Me suena masoquista. A mí no hay nada que me haga más feliz que algo me salga bien esforzándome muy poco. Hay quien dice que soy listo, hay quien dice que tengo un morro que me lo piso. Reconozco que trabajando soy perezoso, gruñón, quisquilloso, incompetente, interesado y gandul, pero es que odio tener que hacer algo sólo por dinero. ¿Vosotros no? Algunas personas me detestan por eso. No les culpo. Yo también sentiría desprecio por una persona así, si tuviera que ser su jefe. He aquí la cuestión. Queridos nihilántropos, por un giro inesperado del destino he conseguido trabajo (os juro que he buscado con muy poco interés) y la vida, que parece tonta pero no lo es, me da una bofetada en forma de ironía trágica: me ha tocado ser mi propio jefe.

El trabajo en cuestión consiste en no hacer nada durante ocho horas, tres o cuatro noches por semana en la recepción de un hotel de lujo. Es tedioso hasta doler. Y así se suma a mi incontable lista de trabajos aburridos en los que se me paga sólo por estar ahí. Ni siquiera practico inglés porque nadie me habla. Al menos, me dejan saquear la nevera y poner la BBC en el hall.

En realidad no es un mal trabajo. Me pagan bien. No hago nada. Así que (una vez más) puedo gastar el tiempo de mi jornada en lo que me plazca, como leer o escribir. Lo que no me gusta, y ahora viene ese aspecto feo y deshonroso de mi persona, es que es demasiada responsabilidad. Un hotel entero para mí solo, sin jefe, sin nadie que me ordene, sin nadie a quién pedir ayuda y nadie que dé la cara por mí... Esto de hacerme un hombre se me está atragantando. Ya sé que tengo 25 años, pero es que la madurez me da urticaria. Todo el mundo lo sabe, excepto los ingleses. Nadie, excepto ellos, en su sano juicio me dejaría un hotel entero a mi cargo... y con mi nivel de inglés. ¡Estos british están locos! Y quieren volverme loco a mí también. Porque será un milagro si no acabo desquiciado entre tanto silencio, soledad y magnificencia de cuatro estrellas. Anoche ya me parecía ver salir un río de sangre del ascensor, así como creí encontrarme unas gemelas descuartizadas en el pasillo durante mi ronda de las 3. Afortunadamente, dentro de un mes me voy a Glasgow, eso si antes no me encuentrar colgado en la habitación 237.

4 de agosto de 2007

AFLICCIÓN

Ni tú eres tan perfecto, ni yo te quiero tanto,
ni creo en los flechazos ni casi en el amor.
Si no me quedan lazos que auxilien este llanto,
me largo de tus brazos, Cupido es un traidor.

Te enseño mis entrañas y apartas la mirada,
certezas que a lo lejos son dignas de olvidar.
¡Malditos los espejos que enturbian la velada!
¡Malditas las ficciones que nunca volverán!

Quizás yo no he sabido vivir libre y vehemente
tu cama que es un lienzo pintado por detrás.
Tampoco me avergüenzo delante de la gente
del beso que te pido y no me quieres dar.

¿Quién será mi consuelo las noches que no hay luna?
El hueco de mi cama, ¿qué bálsamo tendrá?
El alma por los suelos más sola que ninguna,
cenizas de una llama que no aprendió a llorar.

Cuando estoy despechado nunca me falta un verso
que alivie mi paciencia soltando un buen capón.
Ni yo soy tan malvado, ni tú eres tan perverso.
¡Qué angustia de conciencia, qué risa de aflicción!

Porque soy tan sincero, porque siempre me engaño,
contigo empate a cero en espontaneidad.
Recuerda que es más fácil, cuando algo te hace daño,
sentirlo verdadero sin serlo de verdad.

Malditas sean las letras que pueblan mis canciones.
Malditos sean tus labios, malditos los demás.
Tu rostro en mi recuerdo, patada en los cojones,
tan dulce y tan extraño, difícil de olvidar.