3 de diciembre de 2011

HORROR VACUI

"La gente no quiere que les arregles la vida. Nadie quiere que le solucionen sus problemas. Sus dramas. Sus congojas. Ni quieren resueltas sus historias. Ni sus líos. Porque, ¿qué les quedaría? Sólo lo desconocido, grande y aterrador" (Superviviente, Chuck Palahniuk)

POLLOCK
1. Mi padre ha descubierto desde que se ha jubilado que le gusta descargar películas de internet. No le gusta ver películas. No te confundas. No le gusta gusta ir al cine. No le gusta para nada. Ni siquiera cuando las dan en televisión siente el más mínimo interés. Le gusta descargarlas.
Cada mañana a las 8, papá se levanta, enciende la televisión y le quita los pañales a mi abuela. Cada mañana, cada día de su vida, desayuna café con leche y una magdalena, y pone a descargar Las Aventuras de Simbad. La Última Vez que vi París. El Rabino y el Pistolero.
Y nunca las ve.
No sé si lo entiendes. No las ve: las acumula.
Mi abuela ha perdido la cabeza más o menos desde que ha dejado de dominar sus esfínteres. O ha empezado a mearse encima desde que escucha voces que no existen. Según se mire. No sé lo que sucedió primero pero es, en esencia, lo mismo.
Así que mi padre, la sienta todas las mañanas frente al televisor encima de dos toallas y guarda en el disco duro American Gigoló. Confidencias a Medianoche. El Estrafalario Prisionero de Zenda.

2. Una tarde intento escribir un artículo sobre Ciudadano Kane que me ha encargado mi profesor de historia. Se trata de exponer si es una crítica o un elogio del periodismo. Son las cuatro y después de Saber y Ganar, mis padres cambian a Sálvame. Mi abuela ya ha empezado a farfullar:
Ya sabe usted que en esta casa sólo vive gentuza y está todo lleno de mierda.
Yo no sé qué decir de Ciudadano Kane. Podría escribir cualquier cosa. Pero la hoja sigue en blanco.
Ésta no es mi familia. Son unos impostores que me engañan y se comen mi comida y me roban el dinero.
Las frases de mi abuela se confunden con un debate sobre el retorno de Karmele Marchante. Kiko Matamoros la llama engendro. Lydia Lozano la llama mal compañera.
Mi padre cree que Karmele es imbécil. Mi madre la considera divertida.
Duermo en una cama llena de bichos que por la noche me comen el pelo- añade mi abuela.
La discusión sube de tono. Me pongo un lápiz en la boca. Jorge Javier intenta poner orden. Se está descargando La Guerra de los Rose. Cómo Matar a la Propia Esposa. Mi padre dice: "Cállate". Yo escribo una frase ingeniosa sobre el uso de la cámara de Orson Welles.
Mi madre dice a mi padre que todo le parece mal y que no grite. Mi padre dice a mi madre que siempre le tiene que llevar la contraria. Mi abuela dice "gentuza". Mi madre dice que nos van a oír los vecinos. Belén Esteban dice algo de la regla de Karmele. Mi padre dice: "coño", "joder". Mi madre dice "ya está bien".
Borro todo lo que he escrito. Intento volver a empezar.
El Hombre de una Tierra Salvaje.
Infierno de Cobardes.
Las Sandalias del Pescador.

3. Salgo de la habitación con paso firme.
Papa, ¿cuántas películas tienes descargadas?
Dos mil o tres mil.
¿Cómo? se escandaliza mi madre.
Mi padre sugiere:
¿Quieres ver alguna?
No. Sólo quería saber el dato.
¿Dos mil o tres mil? insiste mi madre.
¿Tienes Ciudadano Kane?
No dice mi padre.
Vuelvo a la habitación y pongo un cd de Mika para mitigar el ruido de fondo. Pero todo suma. Mi abuela. Mis padres. Sálvame. Mika.
Casi no puedo escuchar mis pensamientos: Ciu-da-da-no Ka-ne. Ciu-da-da-no Ka-ne...

4. Llega la noche y no he sido capaz de escribir ni una línea. Ni una palabra. La imagen de la página en blanco, vacía, me horroriza. Todo está en calma.
Le pregunto a una compañera: "¿Has escrito el artículo sobre Ciudadano Kane?". Me cuenta que no todavía, pero eso no me hace sentir mejor. Me dice que tiene cuatro cumpleaños esta semana. Le pregunto qué va a hacer. Dice que va a ir a los cuatro. Le digo que eso es imposible. Me dice:
-Sí. Dos el viernes y dos el sábado.
Pienso: "Está loca".
Cuando me meto en la cama repaso mi horario de mañana. Levantarme. Trabajar. Comer. Escribir. Ir a la universidad. Reunión de teatro. Cenar. Escribir. Acostarme.
Pienso: "Estoy loco".
Conozco gente que trabaja once horas diarias y ni siquiera come, pero eso no me hace sentir mejor.
Entonces, cierro los ojos y me enfrento al vacío más absoluto: oscuridad y silencio. No se escucha ni el ruido de la nevera.
Agarro las sábanas con fuerza y aprieto los ojos. Mis rodillas chocan entre ellas. 
Escondo la cabeza bajo la almohada. El sosiego silba en mis oídos.
Ni un solo sonido.
Hasta que no me duermo, no dejo de temblar.

22 de noviembre de 2011

EL EFECTO IMITACIÓN

"I am an emotional plagiarist, stealing other people's pain, subsuming it into my own until I can't remember whose it is anymore" (Sarah Kane)

Aquella noche tampoco pude dormir bien. Ganó el Partido Popular por mayoría absoluta y soñé que unas gaviotas me comían los ojos. Es cruel celebrar las elecciones un domingo. ¿Cómo quieren que al día siguiente vayamos a trabajar como si nada? En Inglaterra, se vota un viernes y así luego puedes ir a emborracharte y tratar de olvidar.
Pero yo vivía en España y aquel lunes funesto, la frecuencia habitual de la línea uno había sido interrumpida por una tercera persona. Yo que nunca entendí los eufemismos, miré el reloj mientras el resto de pasajeros clavaban sus ojos en las vías desde el andén. Yo me preguntaba:
¿Una tercera persona? ¿Y las otras dos?
"Veintiocho suicidas se tiran cada mes a las vías en Barcelona, sumando metro y ferrocarriles", decía una estadística de la época. Me lo explicó mi profesor de redacción informativa. Un acuerdo con los medios silenciaba este dato, al parecer, porque existía la creencia de que si se supiera, se produciría un efecto imitación y los intentos de suicidio se multiplicarían.
Como si veintiocho al mes fueran pocos.
El caso es que todos a mi alrededor miraban los raíles como cuando miramos el mar en primavera. Yo era joven todavía, no estaba casado. Mis amigos habían empezado a hacerlo: primero una pareja; al cabo de un tiempo, dos más; y en seguida empecé a tener tres bodas al año. Algunos ya tenían hijos. Primero una pareja; al cabo de un tiempo, los demás.
Eran unos años en que si te quedabas en paro, todos a tu alrededor estaban en paro. Si tu pareja te abandonaba, te salían amigos solteros por todos lados.
Y yo no conocía a nadie que hubiera votado al PP, pero ahí estaba Mariano botando en el balcón de la calle Génova.
Los altavoces del metro insistían en lo de la tercera persona y una mujer con un niño paseaba al borde del andén. Como cuando te dicen: "No pienses en un elefante rosa", y entonces no puedes pensar en otra cosa.
Yo nunca vi a nadie tirarse a la vía, pero ahí estaba la estadística. El metro tardó en venir.
Eran tiempos oscuros.

12 de noviembre de 2011

ZAPPING

"Pareciera, en efecto, que las masas se equivocan y los individuos siempre tienen razón" (Boris Vian)


... despierto cada madrugada exactamente a las 5:03 a.m. con la sensación de que nunca más volveré a dormir. Intento pensar en algo que me inquiete para justificar el insomnio. Busco fantasmas en las sombras del techo y las cortinas y cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad, sé que estoy perdido. Me pongo la almohada en la cara. Se me ocurren un par de ideas para una obra de teatro, pero no me levanto. No estoy tan desesperado todavía. De madrugada, todas las malas ideas parecen buenas. Y como yo nunca he sabido...

¡Clic!

... sostiene la puerta con la mano, le beso en los labios. No se aparta. No se acerca. Mira al suelo. El color de su piel desnuda contrasta con el blanco de sus calzoncillos Calvin Klein y yo le digo: "Lo siento". Le acaricio la mejilla con el dorso de mi mano pero ha decidido dejar de mirarme. Y me dice: "No te conozco". Y poco a poco va entornando...

¡Clic!

... que yo conocía y tiene piercings en lugares de la cara que parecen escogidos al azar. Sus dos amigas están sentadas en el asiento de enfrente y no paran de reír. El vagón de metro se tambalea y eso les divierte. Yo observo en silencio. Y entonces dice: "¿Habéis escuchado lo del hombre que ha decapitado a su hija de 18 meses con un cuchillo de cocina?". Se ríe otra vez. "Dice que lo hizo porque el diablo se lo había pedido". Parece que esté explicando el mejor de los chistes. Entonces, se señala el pecho y tres viajeros no apartan la vista de sus tetas. "Era de Girona... como yo". Y se ríe con el orgullo de...

¡Clic!

... le caen dos ríos de lágrimas como a un dibujo animado. El viento las arrastra y desordena su flequillo. Con la torre Agbar de fondo, parece una escena de película. En un segundo me siento tentado a detenerla y preguntarle: ¿qué te pasa? Pero llego tarde a la universidad y hace frío y camino en dirección contraria. Nos cruzamos y en seguida queda atrás. Cuatro pasos por delante, se acerca un chico que me resulta familiar. Es el tipo que hace de Homo APM en...

¡Clic!

... que no soporto el ruido y no me salen las palabras. Tengo que entregar mañana el artículo de Historia del Periodismo y mis padres tienen a todo volumen Sálvame. Es en esos momentos...

¡Clic!

... desesperante. Requiere un gran nivel de concentración y empiezo a dudar de que consiga al fin dormirme. No puedo relajarme si tengo que visualizar el animal saltando y saliendo por un lado y otro entrando y saltando otra vez. Así que imagino un pincel que dibuja en el aire los números. Empiezo a contar desde cien hacia atrás. Noventa y nueve. Noventa y ocho. Noventa y siete. No puedo dormir. Noventa y seis. Noventa y cinco. Cuando llego a cero, vuelvo a empezar. Esta vez desde doscientos. Ciento noventa y nueve. Ciento noventa y ocho...

¡Clic!

... ciclista que se cruza en una curva con una mujer que le grita: "¡Cerdo!". El hombre indignado responde: "¡Puta!" y se lamenta de la mala educación de la gente. Al girar la curva, se encuentra un cerdo enorme y ya no tiene tiempo de frenar. Tropieza con él y se cae por el barranco y muere...

Shutdown.

24 de octubre de 2011

GRITOS DEL MÁS ALLÁ


Cuando Strómboli Teatre me ofrecieron escribirles una obra, me sentí muy halagado. Después, Sergi Gómez, el director, me explicó el proyecto y me cagué un poco.
Queremos hacer un espectáculo tomando la estructura de los libros de Elige Tu Propia Aventura. Partiendo de una historia, desarrollar cuatro líneas argumentales y dieciséis finales.
Yo miraba el esquema y pensaba: "se han vuelto locos". Por otro lado, el encargo era un bombón y acepté el reto. Me dieron total libertad y, además, tenía que escribir los personajes a medida, lo que es siempre de agradecer. Teníamos claro que era una comedia pero, pensando en los libros en los que nos basábamos, decidí que tomara forma de cuento de terror, con todas sus consecuencias.
Así nació GRITOS DEL MÁS ALLÁ, obra que lleva ya varias semanas en cartel, cosechando un gran éxito y de la que me siento muy orgulloso. Los actores están en estado de gracia, la dirección es impecable, la presentadora divertidísima... Humor, terror, intriga, secretos... Y todo eso en un formáto en el que tú decides el desarrollo de la historia. No os lo perdáis, de verdad que vale la pena.

TEATRE LLANTIOL
(C/Riereta, 7)
Todos los MIÉRCOLES a las 20:30h

17 de octubre de 2011

MI PUERTA

I.

Mi puerta sigue abierta aunque tu miedo
no se atreva a pasar sin pantalones.
Se abrió con tu sonrisa y el enredo
entre mis dedos y nuestros botones.

¿Cuándo vas a volver a mi regazo?
Si no me perteneces, nada es mío.
Puedo ofrecer a cambio los pedazos
de un corazón al borde del hastío.

Vivir sin ti es un ángel en un pozo,
una copa de vino para cuatro,
un espejo partido en varios trozos,

un jilguero difunto en la oficina,
un mendigo en la puerta de un teatro,
un actor sepultado en la rutina.

II.

Mi puerta sigue abierta todavía
aunque ya no te acuerdes de mi mano
y borren de tus ojos la alegría
las fugaces tormentas del verano.

No pido que te rías en plan tonto,
sólo digo que entres cuando quieras.
Si tiene que ocurrir, que ocurra pronto,
si tiene que morirse, que se muera.

Mi vida sin ti, mi peor derrota,
el ladrido de un perro en un desguace,
las rimas del cuaderno de un idiota,

el sordo desconsuelo del fracaso,
un niño que no sabe lo que hace,
un dandi con zapatos de payaso.

10 de octubre de 2011

GAMBIA: Capítulo final

El Sheraton es un hotel de cinco estrellas que teníamos justo delante de casa. Son un engorro este tipo de hoteles, acaparan toda la playa y no puedes pasar. Cada vez que bajábamos al mar teníamos que rodear su enorme recinto y dar toda la vuelta. Tardábamos mucho. Por el camino se nos iban acoplando niños o rastafaris que nos contaban su vida. Al llegar a la playa, paseábamos hasta la zona privada del Sheraton y todos nuestros acompañantes se despedían de nosotros. Había una frontera invisible que se negaban a traspasar. Un negro no puede entrar a según qué sitios a no ser que esté trabajando.

SHERATON
Un día nos cansamos de dar la vuelta y decidimos colarnos en el hotel. Nos pusimos nuestras mejores ropas de piscineros: gafas de sol baratas, sandalias y sombreros. Y con la cabeza bien alta cruzamos la caseta del vigilante y pasamos bordeando la barrera. El tipo se nos queda mirando.
Good morning.
Good morning.
Era evidente que nadie entraba a ese hotel caminando. No tenía puerta de entrada. Solo carretera. Quién se paga un hotel de cinco estrellas sale con chofer y más en un país como éste. Los sacan en coche y los llevan directamente a los lugares más turísticos y poco más, no sea que se vayan a asustar.
Pero tenemos la suerte de ser blancos. Un empleado negro por mucho que vea claramente que nos estamos colando no va a decirnos nada por el simple hecho de ser blancos. Y así es como pasamos el hall y hasta empezamos a hacernos fotos. Había tanto lujo que daban ganas de gritar:
Champagne for everyone! pero no lo hicimos.
En lugar de eso, Ainhoa gritó: "¡Por el ascensor! ¡Bajamos por el ascensor!". Los recepcionistas no dijeron nada y bajamos a la piscina.
Nos sentamos en el bar y el camarero nos preguntó por la pulsera. Le dije que queríamos pagar en efectivo.
Ok. No problem.
Gambia no problem. Así fue como nos tomamos las primeras cervezas frías de todo el viaje.
El último día, volvimos al Sheraton. Se había vuelto una especie de adicción. Un capricho irrenunciable. Nos acompañaban Omar, Israel y Kalipha que habían madrugado esa mañana para traernos mango. Al llegar a la puerta del resort empezaron a despedirse de nosotros.
"Un empleado negro nunca le va a decir nada a un turista blanco. Nos hemos colado varias veces. ¿Qué pasa si invitamos a unos niños negros a entrar con nosotros?", nos preguntamos.
Y sin pensarlo ni un segundo, les cogimos de la mano, uno cada uno y pasamos al recinto. Los niños alucinaban, nunca habían visto nada semejante. Los trabajadores del hotel les silbaban y bromeaban con ellos.
¡Qué suerte habéis tenido! les decían.
Y vieron el hotel, la piscina, nos bañamos en la playa. No podía vérseles más felices. Pasamos un par de horas jugando y charlando.
El remate fue al marcharnos cuando a alguien se le ocurrió preguntar:
¿Alguna vez habéis subido en un ascensor?
¿Recordáis la primera vez que subisteis en un ascensor? Yo no. Ningún europeo puede acordarse de algo así. Es una experiencia banal, cotidiana, sin ninguna emoción. Pero para esos niños fue el colofón de una gran aventura. Sus caras en el ascensor de cristal eran como de montarse en la montaña rusa. Y les divirtió tanto que subimos y bajamos todo el hotel dos o tres veces contemplando el mar desde la ventana. Siempre recodaré ese momento.
Pasadas las semanas, todo el viaje parece un largo sueño. A veces me pregunto si realmente estuve ahí y viví todo eso. Por suerte están las fotos y los vídeos. Y mis amigas diciendo que cuando leen lo que escribo sienten que están en Gambia otra vez y lo reviven.
Son viajes que cambian las cosas. Para mí ya nunca será lo mismo llegar a un aeropuerto, ni ir al mercado, coger un taxi, ni subirme a un ascensor. Y eso es lo mejor de todo. No puedo hacer otra cosa que sentirme agradecido.

Gambia is different and it made me different too.

3 de octubre de 2011

GAMBIA: Retorno a Brufut

Las canciones hacen más amena la carretera. Lo triste es cantar por desesperación. Hemos salido tarde de Sutukoba, costaba irse, y sabiendo el camino que nos espera por delante nos desquiciamos de tan sólo pensarlo. La madre de Bakary no paraba de llorar cuando nos íbamos. Vanessa y Montse tampoco han podido aguantarse las lágrimas. Pero Bakary no ha mirado atrás ni un segundo. Entre coplas, canciones de Sabina, Estopa y gran parte del repertorio del viejo cancionero de campamentos (o lo que de él podemos recordar) atravesamos el río. Han decidido que es preferible volver por el norte; las carreteras están mejor. Además nos permite hacer algunas paradas turísticas.

MULA
Creo que aquí más de uno sabe inglés pero me ha tocado a mí hacer de traductor. El guía es una especie de profesor Tornasol negro, con gafas de culo de vaso, largos bigotes y habla más deprisa de lo que puedo yo pensar. Nos explica el qué y el por qué de unos monumentos prehistóricos. Yo trato de entenderlo todo pero las frases se llenan de lagunas en mi mente y cuando traduzco tengo que rellenarlas con lo mejor de lo que se me va ocurriendo. Nadie protesta.
Algo similar ocurre en una isla en la que se vendían esclavos,la siguiente parada, pero a éste guía, una especie de descendiente de Kunta Kinte, le entiendo mejor.
Anochece y todavía tenemos que coger un ferry para cruzar hasta Banjul. No sabemos si llegaremos a tiempo para el último. Si lo perdemos, nos vamos a tener que quedar a dormir allí mismo y nos devorarían los mosquitos. Pero la cosa se complica cuando vemos en el puerto una larga cola de camiones esperando para embarcar. Hay gente fuera de sus coches, mucho ruido, gallinas correteando. Es evidente que no cabemos todos en el barco y además nos cuentan que algunos puede que lleven esperando todo el día.
Hay militares paseando entre los vehículos. No se sabe si controlan la situación o la complican más. Sutu y Morrow bajan del minibús para hablar con ellos. Se puede respirar la tensión desde aquí. Siguen llegando más y más coches y camiones detrás nuestro. Todo sucede como a cámara rápida, vamos a contrarreloj. Es la primera vez que se les ve estresados en todo este tiempo. Suben y bajan del minibús, discuten en mandinga en tono clandestino. Hasta que finalmente entregan al  militar un fajo de billetes y vuelven a sus asientos. Salo enciende el motor y se gira para decirnos:
Close the windows!
Y sabemos que tenemos que obedecer y casi no podemos ni reaccionar cuando Salo nos pone en marcha a toda velocidad. Esquivamos personas, coches... La gente nos grita. Golpea las ventanas. Escucho algún insulto en inglés. Parece una escena de La Guerra de los Mundos. Hasta que con ayuda del ejército pasamos delante de toda la cola y conseguimos colarnos en el ferry.
En Banjul cenamos en un restaurante justo enfrente de un enorme arco luminoso que el dictador se ha construido para felicitarse el cumpleaños. Venimos de un pueblo que no tiene electricidad y el ostentoso monumento de bombillas de colores nos deja con la boca abierta.
El dueño del restaurante es afín al presidente. Se puede saber porque sólo habla en inglés y wólof y aunque entiende a Bakary se niega a responderle en mandinga. 
En la televisión dicen algo de unos incidentes en Manchester y Londres que no acabamos de entender. Mientras el dueño nos trae la cena dando portazos. 
Si yo siguiera viviendo aquí, acabaría en la cárcel dice Bakary.
Terminamos la cena. Pagamos. El dueño nos mira como oliendo mierda. 
Bakary, ¿cómo se decía 'gracias' en mandinga?
Al salir por la puerta nos despedimos uno a uno, todos los blancos diciendo: "Abaraka". El tipo se sorprende lo justo, pero a nosotros nos sabe mejor que sus patatas fritas.

26 de septiembre de 2011

GAMBIA: Sutukoba

TENLLADO
1. Sutukoba es un pequeño poblado tocando la frontera con Senegal que no tiene electricidad y como no llegan las carreteras apenas recibe visitas de turistas. Cuando el conductor detiene el minibús es difícil saber dónde estamos aparcados exactamente. Es de noche y no se ve nada ahí fuera. Manos y sonrisas y ojos brillantes nos dan la bienvenida desde la oscuridad a través de las ventanillas.
Estoy tan cansado que no distingo si tengo miedo, hambre o sueño o estoy en realidad dormido en algún otro lugar. Por eso bajo sin pensar. Hace horas que no puedo hacerlo. En mi cabeza sólamente ronronea un zumbido como el sonido de un disco de vinilo que ya se ha terminado y nadie le da la vuelta. Pongo un pie sobre el fango y noto muchas presencias a mi alrededor. Como va siendo habitual, damos la mano a todo el mundo con la peculiaridad de que esta vez no veo ni las manos que estrecho.
Caminamos hacia el poblado. Nos guían unos niños. No sé dónde están mis compañeros, creo que un poco más atrás o más adelante que yo, pero sólo escucho hablar mandinga. Intento mantener una conversación en inglés:
Hello, how are you?
Uhm...
I am from Barcelona.
Barcelona. Xavi, Messi, Iniesta.
What's your name?
Xavi, Messi, Iniesta, Busquets.
¿Busquets?
Miro el cielo. Está inundado de estrellas. No sabía que había tantas en realidad. Tropiezo con unos niños que juegan en el suelo en la oscuridad y en seguida se suman al pelotón que ya nos acompaña. Mis ojos empiezan a acostumbrarse a la falta de luz y lo primero que veo es que parecemos el flautista de Hamelín.
En Sutukoba tienen pozos y, como no hay sequía, beben y juegan con el agua todo lo que quieren para sobrellevar el calor. El problema es que no tienen sistema de riego y sólo pueden cultivar durante la estación de lluvias. Aunque no se mueren de hambre, a veces la comida se acaba.
Por eso, ser recibidos con la cena preparada supone una extraña mezcla de sensaciones. Pero el hambre apremia y me siguen faltando las fuerzas necesarias para pensar con claridad.
Las casetas en las que vamos a dormir son mucho más confortables de lo que podíamos imaginar en un primer momento. Tienen un generador que nos proporciona la única luz en todo el pueblo y las camas tienen mosquitera. Eso sí, nos duchamos con un cubo. Una experiencia difícil de describir.

2. Por la mañana, nos recibe el alcalde para darnos la bienvenida oficial. Todo el pueblo está presente. La mayoría son niños. Algunos de los más pequeños, a la luz del día, se acaban de dar cuenta de que no somos negros. Puede que nunca hayan visto gente blanca en su vida. Por eso los bebés lloran y nos miran como si fuéramos extraterrestres. Aun así, son los niños más cariñosos que he visto.
Pasamos toda la mañana visitando a las diferentes familias con tres, cuatro, cinco, seis niños cogidos de nuestras manos y repartimos los sacos de ropa.
Volvemos a nuestras cabañas y poco a poco van apareciendo los niños vestidos con las ropas nuevas combinadas al azar, depende de lo que le haya tocado a cada uno en el reparto. Un niño con un abrigo de borrego se asa de calor con una sonrisa de oreja a oreja. Otro viste una camiseta de El Pato Donald con unos leotardos con estampado de flores. Otro lleva un sombrero y se le van cayendo los pantalones.
Les decimos que ciertas cosas deberían guardarlas para el invierno, pero están tan contentos que no pueden esperar.

3. Vuelve a llover. Eso nos obliga a anular el partido que iba a disputarse en honor a la novia: Chelsea contra el Vanessa Football Club, equipo creado precisamente hoy. Es curioso que un pueblo tan pequeño y apartado tenga varios equipos de fútbol. Algunos de ellos están formados por sólo tres o cuatro jugadores, pero no parece importarles demasiado. Tendríais que verlos correr.
Después de la lluvia, Ainhoa y yo salimos a pasear. Charlamos y saludamos a unos niños que están arando el campo. A la vuelta, la puerta del campamento está cerrada y hay dos niños custodiándola mientras los demás juegan dentro. No hay rastro de nuestros compañeros.
Where are my friends?
Uhm parecen no entender los niños.
¿Tubabu?
Y señalan hacia el bosque. Saber una palabra de mandinga puede ser más útil de lo que parece. De alguna manera, consigo que nos acompañen y nos guíen. Lo cierto es que entrar en el bosque impresiona.
Empezamos a andar y andar. Los niños avanzan delante nuestro con decisión y nosotros les seguimos cada vez más temerosos. Empieza a anochecer. Nos preguntamos si sabríamos volver si anocheciera del todo. No escuchamos ninguna voz. Ainhoa empieza a gritar nombres pero nadie contesta. Los niños siguen señalando al frente y no tenemos más remedio que seguirles.
A ver si nos van llevar a la casa de un vecino blanco...
El niño que va por delante con la bici se detiene para explicarnos algo en mandinga pero no hay manera de entenderle.
¿Te imaginas que nos llevan al cadáver de un blanco y nos lo enseñan señalando: Tubabu, tubabu?
¿Te quieres callar, gilipollas? responde Ainhoa.
Y justo cuando estamos a punto de volvernos, escuchamos las voces de nuestros amigos. Corremos rápidamente hasta ellos y ya respiramos más tranquilos. Ya es casi de noche.
Sois muy valientes de haber venido hasta aquí atravesando esa zona. Está llena de hienas y serpientes nos dice Morrow.

19 de septiembre de 2011

GAMBIA: Viaje a Sutukoba

Cuando Montse llama a la puerta de mi habitación, ya estoy despierto por el dolor de barriga. Son las cinco de la mañana. Ayer empezaron las diarreas. Parece que era algo inevitable porque hemos tomado todas las precauciones y la única que por el momento se salva es Ainhoa. Debe ser inmune al tercer mundo. Yo quería aguantar al menos hasta pasar el viaje a Sutukoba, pero el banquete de boda ha sido fulminante.
¿Qué tal has cagado? me preguntan entre Cornflakes y rebanadas de Bimbo con Nocilla.
Es ya una rutina. Pasamos largos ratos hablando de nuestra mierda ante la cara de espanto de Bakary. Compartir nuestros desarreglos intestinales nos hace sentir más unidos. Lo malo es no poder ni levantarte de la mesa sin que te deseen suerte.
No tardes que en seguida llegará el minibús.
Y así es.

TENLLADO
El día que más duro se me hace alejarme de la taza del váter, llegan puntuales a buscarnos. Afortunadamente, todavía tardamos un rato en irnos porque hay que cargar todos los sacos de ropa para los niños de Sutukoba. Al arrancar, el motor ruge y mis tripas se estremecen como si se preguntaran por qué a Bakary le dio por nacer en la otra punta del país.
Conforme avanzan las horas, el calor aprieta y la carretera empeora. Una vez pasamos la mansión en la que vive el dictador, ya ni siquiera hay nada asfaltado y está todo lleno de baches y agujeros. Entre tanto bote mi pobre culo no sé ni cómo aguanta con su válvula conteniendo la cagalera. Somos capaces de más cosas de las que podemos imaginar.
Los sudores fríos y los retortijones me obsesionan y me llevan a pensar si soy el único o estamos todos igual. Miro sus caras.
¿Será por el puré-batido de la boda? ¿Será por haber tragado agua en la ducha? ¿O de una de esas salsas picantes? Quizás quedaba algo de agua en uno de esos vasos de refresco que cogí. O a lo mejor cogí algún virus en aquella playa de pescadores en la que estuve hablando con aquel niño enfermo. Tenía los ojos amarillos y me pidió dinero para comprarse una mochila para el colegio y yo le dije que no y me aguanté las ganas de llorar. Pero, ahora que lo pienso... ¿se puede coger diarrea por tocar un cocodrilo?
Cuanto más nos alejamos de la capital, en peores condiciones está todo. Y en cada socavón me cago cuarenta veces en el puto dictador de los cojones que tiene abandonado todo el país más allá de donde él vive.
Mierda, cagar, diarrea... Mis vísceras controlan mi mente. Y eso que el paisaje es bello: campos con vacas pastoreando, monos corriendo, granjas con pozos y gigantescos nidos de termitas.
Son los cuatrocientos kilómetros más largos de mi vida. Gambia tiene el tamaño de Asturias y parece que estemos recorriendo la ruta del transiberiano. Y encima cada dos por tres tenemos que parar en los controles del ejército que con cualquier excusa tratan de sacarnos dinero. El problema es que no pueden aceptar sobornos de blancos y eso lo complica todo. Nos preguntan por los sacos, nos los hacen bajar de la baca, los abren, tratan de multarnos, Sutu regatea... Se baja y habla con el militar, le aparta la metralleta y le coge por el hombro en plan amigos. Mientras, Bakary se sulfura porque después de cinco años ya no está acostumbrado a tales injusticias y mucho menos a tolerarlas. Finalmente, se le paga lo que sea y nos vamos.
Y así un control tras otro, tras otro, tras otro y los baches y anochece y mi mente cree haber alcanzado una nueva dimensión, un estado definitivo de no-retorno, una especie de Nirvana del no-cagar sin perder las ganas ni un instante.Y entonces alguien grita:
¡Sutukoba! ¡Ya se ve Sutukoba!
Y todos exclaman y vitorean, mientras yo me alegro como nunca, pero no me atrevo a aplaudir, ni a moverme y simplemente sonrío.

13 de septiembre de 2011

GAMBIA: La Boda

Aunque no es demasiado temprano, nos acabamos de levantar cuando empiezan a llegar hombres y mujeres familiares y amigos de Bakary. Vienen a preparar la boda. Creo que finalmente vamos a celebrarla con dos días de retraso según lo que teníamos previsto inicialmente. Ni siquiera vamos a ir a los juzgados porque resulta costoso y caótico desplazarse y organizar el papeleo. Así que los novios han decidido centrarse en la fiesta, que es lo que más nos apetece a todos.


Los hombres entran a la casa y se sientan en los sofás bajo el aire acondicionado mientras las mujeres se acomodan en el patio, con unos grandes cubos, a cortar fruta y verdura y trocear pollo y ternera. Tenemos gas y fogones, pero no saben usarlo y encienden un fuego allí mismo al aire libre.
Nosotros no sabemos muy bien qué hacer y nos dedicamos a hacer fotos. Las mujeres no parecen muy contentas. Quizás influye que normalmente las encargadas de preparar el banquete pertenecen a la familia de la novia. A lo mejor, también, es por esa razón por la que nuestras chicas terminan troceando la carne junto a ellas. Lo que no me explico es cómo yo termino sentado pelando la fruta junto al hermano de Bakary. No sé si en su cultura eso se debe considerar un moderno o un calzonazos.
Lo peor de ponerte a ayudar no es tu torpeza, es que no sabes cuándo vas a poder dejarlo. ¿Habéis cocinado alguna vez para todos los invitados de una boda?
Colocar los adornos y las sillas resulta finalmente la excusa perfecta para escabullirnos. Si te has criado en una ciudad, no estás acostumbrado a la carne cruda amontonada en palanganas y menos con un centenar de moscas revoloteando y posándose y además el olor. Por eso, los globos, farolillos y serpentinas pueden de pronto ser un gran alivio y con una gran sonrisa dimimulamos nuestro asco cosmopolita.
Dejando todo más o menos listo, llega la hora de comer. Pero como todos están de ramadán, no nos atrevemos a comer delante de ellos. Así que cogemos medio a escondidas un poco de arroz con tomate y nos metemos todos en la habitación de Bakary y Vanesa con los platos en el suelo. Es una de esas imágenes pintorescas que recuerdas sin la necesidad de hacer una foto. Parece un camerino de una compañía de teatro.
La tarde avanza y va llegando todo el mundo. Hay mucha gente y es muy difícil saber quién es cada uno, porque Bakary ha invitado a todo el que le preguntaba por la boda: el jardinero, el hombre que barre la calle, los vecinos... Y nosotros llamamos la atención como una mosca blanca en un vaso de Coca-cola.
Nos vestimos, primero, a la manera europea: camisa, corbata... Pero vamos con retraso y justo empieza a irse el sol cuando estamos listos para empezar. Eso significa que empieza el banquete, queramos o no, ya que es lo razonable después de sus ocho horas de ayuno. Y mientras  Vanesa con el vestido de novia espera en la otra casa sentada en un sillón, nosotros nos paseamos tímidamente en el pre-convite. Nos ofrecen un zumo-puré con tanta amabilidad que me duele en el alma tener que fingir beberlo porque está hecho con agua del grifo. En cuanto se despistan, se lo doy a un niño y trato de desaparecer. Pero entonces alguien me trae otro. Disimuladamente lo dejo encima de una mesa y me voy a la otra punta del patio. Morrow me pregunta:
¿Dónde habéis comido hoy? y yo me siento descubierto.
En la habitación, en el suelo admito avergonzado.
Pero Morrow acaba de llegar y me mira con cara de que estoy loco o que debe ser una costumbre europea porque en realidad esperaba por respuesta el nombre de un restaurante. Y yo le sonrío como si fuera una especie de broma y me da otro vaso de zumo-puré y le doy un sorbo con resignación.
Cuando todo el mundo ha comido menos la novia, empezamos.
La ceremonia es muy emocionante. Entra Vanesa, la gente comenta y se encuentra con el novio en el improvisado altar. Álex hace el discurso como representante de la familia de Vanesa. Morrow hace el discurso como representante de la familia de Bakary. Ibra los traduce a ambos.
Es interesante observar, y Morrow nos lo hace notar, cómo siendo de países y culturas tan diferentes, en esencia somos lo mismo. Se nota en sus discursos. Lo que nos pasa por dentro incluso los vínculos son esencialmente idénticos. Esta boda es la fiesta de la tolerancia, el respeto, el amor y la unión de los pueblos.
Tras un fuerte aplauso, reanudamos el banquete y empieza la música combinando canciones africanas y occidentales. Aprovechamos ese momento para ponernos los trajes africanos y eso revoluciona definitivamente a los invitados. La gente enloquece con nosotros y bailamos juntos hasta que nos acaban doliendo los pies. Hace tanto calor que Montse, que no suele hablar mal nunca, no puede reprimirse y, aprovechando que nadie la entiende, exclama: "Me suda hasta el coño". Y mi carcajada se funde con el resto de risas de la fiesta.

31 de agosto de 2011

GAMBIA: Son niños

MULA
1. Si eres un niño gambiano puede suceder que estudies en la escuela británica para aprender inglés y, en el mejor de los casos, una profesión; o puede suceder que estudies en la escuela árabe y dediques tu infancia a memorizar el Corán porque tu padre cree que así podrás salvar a tu familia.
Aunque lo más probable, para ser honestos, es que estés vagando por las calles ya que en casa no hay dinero suficiente para que tú y tus ocho o diez hermanos estudien y, por lo tanto, lo mejor que puedes hacer es perseguir a los turistas, tratar de vender algo o cuidar de tus hermanos bebés.
En Ramadán explica Bakary no sólo ayuno. Tienes que hacer también buenas acciones.
Este año Bakary no está haciendo el Ramadán porque está con nosotros, aunque no parece preocuparle demasiado. Bakary se pasa todo el año haciendo bien por los suyos, mandándoles dinero y todo lo demás.
También tienes visitar tus padres cada mañana, si están cerca.
Por eso Bakary está contento hoy. Va a poder visitar a su madre porque vamos a la casa donde está ella a buscar unos sacos de ropa para llevarlos a Brikama.
¡Tubabu, tubabu!
Hoy hemos traído caramelos para los niños. Como ya tenemos a unos cuantos persiguiendo el minibús, Bakary nos dice que los saquemos y les demos. Pero el minibús no se detiene y no nos atrevemos a tirárselos como si diéramos de comer a las palomas. Bakary, sin complejos, empieza a lanzar los dulces. A partir de ahí algunos de nosotros le imitamos tímidamente mientras los niños se multiplican. Esto parece la Cabalgata de los Reyes Blancos.
Cuando los niños empiezan a golpear los laterales del minibús corriendo descalzos junto a las ruedas, pasa a parecernos más una especie de safari obsceno. Una vez tenemos algunos subidos al guardabarros y otros empujándose entre ellos, decidimos parar ante la posibilidad de que alguien salga herido por nuestra buena acción.
Bakary, serio y estricto, les suelta lo que parece un sermón. Tiene madera de profesor. Debe haber unos cuarenta niños, pero se las apaña para organizar una fila y darles un par de caramelos a cada uno.

2. El primer día que no llueve, no dudamos en bajar a pasear por la playa. Una extraña sensación de paz y nostalgia se mezcla con arena entre los dedos de mis pies. Contemplo la inmensidad del océano con sus aguas turbias por las tormentas y el cielo infinito. Para los mediterráneos, observar el Atlántico es como ahogarse en un mar de gigantes. La solitaria playa contrasta con su propia vastedad y sus árboles enormes.
Un niño con una bicicleta a la que le falta un pedal me pregunta cómo me llamo.
My name's Israel and I study in the British School.
Mientras me acompaña en el paseo, los demás hacen fotos. Israel quiere ser médico o periodista para poder ayudar a su familia. También le gusta la música. Ahora tiene trece años y tiene que vender mango para pagarse el colegio.
Omar y Khalipha, sus dos amigos que han bajado a la playa junto a él, se encuentran en una situación similar.Nos mojamos los pies en la orilla llena de algas. No apetece mucho meterse a pesar del calor, pienso, mientras ellos escriben sus nombres y frases en la arena. Demuestran que son listos y su inglés es impecable.
Khalipha, el más pequeño, tiene un trozo de papel y un bolígrafo que ha ido a buscar al chiringuito más cercano.
We don't need money. We need a sponsor to pay our studies.
Suena muy sensato. Cuando terminen la educación básica no podrán permitirse estudios superiores ni mucho menos una carrera en el extranjero, lo que de verdad les aseguraría un futuro.
Israel me entrega la hoja con sus datos y yo les escribo una dirección de e-mail y un teléfono falsos, cambiando sólo una letra o un número por si me preguntan. Pero ellos no desconfían y yo me siento un poco idiota. Son extremadamente educados. Ni siquiera me piden que yo sea su patrocinador, simplemente buscan ayuda para conseguir uno.
La mañana avanza y así nuestro paseo con los niños que siguen dándonos las gracias por dejarles acompañarnos. Nos sentamos en un chiringuito de rastafaris y ellos se ubican a un lado respetando nuestro espacio. Decidimos pagarles una coca-cola y el gesto les emociona sobremanera. De inmediato, con cierto apuro, nos explican que están haciendo el Ramadán y que no pueden beber pero que aprecian el regalo y les llega al corazón. Sólo Khalipha se la bebe, quizás porque es el más pequeño.
Más tarde hablamos de Dios. Israel dice que reza todos los días para que esté con él y le ayude a conseguir un futuro mejor. Yo le digo: "Estoy seguro de que Dios te va a ayudar". Khalipha dice: "Si tú te ayudas a ti mismo, Dios también te ayudará". Y siento que tiene razón.

3. Desmond, el jardinero que cuida nuestra casa, viene a buscar a Bakary durante el desayuno al día siguiente. Hay alguien en la puerta. En seguida, Bakary vuelve a buscarme a mí:
Iván, tus amigos han traído algo para ti.
Al salir, me encuentro a los tres chavales con una gran bolsa llena de mangos y también unas naranjas.
This is a present for you!
Isa inspecciona los mangos que tienen muy buena pinta y decidimos darles una propina por el regalo. Ellos insisten en que es un regalo hasta que finalmente aceptan el dinero y unos refrescos. Los niños sonríen agradecidos. Aunque están de Ramadán, se los beberán a escondidas. Son niños. Así es como debe ser.
Israel me dice que nunca olvidará lo que le dije de conseguirle un patrocinador y me da las gracias. Me dice que rezará por mí.
Cuando se van, sus palabras resuenan en mi pecho. No puedo evitar sentirme mal.

20 de agosto de 2011

GAMBIA: El mercado de Serekunda

La boda es dentro de dos días y todavía no tenemos los trajes así que nos acercamos al mercado de Serekunda en el minibús, como viene siendo habitual, y en seguida nos atascamos en el tráfico de siempre. Con este caos urbano no sé cómo la gente es tan simpática y sonríe. Hay que tener mucha paciencia o, más bien, otra filosofía de vida. Aquí no hay prisa, eso es un concepto occidental. Bien pensado, es una cualidad a admirar.
Cierro los ojos cuando llegamos a casa por la noche y sólo veo taxis y más taxis- comenta Ainhoa.
Así que lo mejor es ponerse a mirar por la ventanilla y disfrutar del choque cultural.

TENLLADO
Una de las imágenes más habituales es la de mujeres y niñas transportando cosas en la cabeza. Estoy hablando de cestas enormes de fruta, cajas con ropa, cubos de agua o bandejas con souvenirs de todo tipo. ¿Cómo pueden sostener tanto peso sin romperse el cuello? ¿Cómo pueden mantener el equilibrio desde tan pequeñas? Me alucina. Y también se ve a mucha gente haciendo autostop.
De vez en cuando suben al minibús chicos que no conocemos. No sabemos si son amigos del amigo del primo de Bakary o simples desconocidos, pero ellos parecen entenderse. De vez en cuando Morrow, su tío, baja para controlar sus negocios y luego sabe exactamente dónde esperarnos para volverse a subir. No debe ser difícil, sólo hay una carretera y estamos parados la mayor parte del tiempo; pero no deja de sorprenderme.
Nuestra primera parada es para cambiar dinero. Entramos en la oficina y en seguida nos sacan unas sillas de plástico para que nos sentemos a esperar. Bakary y Morrow negocian el precio del cambio euros-dálasis mientras nosotros casi nos dislocamos el cuello buscando el ángulo del ventilador. En la televisión hay unos dibujos animados estilo Walt Disney sobre la vida de Mahoma. Bakary negocia duramente esta vez, quiere sacarnos el cambio a buen precio. ¿Os imagináis en Barcelona regatear en un banco?
Si alguna vez compráis en un país africano sabed que lo vais a tener que regatear todo y no olvidéis cargaros de paciencia y de humildad. Os van a acosar hasta el punto de cogeros por el brazo y arrastraros hasta su tienda. Al menos eso pasa en Serekunda, donde hoy somos los únicos blancos.
Como podemos miramos unas telas y preguntamos precios. Sólo el hecho de preguntar, ya supone una odisea si finalmente decides irte para seguir mirando. Yo cojo un sombrero tipo Aladdin pero Bakary me dice que ya no se lleva, que es una cosa de gente vieja tradicional, como la boina en España (por buscar un símil rápido) y que a los jóvenes no les gusta. Y entonces me doy cuenta de que es una boda, no un carnaval y lo coloco en su sitio despacio con cierta tristeza.
Finalmente, decidimos comprar nuestros trajes ya hechos y tela sólo para los vestidos a medida de las chicas. Según parece los tendrán en menos de veinticuatro horas; Gambia, no problem.
De manera que entramos a una tienda de tres metros cuadrados en la que tres dependientes nos van enseñando trajes. Los colores son bastante chulos aunque yo los veo enormes.
Las tallas son así, luego les ponemos una cuerda y ya está nos traduce Bakary mientras otros dos vendedores de la tienda de al lado entran para ofrecernos camisetas de fútbol.
Todo es extraño. Las tallas son así pero en ese pantalón cabemos Álex, Roberto y yo en una sola pierna. De hecho, podríamos celebrar la boda dentro suyo pero Bakary ya está negociando el precio. Bakary dice que nunca hay que aceptar el primer precio que te dan porque "siempre quieren ganarte el dinero".
Mientras más vendedores siguen entrando con collares, pañuelos y pulseras, no veo el momento de pagar y salir de ahí. Pagaría por respirar en este momento, pero lo único que hago es dar las gracias a todos los que van llegando intentando así que se vayan.
Ahora me dicen que me lo pruebe. Son las dos de la tarde, me cae el sudor a chorros. ¿Alguna vez os habéis probado un traje en una tienda de tres metros cuadrados rodeados de once personas? Parece que intentamos batir algún tipo de récord. Encima un grupo de curiosos autóctonos se ha acercado a mirarnos porque se está convirtiendo en un gran show. Yo también me acercaría a mirar, debe ser dantesco desde fuera. Pero hoy me toca protagonizar, ¡qué lástima!
Cuando por fin llevo puesto el traje salgo a duras penas a la puerta para que lo vean las chicas y todos los que hay mirando me aplauden. Puede que no esperaran volverme a ver con vida.

16 de agosto de 2011

GAMBIA: ¡Tubabu, tubabu!

En mandinga, tubabu significa blanco. Es algo que se aprende en seguida porque allá donde vayas todos los niños te señalan y te persiguen gritando: "¡Tubabu, tubabu!". No son niños racistas. Al contrario, exclaman de emoción porque les gusta mucho encontrarse gente blanca. Hoy conducimos por unas calles sin asfaltar de Serekunda en las que, llenos de barro, juegan los niños descalzos con neumáticos viejos. En cuanto nos ven, lo dejan todo para perseguirnos. Nos dirigimos al encuentro con la madre de Bakary que no la ve desde hace cinco años.

MULA
Cada mañana, el tío, el hermano, el primo y los amigos de Bakary nos vienen a buscar en el minibús para llevarnos donde nosotros queramos. Sólo tenemos que pagar la gasolina y el alquiler del vehículo que para un europeo resulta muy barato. Son muy serviciales. Y si queremos cualquier cosa, basta con pedirla. Una llamada de teléfono y todo solucionado. Gambia, no problem.
Serekunda es la ciudad más grande del país y eso es sinónimo de caos. Siempre hay tráfico porque sólo tiene una carretera principal. Aquí la gente vive y trabaja de verdad. No como en Senegambia: la zona turística, en la que puedes tomar un desayuno inglés servido por un camarero negro. Es curioso ver lo fácil que resulta viajar y permanecer dentro de una burbuja. Pero sólo hay que tener ojos para ver que cada uno de esos restaurantes y hoteles que dan trabajo a los gambianos tienen un blanco como dueño. Ni se disimula, ni se esconde, ni tiene nada de sorprendente. Porque esto es África.
Atascados en la caravana de coches de Serekunda, rodeados de taxis con los colores de la bandera jamaicana, da la sensación de que esta ciudad sea sólo una calle muy larga con tiendas a los lados y gente caminando. Hay gente por todos lados. Puede que sea por el verano o porque no tienen trabajo y salen a ver si se les ocurre qué pueden hacer para poder comer hoy. Los vendedores se acercan a las ventanas del minibús y nos ofrecen cosas.
Sin embargo, giramos en una esquina y entramos en una calle que ni sabiamos que estaba ahí y ya no hay ni un comercio. Avanzamos. Las calles, llenas de baches y agujeros, están cada vez peor.
¡Tubabu, tubabu!
Cuanto más nos adentramos en las entrañas de Serekunda, más pobre, más real me parece. Cuanto más nos adentramos, más niños nos rodean. Y entonces te acuerdas que más de la mitad de la población de Gambia son menores de edad.
Bajamos del minibús y estamos completamente rodeados. Todos los niños nos quieren dar la mano. Con sus camiseta rotas, todos sonrientes, nos tratan como a estrellas de fútbol. Aquí no suele venir gente blanca así que puede que sea lo más emocionante que les pase en todo el día.
Los niños señalan nuestras cámaras de fotos. Muchos no hablan inglés. Nos señalan la cámara de fotos y posan. Han aprendido. Les encanta. Con las cámaras digitales tienen la oportunidad de verse y, mientras a ti se te rompe el corazón, ellos se divierten como nunca. Empiezo a hacerles fotos y no puedo parar. Sus gritos de ilusión son gasolina para mis dedos.
Estoy hablando de niños de tres, cuatro y cinco años jugando por las calles. Y algunos un poco más grandes llevando a sus hermanos bebés. Está claro que ellos no sienten lo mismo que nosotros al verlos. No se puede echar de menos aquello que nunca has tenido. Eso no quita que quisiera comprarles zapatos a todos. Haciendo las últimas fotos, termino mordiéndome el labio.
Cerca de donde hemos aparcado, hay una casita pequeña. Entramos en ella rodeados de la nube de niños. Pasamos una verja de color azul y en el patio hay un pozo. Una chica da de mamar a un bebé y al vernos nos cede su silla. Le damos las gracias y entramos a la casa. La madre de Bakary no puede resistir las lágrimas al ver a su hijo y éste corre a abrazarla.
La madre de Bakary le dice que se siente muy orgullosa de él.

15 de agosto de 2011

GAMBIA: La llegada

Invierto gran parte de las cinco horas del vuelo a leer relatos de Borges. No nos han dado nada de comer ni de beber, así que desciendo del avión con el extraño convencimiento de ser quizás una apariencia que otro está soñando.
El aeropuerto no está mal para ser un aeropuerto africano, aunque Bakary dice que es pobre y feo de mierda. Es difícil prever lo que te puedes encontrar la primera vez que viajas al mal llamado Tercer Mundo.
Un tío de Mali, amigo dictador. Tío pagó nuevo aeropuerto- me explica.
En el nuevo aeropuerto, con su diseño moderno y sus techos altos, se va la luz cada diez minutos. Bienvenidos a Gambia.
Por primera vez en mi vida tengo que hacer la cola de los extracomunitarios y mientras la cola de los negros avanza deprisa, yo tengo que esperar con los otros blancos. Son las doce de la noche en España o ya he perdido la cuenta. Tengo hambre.
Where do you stay? pregunta el militar.
Como puedo le explico porque no lo tengo muy claro. Pero como a él tampoco le importa demasiado pasamos a how long y en seguida ya puedo empezar a pelearme por mis propias maletas.
La cosa es que la gente camina por encima de la cinta transportadora de equipajes, de un lado para otro sin control y es más difícil de encontrar tu maleta de lo habitual. La cosa es que cuando por fin la ves, resulta una odisea llegar hasta ella. Por suerte, los cortes de luz ayudan a que deje de avanzar lejos de ti. La cosa es que cuando por fin la tengo en mi mano, un joven gambiano se ofrece a ayudarme y me la arrebata.
Por eso hay el doble de gente de lo normal. Por cada turista, aparecen dos o tres mozos de no se sabe dónde.
Bakary está nervioso y nos dice que no dejemos que nadie nos coja el equipaje, pero mi maleta ya se ha perdido entre un mar de piernas. Rápidamente aparto a dos o tres tipos. Todo el mundo parece caminar en dirección contraria. Miro a ambos lados hasta que veo al chico con mi valija esperando en una esquina. Dos pasos y estoy frente a él.
Thank you sonrío aferrándome a una de las asas.
I help you.
No, thank you.
Nuestras manos comparten un momento de tensión empuñando el mismo agarradero hasta que de un amable tironcito recupero lo que es mío y el mozo se va.
Respiro hondo. Busco a mis amigos y los descubro a todos en situaciones similares.
Este chico ha puesto todas mis maletas en un carrito se lamenta Vanessa.
La cosa se complica pero no estoy dispuesto a perder nuestra primera pequeña guerra: me remango y frunzo el ceño. Espero el menor despiste del muchacho y en menos que canta un cocodrilo, ya estamos saliendo por la puerta de ARRIVALS con nuestras cosas, rodeados de una nube de gente que ni la Pantoja en Barajas.
Bakary abraza a su tío, su hermano y sus amigos y mucha gente empieza a darnos la mano. Y ahora otra vez, todos nos llevan las maletas.
Bakary, ¿conoces a toda esta gente?
No.
El chico que ahora lleva mi equipaje me supera en dos cabezas y lleva una camiseta roja un poco sucia.
Bakary, ¿este chico es tu amigo?
No lo he visto en mi vida.
Y otra vez me toca recuperarla.
Los amigos de Bakary nos han venido a buscar en un minibús que alguno de ellos compró ahorrando dinero cuando trabajaba en Europa. Ahora los nueve blanquitos recién llegados, estamos sentados en sus cómodos asientos mientras ellos acaban de colocarlo todo en la baca y el maletero. Venimos con su amigo y quieren que nos sintamos bienvenidos. Por eso sus mujeres nos han preparado la cena.
Esto sí que es un recibimiento de gran hombre blanco bromea Álex.
Supongo que lo es.

2 de agosto de 2011

GAMBIA: Las maletas


Estoy a punto de salir de casa. Tengo las maletas preparadas. No puedo soportar los nervios. Me tiembla el teclado entre los dedos. He visto un trozo de Madrileños por el Mundo en Gambia y me ha puesto más nervioso todavía. Quizás no debería haberlo visto.
Es mi primer viaje fuera de Europa y me siento un pardillo total. No tengo ni idea de cómo me voy a sentir, ni cómo va a ir todo, pero tengo confianza en mis experimentados compañeros de viaje.
Además, yendo con un gambiano es diferente. Nos van a tratar como a familia. O eso creo. Debería aprender cuatro palabras en mandinga para poder ser amable con la gente.
Madre mía, creo que me dejo muchas cosas pero ahora no puedo pensar con claridad. Esta noche estaré en África por primera vez y pasaré dos semanas en lo que puede ser la aventura más emocionante de mi vida. O al menos la primera de muchas.
Me muero de ganas de contaros todo lo que me pase. No sé si tendré conexión a internet, pero me llevo una libreta para no perder detalle.
Hoy llegamos y en dos días tenemos la boda interracial versión africana. Ya nos están preparando un traje a medida. Voy con la mentalidad totalmente abierta para que suceda todo lo que tenga que sucedernos y aprendamos un montón. Y también para disfrutar cada momento.
Me estoy poniendo cursi pero es que no tengo tiempo de escribir nada mejor más que lo primero que se me pasa por la cabeza en este momento.
Me voy que pierdo el avión. Pensad en mí y nos vemos a la vuelta. Os iré contando.

27 de julio de 2011

SÍ, QUIERO. SÍ, CONSIENTO.

Ahora en las boda civiles ya no se da el "sí, quiero". Se dice: "sí, consiento". Creo que es porque es la fórmula legal del contrato matrimonial. En parte, le quita todo el romanticismo. En parte, hay quien considera más "bonito" que les case un anciano soltero que -cuanto menos- se masturba y no tiene ni idea del matrimonio, ni de la familia porque está "casado" con Dios. Supongo que lo dicen por el edificio. Así que todo es relativo.

COLUMBIA
Hoy estuve en una boda. Me hago mayor y mis amigos se casan y tienen hijos mientras yo tengo un blog y voy al gimnasio. Lamentable. Pero hoy no quiero hablar de mí.
Aunque no se valore lo suficiente, hay que ser muy valiente para casarte con una persona de otra raza, proveniente de otro país, otra cultura, otra religión y con sus otros idiomas. Enamorarse no requiere de ninguna valentía. Simplemente sucede. El valor se demuestra según cómo actuemos a partir de nuestros sentimentos.
Sabemos demasiado sobre cómo debería ser nuestra boda perfecta. Es el día más feliz de nuestra vida. Sabemos tanto que no nos dejan pensar por nosotros mismos.
Consentimos o no consentimos que nuestra boda sea igual que todas las demás. Y no sería un problema si no fuera porque así la hemos escogido en el catálogo. Pétalos o arroz, carne o pescado, en un jardín o en una iglesia no debería ser lo más importante.
Deberíamos pararnos un momento a reflexionar antes de dejarnos arrastrar por la corriente de la tradición. La mayoría de los símbolos de la celebración son arcaicos. Representan valores muertos. Pero, ¿y si mi boda no es tan bonita como la de fulanito? La gente opina, juzga. Todos somos culpables. Sin embargo, eso no es excusa para dejarnos anular por los fantasmas de nuestras bodas pasadas.
Por suerte, algunas veces una boda surge espontáneamente y la organización es medio improvisada y no hay dinero que gastar y entonces, en esencia, dejan de importar los vestidos lujosos, los peinados con sus tocados marcianos, el restaurante elegante, la música romántica y la fuente de chocolate y todos sus extras cobrados de antemano. En esencia, lo que distingue a en una boda de otra es la manera en que los novios sonríen.
Y tristemente no todas las parejas sonríen el día de su boda.
Quiero felicitar a los novios de mi boda de hoy por su brillante sonrisa interracial, su valentia y su humildad y por invitarme a compartir un momento tan especial y tan auténtico. ¡Que viva el amor!

16 de julio de 2011

UNA SEMANA DE JULIO

"Desconfío de la incomunicabilidad; es la fuente de toda violencia"  (Jean Paul Sartre)


LUNES.- En mi barrio hay un nuevo solar. O un edificio menos, según se mire. Está cerca de mi casa. Antes había un herbolario antiguo y siniestro. Uno de esos negocios a los que sólo entrarías si quisieras comprar un gremlin. Tenía una fachada sucia y fea, creo. Hace dos días estaba ahí y ya no lo recuerdo con claridad. Hay cosas que te acompañan en la vida sin pena ni gloria pero que añoras si desaparecen. Seguramente el dueño murió y ahora el Ayuntamiento pondrá unos columpios o unos pisos de protección social. Nadie te avisa ni te pregunta para estas cosas. Da la sensación que un día vas a volver de vacaciones y en vez de tu casa vas a encontrarte un solar.

MARTES.- Vuelvo del trabajo y mi edificio todavía sigue en pie. Siento cierta decepción por algún motivo que se me escapa. Llamo al ascensor y en seguida entra un vecino viejo y se pone a esperar conmigo. Mi ascensor es lo bastante lento como para que valga la pena subir cuatro pisos caminando con tal de evitar un silencio tan largo. Pero si picas tú al ascensor no hay escapatoria. El viejo con su bolsa del pan señala las paredes rayadas del ascensor. Me dice: "Los jóvenes ya no respetan nada", mientras yo hago girar las llaves entre mis dedos. Me explica que el ascensor es tan lento porque, al revés que en la mayoría de edificios, el motor está situado abajo y los cables tienen que hacer el doble de recorrido. Le digo: "Qué interesante". Y él me dice: "Eres nuevo". "No, hace tres años que somos vecinos", respondo. Vuelvo a acordarme del dueño de la herbolistería cuyo rostro tampoco recuerdo con claridad.

MIÉRCOLES.- Ya casi han terminado de llevarse todos los escombros de la demolición. Me pregunto si se tomaron la molestia de vaciar el local. Busco entre las piedras restos de tomillo, romero y hierbabuena. A mi lado, varios ancianos contemplan la excavadora trabajar. Yo susurro a las piedras: "¡Gizmo!". No obtengo respuesta. El anciano de al lado fija su mirada en mí y decido marcharme antes de que me pregunte si soy nuevo por aquí.

JUEVES.- En el espejo de mi gimnasio se me ve más ancho de lo normal. No sé si estoy demasiado cansado y alucino con el calor pero si me muevo hacia los lados mi espalda reflejada se ensancha como en un holograma ochentero. Creo que está hecho a propósito como los espejos que te adelgazan de las tiendas de ropa. Me pregunto si la gente elige gimnasio en función de si se ve más o menos ancho en los espejos de la sala de máquinas.

VIERNES.- En el supermercado un tío cachas con camiseta de tirantes blanca discute con un tío con gafas. Parece que el musculoso se ha querido colar y el miope ha protestado. ¿Por qué los macarras nunca tienen problemas de visión? Creo que ese tío va a mi gimnasio. "No te he insultado, he dicho ostiaputa". La discusión no tiene gran nivel pero todo el supermercado está pendiente. Es como la mala televisión. El intelectual no para de replicar al cachas, aunque con la boca pequeña. Parecen dos partes de mí mismo en conflicto pero prefiero no intervenir. "¡Cómo no te calles te parto la cara! ¡Quítate las gafas!". A lo mejor me equivoco pero si el mazao de verdad quisiera pegarle debería quitarle las gafas él mismo o directamente rompérselas de un puñetazo. Salgo del supermercado sin saber cómo termina todo. Me cruzo con el viejo del ascensor que ni siquiera me saluda. Mi casa sigue en pie. Me veo reflejado en el cristal de la puerta de la calle; se me ve todavía más ancho que en el espejo del gimnasio. Si no fuera porque llevo las gafas puestas, me partiría la boca.

9 de julio de 2011

ESTRELLAS EXTINTAS

"Cuando uno está con la mierda hasta el cuello, ya sólo le queda cantar" (Samuel Beckett)


Me asomo a la ventana y no veo ninguna estrella. Son las doce de la noche. No se puede dormir por el calor. Cojo el portátil y me instalo en el balcón. Es el único sitio de la casa en que el bochorno se soporta. Vuelvo a mirar al cielo y sigo sin ver nada excepto destellos rojos y una inmensa oscuridad. ¿Se puede vivir en un lugar en el que no se ven las estrellas?
El ordenador se bloquea, no me deja escribir. Está quemando por la parte de atrás. Me sudan las manos. A este teclado le faltan la 'g' y el acento, así que cada vez que los marco me pincho las yemas de los dedos. Pero hoy nada me detiene.
Es una noche extraña. Ni siquiera hay luna. Se supone que sin luna se vislumbra mejor el firmamento, pero nada. Una solitaria luz parpadeante que se aleja en el horizonte, detrás de las antenas y los tejados de mi barrio es lo único que brilla en el cielo. Un avión que se marcha a otro lugar.
En Glasgow siempre llovía y la gente me preguntaba: "¿Se puede ser feliz en un lugar en el que siempre llueve?". Pero allí la respuesta era sencilla:
No voy a quedarme aquí para siempre.
Nada es para siempre. Todo termina. Todo caduca, muere. Cada lugar, nuestros momentos, nuestros trabajos, nuestros amigos, el amor. Nosotros. Es triste pensar que un día todo lo que hemos conocido dejará de existir y, sin embargo, aquí estamos buscando luces en el cielo.
He escuchado decir infinidad de veces que las estrellas que vemos en el firmamento están ya extintas; que su luz tarda miles de años en llegar hasta nosotros y que por eso vemos en el cielo estrellas que ya no existen. He escuchado en muchas ocasiones la historieta de las estrellas muertas pero nunca le he oído a nadie hablar acerca del nacimiento de nuevas estrellas celestes y, sin embargo, siguen naciendo incluso en galaxias viejas.
A lo mejor se puede ser feliz en una ciudad sin estrellas pero nadie nos habla de eso.
Parece tan difícil.
Nunca he conocido a un matrimonio mayor que encaje en la definición de felicidad que se me ha explicado. Pero en cambio todo el mundo me anima a encontrar el amor de mi vida.
No conozco a nadie que me explique lo feliz que es. Sólo me cuentan sus problemas. Y yo les respondo con los míos.
Muchos de mis compañeros de instituto han terminado convirtiéndose ante mis ojos en grotescos personajes de españolada dramática de extrarradio. Están los alcohólicos. Los que su mundo gira entorno a las drogas. Los que dedican la mayor parte del tiempo a trabajar en algo que odian y cuando están de vacaciones se aburren y no saben qué hacer. Los que tienen el sexo tan presente que parece que estás follando con ellos cuando te hablan. O los que no follan nunca por miedo a las enfermedades, a los demás, al fracaso o a su propio cuerpo. Los románticos que no entienden la vida sin un amor imposible por el que llorar. Y están las anoréxicas y bulímicas de las cuales ya incluso he perdido la cuenta.
Son personas que veo todos los días cuya luz hace tiempo que se ha extinguido y, sin embargo, siguen ahí. Me pregunto dónde estarán las otras personas -estrellas nacientes- que ni veo, ni nadie me habla de ellas.