28 de diciembre de 2010

NAVIDAD ES CARIDAD


Hay sentada delante de mí una de esas mujeres que se lamen los dedos para pasar las páginas cuando leen. Tiene entre las manos una revista cuyo título en letras grandes es La Navidad: el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. En la portada aparece un Belén. Parece un panfleto de propaganda de El Corte Inglés, aunque obviamente es otra cosa.
Cuento las paradas que me faltan para llegar al trabajo. Es uno de esos días en que el metro parece ir más lento y no me gusta ninguna de las canciones que suenan en el ipod. Hoy me da lo mismo sentarme que viajar de pie.
Observo a la gente a mi alrededor, como de costumbre. A mi izquierda, otra mujer más joven lee un artículo: Ahondando en la palabra de Dios. Intento leer por encima de su hombro, pero pasa la página. Cómo ganarse el cielo. Y casi no me deja ni leer dos líneas y vuelve a pasar. Defender los Valores de la Navidad Cristiana. Y en la siguiente vuelta de hoja, me doy cuenta. La vida después de la Muerte: hacia un lugar mejor. Es la misma revista que lee la mujer de delante.
Me faltan cinco paradas. Esto empieza a ponerse interesante. No parecen amigas, ni se miran ni se dirigen la palabra, pero pasan las hojas exactamente de la misma manera; como el reflejo mal encarado de dos grotescos espejos de feria.
Pero la cosa nada más acaba de empezar. A dos asientos a la derecha de la primera mujer, está sentada una tercera de edad intermedia. Lleva unas enormes gafas de leer con los cordones colgando de la varilla y el puente de la montura precipitándose peligrosamente hacia la punta de la nariz. Y también lee exactamente la misma revista.
Navidad es caridad cristiana.
¿Qué está pasando aquí? ¿Es la invasión de los ultracuerpos devotos?
Me quedan tres paradas. Las mujeres van pasando páginas a un ritmo casi musical. Resulta inquietante el fervor con el que hojean los artículos, como buscando las respuestas al sentido de la vida. Como si allí escrito pudieran encontrar algo nuevo, inédito y revelador.
Por mi derecha, aparece un mendigo. Clásico chándal con americana de mendigo. Zapatillas de deporte, algo de barba. Le explica a la gente del vagón que tiene cuatro hijos y no tiene trabajo y que sólo pide una moneda para comprarles comida. Y que feliz Navidad.
Sólo me queda una parada pero estoy dispuesto a pasarme por no perderme este momento. El mendigo se acerca a las devotas. Continúa repitiendo el discurso. Lloriquea. Suplica. Pero las señoras ni siquiera se inmutan. No tienen ni la curiosidad de mirarle para ver si les da pena, asco o risa. Siguen ofuscadas en su lectura compulsiva. El mendigo se arrodilla, pero le siguen ignorando. Entonces, se acerca a una de ella y roza con sus dedos la revista para llamar su atención. A lo que la mujer responde apartándola bruscamente para poder seguir leyendo sin interrupciones sobre el verdadero sentido de la Navidad, a ver si se gana o no el cielo.
Esa imagen me deja fascinado durante el resto del día. Y no importa que ese mendigo pase por allí todas las mañanas y que unas veces tiene tres hijos y otras cuatro. Ni que seguramente la revista cristiana debía ser un panfleto gratuito que repartían en alguna entrada del metro y que, por lo tanto, a lo mejor esas mujeres no eran tan devotas y lo mismo les daba leer eso que el diario Qué! con tal de pasar el rato.
Presenciar ese momento me hace tanta gracia que ya paso de buen humor el resto del día. Y cuando me voy del trabajo les digo sonriendo: "Feliz Navidad". Y me miran incrédulos y en mi ipod suenan villancicos.

19 de diciembre de 2010

BLAKE EDWARDS QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

¿Conoce usted esos días en los que se ve todo de color rojo? ¿Color rojo? Querrá decir negro. Se puede tener un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles. De repente, se tiene miedo y no se sabe por qué. (Desayuno con Diamantes)

"Desayuno con diamantes" (1961)
Siempre fui un niño compulsivo. Al llegar del colegio, tiraba la mochila cargada de libros en el suelo de la salita sin ni siquiera entrar, corría por todo el pasillo hasta el comedor y me sentaba delante de la televisión. Cada tarde. Todos los días. Como un ritual. Ponía en el vídeo una cinta VHS con películas grabadas de televisión. Comedias antiguas que nunca me cansaba de ver.

Me tiraba en el suelo con un cojín en la cabeza y veía una y otra vez al inspector Clouseau peleándose con su criado chino hasta destrozar la casa. O a Jack Lemmon y Tony Curtis en medio de una guerra de tartas. Y me retorcía en el suelo de risa. Si una escena me gustaba mucho, rebobinaba la cinta y la volvía a ver enfermizamente. A medida que la imagen se iba deteriorando, se iba a su vez grabando en mi cabeza.

Dirigiendo "La carrera del siglo" (1965)
Mi hermano mayor es deportista. Mis padres presumían constantemente de sus trofeos. Por eso yo nunca fui bueno en ningún deporte, ni siquiera me interesó. Hasta que descubrí el teatro, lo único que quería hacer era sentarme a ver aquellas películas maravillosas porque sabía que eran el único lugar en el que los golpes no hacían daño. Ya podían caerse por la ventana o atravesar la pared con la cabeza, en seguida se levantaban de nuevo llenos de polvo como si nada. El dolor y el fracaso eran divertidísimos. Mientras las veía tenía la agradable sensación de que nada malo me podía ocurrir.

"La pantera rosa ataca de nuevo" (1976)

Algunas veces vuelvo de la oficina asqueado, tiro al suelo la americana y me tumbo en el sofá. Me quedo mirando al techo como si pudiera ver el cielo a través de él. Pero lo único que se ve son unas manchas de humedad que por mucho que las pintemos siempre vuelven a salir.

Entonces, siento el impulso de poner el dvd de El Guateque para reírme un rato de ese Peter Sellers que se parece tanto a mí cuando acudo a fiestas en las que no sé qué hacer ni qué decir y todo acaba siendo un desastre. Pero en seguida me doy cuenta que es muy tarde y que tengo que hacer la comida porque sino no voy a tener tiempo de nada. Y acabo poniendo las noticias para enterarme de las desgracias del día.

"El guateque" (1968)

Este ha sido un año de grandes pérdidas para mí. Han muerto artistas a los que adoro como Tony Curtis, Leslie Nielsen, Luis G. Berlanga, Manuel Alexandre, Antonio Ozores... Todos me han hecho reír un montón. En ese sentido, gracias a ellos he sido mucho más feliz.

Pero cuando Carles me anunció que había muerto Blake Edwards sentí una tristeza diferente, difícil de describir. Sentí que me entregaban en los brazos el cadáver de un niño con el pelo rizado. El cuerpo muerto de un niño sonriente. Y pensé en mi padre. Y pensé en Julie Andrews. Y tuve miedo a resbalar con una cáscara de plátano y hacerme daño. Así que me acerqué al televisor y tumbé al niño en el suelo frente a él. Le puse el dvd de El Regreso de la Pantera Rosa y secándome las lágrimas me fui a trabajar porque ya era tarde.

"Victor o Victoria" (1982)

Descansen en paz: Blake, el niño y todos los demás. Si existe el cielo, a estas alturas ya es un lugar mucho más divertido que éste. Eso seguro.

6 de diciembre de 2010

TESTIGO DE CARGO

El siguiente texto es un relato de ficción. Todos sus personajes, sucesos y diálogos son una invención de su autor y, por eso, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

WARNER
Había una vez un chico que fue testigo de una agresión: una mujer adulta bajo los efectos del alcohol que golpeó a su anciana madre. Una circunstancia no recomendable de presenciar para nadie, pero que el chico trató de sobrellevar de la manera más civilizada posible. Auxilió a la anciana víctima y llamó a la policía. Le tomaron declaración, la agresora fue detenida y liberada dos días despúes a espera de juicio. Así todos siguieron con sus vidas hasta que seis meses después le citaron para declarar como testigo.
El testigo no se sintió nervioso ni preocupado en ningún momento, pues tenía muy claro lo sucedido. Solamente mostró cierta incomodidad al comunicarlo en el trabajo para poder faltar aquella mañana, ya que no era muy amigo de dar explicaciones. El testigo se presentó temprano en el juzgado, escuchando The Ramones en su ipod. En la sala de espera, un grupo de rusos conversaba en su idioma sin traductor con un abogado canoso, mientras un serie de mujeres rusas con minifalda y abrigo de piel iban desfilando frente a ellos. En ese momento, la hija de la agresora se acercó a saludar al testigo y estuvieron charlando.
Mi madre ha dejado de beber. Desde lo sucedido ha cambiado mucho. Ya no ha habido más problemas entre ella y mi abuela.
Entiendo. Es cierto que ya no se les escucha discutir.
El problema es que si le ponen a mi madre una orden de alejamiento, mi abuela se quedará sola en el piso conmigo. Yo voy a la universidad, no puedo cuidar de ella, ni me corresponde. No tenemos más familia. Y sin mi madre ni siquiera podemos pagar el alquiler.
El testigo se sentía incómodo. No quería involucrarse emocionalmente. Lo mejor es que el abogado llegara a un acuerdo con el fiscal y así no tendría que declarar. Ninguna de ellas iba a hacerlo, ya que no estaban obligadas al ser familiar directo.
Mi madre tiene un problema con el alcohol y aquella noche tocó fondo. Fue un episodio puntual. Ahora se está esforzando mucho. La cárcel sólo complicaría más las cosas. Aquella agresión no es en realidad el problema. Este no es el típico caso de violencia doméstica continuaba.
En ese momento, llegó el abogado y le dijo a la chica en presencia del testigo:
No hay acuerdo. Vamos a celebrar el juicio y está muy complicado. El fiscal está obligado a seguir adelante. La única solución es que el testigo declare que no vio la agresión.
Y en ese momento, el testigo pasó a ser absoluto protagonista. En un segundo se situó en el lugar que quería evitar a toda costa. Y se sintió nervioso y preocupado. No estaba preparado para mentir en algo así. El abogado continuó, en esta ocasión dirigiéndose directamente al testigo:
Obviamente, yo no puedo decirte lo que tienes que decir. Pero si mantienes tu declaración esta mujer irá a la cárcel o como mínimo le impondrán alejamiento durante un año. Y ya sabes los problemas que puede acarrear eso a esta familia.
Lo entiendo pero...
Quiero que sepas que tanto el fiscal como yo estamos de acuerdo de manera no oficial. Y en ese sentido, estamos haciendo más de asistentes sociales que de abogados.
¿Tendría que negarlo todo?
No. Simplemente decir que auxiliaste a la anciana pero no presenciaste la agresión. Con eso sería suficiente.
Realmente el testigo no presenció la agresión, sino el forcejeo siguiente. Pero todos allí sabian que había existido, incluso había un parte de lesiones. Pero, ¿qué importaba? Todo el mundo estaba de acuerdo en lo que era lo mejor para todos. ¿Quién era él para contradecir los deseos de la familia, el abogado y el fiscal? Cuando la justicia no funciona, quizás hay que trampearla para hacerla funcionar. Quizás aquella detención ya había sido suficiente para aquella pobre alcohólica arrepentida. Aun así, el testigo se resistía a mentir, aunque eso implicara ponerse en contra de todos y convertirse en juez espontáneo, ya que la condena o la anulación del juicio estaba en su mano.
Entonces, la anciana de 85 años se acercó a él. Le recordaba a su abuela. Y acariciándole el rostro con la palma de su arrugada mano, le dijo con con voz temblorosa: 
Vas a hacerlo por mí. Igual que me ayudaste aquel día, hoy lo harás. Porque yo necesito a mi hija a mi lado, es la que me cuida y me acompaña a todas partes. Sin ella no puedo vivir. Gracias a ti todo se ha arreglado y gracias a ti, así seguirá.
El juicio comenzó. Fue muy rápido. El testigo repitió la declaración que había hecho a la policía pero esta vez asegurando que no vio la agresión. El juicio se declaró nulo por falta de pruebas.
A la salida, el testigo se sentía muy mal. Así que mientras pedía un justificante para entregar en su oficina, decidió acercarse a la agresora. La miró a los ojos. Por primera vez hablaban directamente desde el día de la agresión. Ella pareció querer decir algo pero el testigo no la dejó hablar. Simplemente dijo:
He mentido en mi declaración. Lo he hecho porque tu madre me lo ha pedido. Entiendo que esto es por el bien de vosotras tres, pero más te vale que no vuelva a suceder nada parecido. Espero que todo esto haya servido para algo...
Y se marchó con la sensación de que su discurso final no había sido suficientemente contundente. Volvió a casa arrastrando los pies, inundado de dudas acerca del funcionamiento de la justicia y de si había actuado correctamente. En su ipod sonaba una canción de Bob Dylan.

30 de noviembre de 2010

SOÑÉ CON JODOROWSKY

El otro día soñé con Alejandro Jodorowsky. Soñé que entraba al jardín trasero de una vieja casa y me encontraba con él. Me saludaba, no se extrañaba de verme. Me decía: "Lo primero que tienes que hacer es desahogarte. Tienes mucha tristeza dentro".

Así que yo me ponía a gritar y gritar para sacarlo todo. Y me sentía mejor, aunque eran gritos mudos que no producían ningún sonido. Entonces, Jodorowsky me ponía la mano en el pecho y me decía que tenía roto el corazón. Y me acariciaba la espalda. Resultaba muy gratificante y tranquilizador.

Pero lo más curioso del sueño sucedía entonces, cuando me daba un consejo psicomágico. Un acto que no tiene nada que ver con nada que haya oído o leído. Algo totalmente inédito y creado por mi inconsciente. Jodorowsky decía:

"Consigue una gran cartulina blanca. Construye con ella un barco de papel y llévalo al mar. Haz un montón de bolas plateadas con papel de aluminio y ponlas dentro del barco. Una vez esté bien lleno, déjalo sobre el agua y márchate. Después consigue agua bendita en una de esas botellas con forma de virgen. Viaja a Madrid. Ve a la estación de Atocha y cuando salgas a la calle, bébete el agua bendita y márchate abandonando la botella".

Ahi desperté y mi primera sensación fue de tranquilidad. Después sentí el impulso de llevar a cabo el acto que Jodorowsky me aconsejaba en el sueño pero que no llegaba a realizar. Ahora me pregunto por qué mi inconsciente me manda esa señal en sueños. Si debería interpretarlo o ignorarlo. O bien si debería hacerlo, aunque parezca una locura y no entienda si eso puede cambiar algo en mi vida. El caso es la tentación es fuerte, pero sinceramente, no acabo de confiar en los consejos de mi inconsciente.

¿Vosotros qué opináis?

23 de noviembre de 2010

LA GENERACIÓN NOSTÁLGICA

Me he comprado un reloj. Es un Casio Retro. Un modelo idéntico a los típicos relojes Casio que llevábamos cuando éramos pequeños pero con correa metálica. Me hace ilusión. No uso reloj desde que me compré mi primer móvil a principios de siglo: un Motorola con antena que apenas me cabía en el bolsillo. ¿Para qué seguir llevando reloj si podía ver la hora en el móvil? Así que me saqué mi Casio de goma negra, lo metí en algún cajón y nunca más supe de él.
Yo no llevo pulseras, anillos, pendientes ni collares. Nada. Y me gusta que sea así. Pero últimamente sentía por primera vez en muchos años que sacar el móvil para ver la hora es en realidad un coñazo.
Un día estaba con Tino en el parque de la Ciutadella y me fijé en su reloj:
Yo tenía un reloj como ese cuando era pequeño. Con alarma y cronómetro.
Sí, vuelven a estar de moda.
Creo que lo echo de menos.
Cómprate uno. Ahora lo lleva todo el mundo.
En ese momento me di cuenta que había pasado tanto tiempo que mi mal gusto había dejado de estar desfasado. Si llevas algo pasado de moda, eres un cutre. Excepto si está muy, muy pasado de moda. Entonces, tienes estilo.
Estos días ha surgido una iniciativa en facebook: poner como foto de perfil un dibujo animado de tu niñez. Yo no suelo seguir este tipo de reivindicaciones colectivas, pero en este caso lo hice, precisamente porque tenía el atractivo de no reivindicar nada. Simplemente es "para que el facebook se inunde con un montón de recuerdos de la infancia" y así alimentar nuestra insaciable nostalgia.
A veces me pregunto: ¿qué le pasa a nuestra generación que no puede parar de recrearse en sus recuerdos? Gran parte del éxito de facebook se basó en que podías encontrar a tus antiguos compañeros de colegio de los que no sabías nada desde hace años y organizar cenas con ellos y recordar los viejos tiempos. Pero ahora que ya hemos buscado a todo el mundo que podíamos recordar y que quien no tenga facebook seguramente ya nunca se lo hará, ¿qué hacemos? Les pedimos a nuestros viejos amigos, que ya no son novedad, que sustituyan sus fotos (su identidad) por imágenes capaces de emocionarnos de nuevo.
Yo que, como todos, soy tan feliz con mi Casio Retro y viendo las fotos de personajes de la tele, me pregunto: ¿es que nunca nos cansaremos? ¿Seguiremos añorando los años ochenta eternamente? ¿Qué pasa con las nuevas décadas? ¿Qué pasa con el presente? ¿Pasarán treinta años y seguiré añorando a Espinete? ¿O añoraré también las cosas nuevas que me gustan hoy en día, aunque no sean de los ochenta? Además, ¡qué coño! Si Espinete tampoco me gustaba tanto...
A lo mejor dentro de diez años, se vuelven a llevar los teléfonos Motorola con antena que no caben en el bolsillo, igual que han vuelto los viejos cascos de walkman con diseños actualizados. No tengo ni idea de lo que sucederá.
Hace poco uno de mis alumnos más pequeños me confesó que sentía nostalgia de los teletubbies. Quizás eso nos puede dar una pista. Aunque no sé si significa que nuestra generación no es la única o que lo peor está aún por llegar.

13 de noviembre de 2010

LA YAYA MULA: La felicidad

Mi abuela es para mí un ejemplo de muchas cosas, pero sobretodo de fuerza, valor y tenacidad. En los años está la sabiduría. Al observarla me doy cuenta de que al final no nos quedan más que las cosas esenciales de la vida. Lo demás no importa. ¿Y para qué nos preocupamos tanto cuando somos jóvenes? Con mi abuela aprendo a valorar lo que tengo y eso la mejor lección que podía darme. Ayer, estuve comiendo en casa de mis padres e hicimos este vídeo. Otro día que se encuentre bien y le apetezca, a lo mejor hacemos más. Deseo que os guste y os sirva tanto como a mí.


video

9 de noviembre de 2010

LUGARES COMUNES

"Los lugares donde no se ha amado ni se ha sufrido, no dejan en nosotros ningún recuerdo" (Pierre Corneille)

WARNER
1. Me levanto a primera hora de la mañana para ir al gimnasio. Pienso que tan temprano no habrá nadie y podré hacer ejercicio tranquilo. Ayer me quemé el dedo índice al meter una pizza en el horno. ¿Debería comer más sano?
Me chupo la llaga del dedo al entrar a recepción. No sé si saludo o toso. Me pregunto si el lector de huellas dactilares que han instalado para entrar me reconocerá con la llaga. Coloco el dedo, la puerta se abre. Tengo la sensación que si pusiera una salchicha también se abriría.

Entro a los vestuarios. Está todo reformado y nuevo desde la última vez que vine, pero el baño sigue teniendo un extraño olor a mierda y vómito y cloaca. No exagero. No me lo explico. ¿Seré el único que entra a este lavabo? Todavía no me he cruzado con nadie y eso me hace feliz. Bajo con ilusión a la sala de pesas y entonces descubro que una invasión de jubilados ocupa todas las máquinas. Yo he hecho un sacrificio, después tengo que ir a trabajar. Estos señores no tienen nada que hacer en la vida. ¿Es que no pueden quedarse durmiendo y venir a media mañana? La vida de un jubilado imagino que debe ser bastante aburrida, pero alguien debería decirles a estos abuelos que cuanto más pronto se levanten, más largo se les hará el día.
Reflexiono sobre todo esto, mirándome al espejo, levantando una triste pesa de seis kilos esperando a que algún vegete tenga un infarto y deje libre la cinta de correr. ¿Cuántos años hace desde la primera vez que me apunté a este gimnasio? En el fondo nada ha cambiado desde entonces. Siempre acabo volviendo. Echaré de menos a Chándal.

2. En la sala de espera del médico de cabecera, busco entre los abuelos alguno que haya coincidido conmigo en el gimnasio por la mañana. Se parecen tanto unos a otros que si no fuera por las faldas y corbatas ni siquiera distinguiría entre hombres y mujeres. Deseo que les diagnostiquen problemas de corazón y que les obliguen a borrarse del gimnasio. Luego me siento culpable y una vieja me pregunta a qué hora tengo yo visita. "A las tres y media", contesto. Se queda en silencio mirándome fijamente. ¿Se habrá muerto? Saco el papelito y le enseño la hora. "Va con retraso", murmura. Son las tres y veinticinco.
Me conozco de memoria esta sala de espera. Sé el número de sillas que hay, el número de puertas, de ventanas, lo que dicen todos los letreros y dónde está la baldosa que hace ruido y el fluorescente que no funciona bien. La doctora me hace pasar con cuarenta minutos de retraso. Me parece razonable. Le enseño la nueva ecografía de mis riñones. Siguen habiendo cuatro piedras. ¡Qué novedad! Dice: "Hay una ya muy grande. Vamos a tener que extraerla". Si es niño la llamaré Pedro. "Te voy a dar hora con el urólogo".

He escuchado tantas veces esa frase que ni siquiera miro a la doctora cuando me habla. "¿Podría cambiarme de especialista? El doctor Yuren y yo no nos entendemos", comento inspeccionando el nudo de los cordones de mis zapatos. "Claro, te doy hora con la uróloga, entonces". ¿Uróloga? Levanto la vista del suelo. Por fin una novedad.

3. Mi decisión de ir sobrio a la discoteca resulta finalmente ser una experiencia interesante. Aunque los médicos me dicen que puedo beber alcohol, prefiero no hacerlo. Así que quedo con dos amigos y dos amigas y vamos a bailar por el centro. Allí nos encontramos con más amigos y conocidos y todos están borrachos menos yo.

Afortunadamente, he vivido fuera de España y sé lo que es sentirse extranjero. Recuerdo esa sensación de no entender los chistes o no verles la gracia. En cualquier caso, puedes fijarte en otras cosas y, lejos de aburrirme, yo siempre he sido un mirón al fin y al cabo. Así, mientras bailo por bailar, me veo rodeado de tramas cómicas en su forma, algunas trágicas en el fondo.
La chica que busca su media naranja en una tableta de abdominales. El chaval que olvida su miedo por una noche y besa en los labios a su mejor amigo. La morena que trata de esquivar la tristeza con un golpe de cadera. El tonto de tirantes que esconde su timidez bajo un sombrero. La que no sabe decir que no, aunque luego se arrepienta. El que desea en silencio. Aquellos amantes que se reencuentran y no se atreven a decirse más que "hola". Las verdades. Las mentiras. Todo aquello que luego se olvida...
"Tu amigo es un poco serio", dijeron por ahí. Curiosamente, tras mi contención, aquella noche disfruté mucho más que todas esas noches en las que bailé borracho como un loco que no piensa en el mañana. Y al día siguiente, nada de resaca ni remordimientos.

31 de octubre de 2010

ANTISOCIAL

Una de esas mañanas en las que llego tarde a trabajar, escucho a dos de mis compañeras comentando algo sobre una cena de empresa. Me siento en mi puesto de trabajo, enciendo el ordenador y busco un bolígrafo en el cajón. Mis compañeras hablan de posibles restaurantes y locales para ir a bailar y yo pongo cara de dormido sin levantar la mirada del teclado. Me siento observado aunque en realidad nadie me observa. Empiezo a trabajar.
Tengo la suerte de trabajar rodeado de gente bastante maja. El problema es que siempre he sido un chico socialmente perezoso. Cenas de empresa, reencuentros, amigos invisibles, compromisos familiares... Si hay algo que me caracteriza es esa desgana frente a cualquier evento que requiera de una predisposición a la hora de relacionarse. Rancio, amargado, antisocial... me dicen a veces. Pero no es más que pereza. Así que abro la carpeta de entrada de mi ordenador y veo un e-mail con la invitación oficial a la cena. Hago girar el cursor del ratón nerviosamente dando vueltas por toda la pantalla. Cierro la bandeja de entrada sin contestar y así paso la jornada hasta que felizmente me marcho a casa a comer. Para que entendáis bien lo que sucedió tengo que explicaros primero que yo, al trabajar solamente media jornada, comparto ordenador con una compañera de la tarde llamada Cristina. Esto implica, además, tener una bandeja de entrada común en la que debemos cambiar el orden de prioridad de cada usuario (Iván y Cristina) según si lo estoy usando yo o ella para que los mensajes aparezcan firmados con nuestros respectivos nombres.
Pues bien, llego al día siguiente al trabajo y una compañera me sonríe y dice:
Veo que vas a venir a la cena, ¿eh? Así me gusta.
¿A la cena? ¿Qué dices?
Sí, ya he visto tu e-mail.
Y no me atrevo a decir nada más. Algo ocurre. Además: una cosa es no querer ir a una cena de empresa y hacerse el loco y otra es decir abiertamente que no quieres ir. Rancio, amargado, antisocial...
Me acerco a mi escritorio y Montse me comenta:
Qué raro que tú vayas a la cena, ¿no?
No voy a ir a la cena, Montse.
¿Ah, no?
¿Y ese mail que has enviado?
Y dice Aritz:
¿Ah, no vienes a la cena? ¿Y el mail?
De repente todos mis compañeros están girados hacia mí. Les doy la espalda, abro mi correo y veo que Cristina ha enviado un mensaje olvidando cambiar los usuarios. Así que toda la empresa ha recibido un mail firmado con mi nombre diciendo: "Qué guay!!!!!", "Tengo muchas ganas de bailar", "A ver si vamos a un sitio chuliiiiiii"... y demás expresiones cursis que prefiero olvidar.
En ese momento sentí lo que mi amigo Chándal define como "miedo al ridículo público". Me pasé las siguientes dos semanas dando explicaciones y confesando a todo el mundo que no quería ir a la cena. Y seguro que no me echaron de menos, aunque ahora no hay quien me quite la etiqueta de antisocial. Y encima con motivos.
Cristina rectificó el mail, quizás demasiado tarde. Y se lo perdono. Aunque por un momento pensé en escribir un mensaje con su nombre a todo el mundo diciendo: "Iré a la fiesta sin bragas". Pero no lo hice porque en el fondo soy un buen chico.

25 de octubre de 2010

NOLOTIL CON CROQUETAS

He recibido duras críticas (si se me permite exagerar) por el post de tristeza total del otro día. En mi defensa tengo que decir que estaba bajo los efectos del Nolotil. Un consejo: nunca mezcléis Nolotil con croquetas.


Cuando tienes cólicos de riñón (me suena haberos hablado de esto) lo más importante es medicarte a todas horas, porque el único problema de tener piedras es que duelen mucho. La gente se preocupa por mí y yo les tranquilizo: "No me voy a morir. No pasa nada: sólo es un dolor insoportable".

Así que un día sales de fiesta porque te encuentras bien y al día siguiente no te puedes ni mover. Los médicos dicen que en principio puedo beber alcohol pero mi riñón no está de acuerdo. Y yo me fío más de mi riñón que, aunque no tenga estudios, lo llevo dentro y le debo un respeto.

Otra manera de conseguir que se te vaya el dolor es pedir hora para el médico de cabecera. Como está todo ocupado, te dan cita para dentro de dos semanas por lo menos. Y tú te mueres de dolor y tienes que esperar un montón de días; pero curiosamente cuando por fin te toca ir, ya no te duele. Nunca falla.

Pero en el día a día, por poco que me guste, tengo que hincharme a Nolotil si tengo una crisis renal. Eso es así e implica dolor de barriga, perder las ganas de comer, etc. Y de poco sirve el protector de estómago. Al final, te queda hasta mal sabor de boca y tomarte otro Nolotil te produce arcadas.

Por eso el otro día decidí, aprovechando que mi madre me había traido un tupper con croquetas, meter el Nolotil dentro de una de ellas y así engañar a mi cuerpo. Y más o menos funcionó.

Sin embargo, horas más tarde me puse a escribir y el efecto fue el mismo que cuando mezclas los porros con el alcohol: bajón psicológico extremo. Una croqueta en malas manos puede resultar emocionalmente letal si no estás acostumbrado a mezclarlas con pastillas.

Hoy me han hecho una ecografía y no me han dicho nada nuevo. Pero por lo menos ya no me duele y he podido dejar las drogas... por ahora.

Al menos me ha servido para aprender una lección. Para el próximo cólico probaré con canelones.

15 de octubre de 2010

DEL OPTIMISMO AL ABISMO DE SIEMPRE

"¿Qué fue lo que vio desde el rincón del comedor que le hizo marcharse de aquí sin ganas de volver? La vida es una vez, le intentaba yo contar, exprime lo mejor y entonces se largó" (Nena Daconte, El Aleph) 

Hace días que intento escribir algo optimista y no hay manera. Me he sentado frente al ordenador en diferentes lugares y a diferentes horas con el mismo resultado: ni una lìnea. Pero como me obligo a escribir para no perder "oficio", pues nada, aquí estoy para contaros simplemente la impotencia de no poder narrar algo explícitamente positivo. Me siento como si fuera incapaz de escribir fuera de ese indeterminado lugar de insatisfacción, totalmente vacuo al que podríamos denominar mi "abismo personal". Ese lugar que todos habitamos alguna vez.

En ocasiones tengo la sensación de que doy la imagen de tipo fúnebre, tristón y depresivo que anda llorando por las esquinas. Y eso no es así, en realidad; solamente es el lugar emocional desde el que escribo y del que ya empiezo a estar harto. Lo que pasa es que no me sale otra cosa. Y me preocupa a veces que penséis que estoy tarado o que sintáis pena de mí.

Pero luego ocurre todo lo contrario y me paráis en el trasbordo del metro y me decís: "Me encanta lo que escribes" y sonreís y no me dais el pésame ni nada. Ni me decís: "Vaya vida de mierda que tienes, ¿no?". Ni: "¡Oh, pareces tan infeliz según tu último post!". Eso sería terrible. Lo que me decís es que os reís mucho. Y entonces yo pienso: "¿Para que cojones tengo un blog de risa si mis tristezas es lo que me sale con más gracia?".

Y yo mientras planteándome tontamente si es que tengo viciado el estilo o es que realmente no tengo nada "alegre" que contar... Y si mi tristeza os puede hacer sentir tristes también. Tonto de mí, nada de eso tiene sentido.

Así que analizándolo un poco, lo que ocurre es que soy yo el que seguramente necesita escribir algo optimista por una vez. Perdonad que lo proyecte en vosotros, pero es que ya que estáis ahí... os tengo a mano para estas cosas.

Le dije a Carles el otro día: "Hace tiempo que quiero escribir un post optimista". Y respondió: "Pero, ¿es que has escrito alguno alguna vez?".

El caso es que no quiero repetirme y acabar imitando mi propio estilo para pasar a ser una especie de parodia de mí mismo. Pero tampoco quiero forzar el positivismo simplemente porque estos días estoy un poco triste de verdad. Así que hoy ni una cosa ni la otra: sólo esta explicación.

Quede aquí mi testimonio. Otro día que esté más animado a lo mejor os cuento los motivos de mi melancolía y nos reímos todos juntos como de costumbre. Gracias por leer.

28 de septiembre de 2010

EL HOMBRE QUE LO TENÍA TODO DOBLE

Cuando Iván F. se despertó aquella mañana después de dos sueños inquietos, se sorprendió con la sensación de estar parando el despertador por segunda vez. Se levantó de su cama de otoño y fue al baño pequeño a lavarse la cara de las mañanas. La tarde anterior había llegado la compra que su hermana había realizado por internet. Por un error al pulsar el botón de aceptar, se había duplicado. De manera que recibieron el doble de todo lo que habían comprado.
¿No has notado algo extraño en la compra? preguntó su hermana más tarde por teléfono.
¿Demasiadas olivas?
Demasiado de todo.
Desde entonces, Iván F. empezó a sentirse un poco distinto.
Iván F. cogió dos autobuses para ir a su trabajo de las mañanas; el trayecto le pareció el doble de largo. Subió a la oficina en el primero de los cuatro ascensores que se abrió. Saludó a sus dos jefas y trató de no pensar que el tiempo pasaba el doble de lento los días que no tenía demasiado trabajo. Se tomó dos cafés. Entró dos veces a cada una de sus páginas preferidas de internet, ya que una vez visitadas todas, ya no sabía con qué entretenerse. Repitió las conversaciones de siempre con sus compañeros. Preguntó más de una vez: "¿Qué día es hoy?". Más de dos clientes se quejaron de recibir sus pedidos por duplicado. A las dos del mediodía, apagó el ordenador y se marchó diciendo adiós dos veces.
Al llegar a casa, abrió su nevera con el doble de comida y se preparó una tortilla de dos huevos. Comió frente al televisor viendo las mismas noticias repetidas primero en el telediario de Cuatro y luego en los informativos de Antena 3. Las mismas noticias que ya había leído aquella mañana en El País y luego en La Vanguardia. Iván F. necesitó lavarse su cara de las mañanas por segunda vez, aunque ya eran las cuatro de la tarde.
El espejo del armario del baño, dividido en dos por la abertura central, deformaba su rostro. Dos ojos, dos bocas, dos narices. A su izquierda, Iván F. creía ver a un hombre cansado de sí mismo. A su derecha, un soñador que nunca perdía la esperanza. No se atrevió a orinar.
Después de su trabajo de las tardes, Iván F. decidió ir a ver a sus padres, pero al llegar allí le dijeron que ya les había visitado antes por lo que decidió marcharse a casa. Vio dos capítulos de su serie favorita. Avanzó ideas de sus dos proyectos teatrales. Escribió dos posts, uno para cada uno de sus dos blogs. Finalmente, tras ver dos veces los mismos chistes en los programas de humor de las nueve y de las doce, se derrumbó sobre el colchón de látex que su madre le regaló por ser el doble de cómodo que los convencionales.
Iván F. se sentía agotado. Los lunes siempre le habían parecido dos veces más duros que los demás días. Tardó dos minutos en dormirse. Pero no consiguió descansar. Iván F. pasó toda la noche soñando con divisiones.

19 de septiembre de 2010

BIENVENIDO AL PUTO INFIERNO

SOUTH PARK

Imagina el infierno y ponle aire acondicionado. Amuéblalo, píntale las paredes de azul corporativo. Compra ordenadores de segunda mano. Enmoqueta cada rincón. Contrata una línea telefónica. Un fax, una impresora, una máquina de café estropeada. Imagina el infierno y ponle lámparas fluorescentes y tendrás tu propia empresa.

Normalmente, no me gusta ir a trabajar. Y me duelen todas las collejas de mi padre cada vez que lo digo. De hecho voy a tener que dejar de decirlo que ya cansa. La mayoría de gente tiene un trabajo de mierda y no se queja. Así es la vida. Bienvenido al puto infierno.

Bastante duro es volver de vacaciones para que encima llueva. Para que empiece el frío. Para resfriarme. Y en la oficina siguen poniendo el aire acondicionado. Llego una mañana y me encuentro a mi jefa con un café en la mano dándole una patada a la puerta del ascensor para que no se cierre. Y le pregunto qué le pasa y me dice que ahora lo veré. Y entro a la oficina y veo a todos los jefes por allí y los trabajadores de pie y mi compañera Montse me dice: "Bienvenido al puto infierno".

Bastante duro es volver de vacaciones como para que un virus informático se cargue todos los ordenadores del edificio. A mí me huele a boicot. Hay gente que se quema y escribe un blog y otra que opta por métodos más efectivos. Así que no podemos trabajar y nos ponen al teléfono a hacer de contestador automático y a tomar a mano los pedidos. Pero a la media hora, eso no es suficiente, así que viene la de recursos humanos y nos pide que vayamos a las sucursales de Sant Cugat y Viloví a hacer el trabajo desde allí y nos da el dinero para un taxi.

Se me ocurren muchas razones para no hacer un favor a la empresa en general y a la tipa de recursos humanos en particular, pero prefiero obedecer ya que entre que voy y vuelvo es rato que no estoy trabajando. Soy así de básico y mezquino.

Efectivamente, al final no trabajé más de una hora y media. Fue distraido. Me dieron el ordenador de uno de los peces gordos y me dejaron utilizar su mail. Sorprendentemente (o no tanto) los almacenes en vez de tardar un día entero, me contestaban al minuto y sin protestar. Tenía un auricular inalámbrico con el que podía moverme a cualquier lado y una opción para ignorar las llamadas sin dejar rastro.

Pero la aventura solamente duró un día. A la mañana siguiente, la de recursos humanos nos trajo una gran bandeja con pastas de crema y chocolate. Le habíamos pedido más pasta, pero quizás no lo entendió bien. Y todo volvió a la normalidad que, al contrario que la visión de mis jefes, para mí es mucho más infernal que cualquier caos informático. Y es que infierno hay para todos los gustos.

13 de septiembre de 2010

EL INCREÍBLE BLOG DE MR. MULA

El inconmensurable vacío existencial que atraviesa mi vida desde que no saca disco Georgie Dann, me ha llevado a ahogar mis penas en un nuevo blog:


Un rincón plagado de criaturas grotescas, delirantes, terroríficamente cotidianas, abominablemente cercanas. Un lugar, os advierto, que es como Jaume Roures haciendo muecas: da miedo y risa a la vez. Así que si buscáis una nueva forma de evadiros de vuestras horribles vidas y relajaros olvidando toda la mierda que nos envuelve... mejor que os apuntéis a clases de taichí. El Increible Blog de Mr. Mula afronta cara a cara el rostro posmoderno de un apocalipsis que hace tiempo que se nos viene anunciando como un interminable pedo. Pasean y vean. Y háganse seguidores, fanáticos, retractores, opinadores y todo eso tan siglo XXI. Ya saben. Y bienvenidos. Para mí es un placer.

5 de septiembre de 2010

COMO UN TURISTA

I.

Si no mintieran
tanto mis poetas
y salieran
del armario las canciones
volando como cometas
en un cielo de gorriones.
Si fuese el rencor
acaso
un chiste del destino
contado por un triste
sin temblor, ni despedida.
Si el sentido de la vida
tuviera menos sentido
y más risa,
y no fuera una falacia
la burocracia
de la verdad que es mentira,
y sobretodo la prisa
que conlleva la distancia.
Si todo hubiese cambiado
quizás no lo pensaría
y volvería
a tus brazos
como si fuese pecado.
Si me hubieras olvidado
y hasta perderme de vista
no diera mal resultado,
quizás no me detendría.
Si no fuéramos artistas
que conocen el rechazo
volvería a enamorarme
de tu piel
y tus aristas.


II.

Si no diera tanto miedo
el dolor, y los complejos
fueran menos importantes.
Si no hubiese en tu te quiero
la violencia que me expresas
como en un pulso de viejos
de los de antes.
Si al menos fuera feliz
con todo lo que me falta
y fuese menos actriz
la sirena que nos canta.
Si supieras que te encanta
corregirme los recuerdos
y ya no hubiera secretos
y jugar fuera un regalo.
Si lo bueno con lo malo
no fueran un pack completo.
Si aprendieras a entender
los celos que sientes
y, sin apretar los dientes,
empezaras a crecer.
Si tú me dieras de lado
quizás no lo dudaría
y volvería encegado
a comprar tu lotería.
Si el flechazo de Cupido
fuese menos egoísta
volvería a enamorarme
de lo que hemos escupido
como un turista
que se enamora
de ciudades extranjeras.


III.

Si no estuviera tan solo
en todos los aeropuertos
y se me ocurriese el modo
de sentirme menos muerto,
volvería a enamorarme
sin darte ninguna pista
del siguiente avión
que cojo
como un turista
de tus labios, de tus ojos,
de aquella vieja canción
que suena ya tan lejana.

31 de agosto de 2010

FIRENZE E VENEZIA

"La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte" (Leonardo Da Vinci)

FIRENZE

Mi último año de carrera hice un trabajo más o menos extenso acerca de la sobrevalorada importancia de la belleza en el arte y analicé a diferentes autores buscando una propuesta de definición de arte en el que la belleza no fuera requisito primordial. Pues bien, sería capaz de comerme cada una de mis palabras después de visitar Firenze. Podría prender fuego a toda la obra de Picasso si me lo pidiera la Venus de Botticelli con sus labios de amante virginal. Y si el David de Miguel Ángel así lo quisiera, no tendría ningún problema en volar por los aires la Fundación Antoni Tàpies entera. Y que conste que no estoy hablando de convicción, sino de ciego enamoramiento. Yo que he preferido siempre el arte contemporáneo, no tuve en Firenze más remedio que hacerle una reverencia a los arquetipos renacentistas babeando con el rabo entre las piernas. Y en cuanto a la arquitectura de la ciudad, solo puedo decir, ciego y vehemente de nuevo, locamente devoto y sin razonar siquiera: ¡a la mierda Barcelona!

VENEZIA

Me esperaba un nido de ratas pestilente. Es lo que me habían dicho. Si preguntas a la gente, encontrarás dos versiones: "huele mal, es una gran decepción" o "es preciosa, romántica, maravillosa". A mí me contaron que bajo la ciudad hay grandes nidos de ratas por la humedad y que en verano con el calor, salen y pasean por las calles. Y si además tenemos en cuenta la tercera parte de Indiana Jones, preferí no ir con sandalias ya que si por lo que fuera hubiese notado pasear sobre mi pie semidesnudo una asquerosa rata de un salto me hubiese plantado en el campanario de la Basílica de San Marcos. Pero la verdad es que no vi ratas (aunque eso no quiere decir que no las haya) y la ciudad me pareció muy hermosa. De acuerdo que sobran tantos turistas y que no es una ciudad real, sino más bien como un museo gigante lleno de tiendas, hoteles y restaurantes. Pero a mí me encantó, aunque ni loco viviría allí.

26 de agosto de 2010

TRA FELLINI E MUSSOLINI

"L'Italia è l'unico luogo al mondo dove è nata prima la cultura e poi la Nazione. Dobbiamo andar fieri di questo, è una cosa meravigliosa"  (Roberto Benigni)

FABRI
Podría vivir en Italia. Es un lugar maravilloso. Me gusta el clima, me gusta la comida, me gusta el idioma y la gente es fantástica. Aquí se conduce como un loco pero se vive como un sultán. Será porque estoy de vacaciones.
Quisiera siempre tener la mirada de un turista. Esa mirada que se fija en los detalles, que busca la magia en lo cotidiano, que no tiene prisa, que todo lo encuentra bello. No sé si la gente en Italia es guapísima o es la forma en que yo miro.
Estos días en Forli, he estado disfrutando de Elisa y su mamma, de su infinita hospitalidad, de sus lecciones espontáneas de italiano y de las pequeñas localidades de los alrededores.
Italia es, en resumen, cultura e historia peleándose por estar por delante de la gente, mientras los italianos se comen su pasta y su pizza y sonríen al sol y al Mediterráneo. La cultura es todo belleza. La historia son simplemente hechos que no serían dañinos sin el uso que le dan la iglesia y los políticos.
En Predappio, que es donde nació Mussolini, visité la tumba del susodicho. Pocas veces he podido vivir una experiencia tan horrible y reveladora. Yo que no he visitado nunca el Valle de los Caídos, puedo decir, sin embargo, que aquí se nota que il Duce fue asesinado al perder la guerra y descuartizado por el pueblo; lo contrario a morir de viejo en una lujosa cama, digamos. Pero igualmente ahí estaban los joven es camisas negras, nostálgicos de un régimen que ni por asomo han vivido honrando a su líder fascista. Niños, me atrevería a decir, educados con tanto odio como para acudir un día cualquiera a la tumba de Mussolini a escribir en su libro de visitas que hizo grande Italia y que le echan de menos.
En Rimini, por supuesto, no había ni rastro de ellos, como por fortuna, en ninguno de los otros lugares de por aquí. En Rimini nació Federico Fellini. Pero es difícil de adivinar si no te lo dijeran. Apenas unas imágenes pintadas en unas calles cerca del mar te lo indican. La Strada, La Dolce Vita, Amarcord... adornan algunos bares. Pero no hay un museo ni una tienda de souvenirs. Cosa que si sucede cerca de la tumba del dictador, donde existe una tienda en la que puedes comprar pósters, camisetas y banderas.
Pero los italianos, como digo, viven ajenos a todo eso entre piadine y bruschette. Y bien que hacen. Porque a parte de lo dicho, nada por aquí denota la violencia y el horror de tiempos pasados. Sino todo lo contrario: todo es luz y vitalidad. No sé si es la mirada de un turista, en definitiva, pero el caso es que, a falta de museos, no veo más que viejas, monjas, gordas y extranjeras salidas de películas de Fellini mire donde mire y no puedo parar de sonreír.

18 de agosto de 2010

PROYECCIONES

"Los sueños nos parecen reales mientras los tenemos. Sólo cuando nos despertamos nos damos cuenta de que algo no cuadra" (Inception, Christopher Nolan)

WARNER
1. Esperando en la cola del cine, una pareja de argentinos de unos treinta años se coloca justo detrás de mí. Ella es morena, de pelo rizado y tan gruesa como se lo permite el vestido rojo en el que va embutida. Él lleva grandes gafas de pasta, un polo oscuro y tejanos. Va sin afeitar. No se ha peinado (o lo disimula muy bien) y mueve mucho las manos al hablar.
Y sí... Si yo a veces veo una película y pienso que estaría más buena en la versión original acepta ella.
Pues sí. Es importante escuchar las voces de los actores.
Pero en España es así. Lo siento. Tendrás que acostumbrarte.
Echo de menos Buenos Aires.
Debe de haber cines en versión original... En Madrid había, ¿te acordás? Si tanto te molesta el doblaje, buscá uno de esos cines y andate.
Dicen que todos los personajes que aparecen en un sueño son proyecciones de uno mismo.

2. Me siento exactamente en la butaca que marca mi entrada. Las luces están todavía encendidas. La pantalla está en blanco. No hay mucha gente, se escucha incluso el aire acondicionado. Tengo la piel de gallina. Me arrepiento de haber aceptado hielo en la coca-cola. Tengo tanto frío que deseo que fuera invierno para que pusieran la calefacción. Una pareja joven se sienta detrás; rondan los veinte años. Él es alto, rubio, de cuerpo atlético y depilado. Ella es hermosa, morena, ojos verdes muy maquillados. En este caso, empieza él:
¿Para qué ir al cine sino? Tienes una pantalla enorme y el sonido surround y luego está todo el rollo ese del 3D.
A mí me gustan las buenas historias- comenta ella con timidez.
Venir al cine vale la pena si la película está llena de efectos especiales porque aquí es donde se puede disfrutar en todo su esplendor. Para ver una película en la que solo se habla, yo no pago siete euros. Para eso la bajo de internet y la vemos en casa.
Sé que no estoy soñando porque tengo el móvil en la mano: un objeto que no toca nadie excepto yo, y que sólo yo sé que forma tiene y su peso exacto. Sin embargo, juraría que estoy rodeado de mis propias proyecciones.

3. Todavía no han empezado los tráilers y ya casi me he terminado las palomitas. Una pareja madura de unos cincuenta años mira sus entradas al principio de la fila. Él lleva una camisa hawaiana y peina algunas canas. Ella lleva falda y joyas y huele a colonia de marca. Entran por la fila de delante, atraviesan todo el pasillo frente a mí, vuelven a entrar a mi fila pero por el otro lado y se acercan hasta sentarse justo a mi izquierda. Él no está satisfecho:
No sé qué entiende la taquillera por "más o menos en el medio".
¿Y de qué va esta película que me has traído a ver?
Pues no sé... Así de intriga...
Ah.
Es que no había nada más.
Bueno, estaba esa de Toy Story...
Ya pero...
¿Y quién sale en la película?
Pues el Leonardo DiCaprio.
No me gustan las películas del Leonardo DiCaprio.
¡Claro que te gustan las películas del Leonardo DiCaprio!
¡Que no! ¿Te acuerdas aquella que vimos? La de Guns & Roses, no me gustó nada.
¿Guns & Roses?
Sí, esa de Nueva York... ¿Y quién más sale?
Pues no sé, más así famosos.
No sé para qué te hago caso...
Y empieza la película. A lo mejor os parece normal. Al fin y al cabo, son conversaciones muy cotidianas. El caso es que no pude evitar salir del cine todavía pensando en todas esas parejas. No fueron proyecciones, pero podían serlo. Y si hubiera sido un sueño, ¿qué significaría?

7 de agosto de 2010

DO YOU SPEAK ENGLISH?

¡Por fin! Ya he aprobado el Advanced Certificate of English cuyas pruebas realicé hace un mes. Y aunque ahora todo el mundo me dice que sabía que aprobaría, yo tenía ciertas dudas. Y por eso, para celebrarlo más allá de los saltos que di en la soledad de mi spanish comedor, voy a contaros tres anécdotas de mis desventuras en lengua inglesa. Algunas veces utilizar un idioma que no dominas te hace decir frases que nunca hubieras dicho de esa manera en tu propia lengua, en la que puedes elegir mejor las palabras... Aquí están mis frases, dignas como para hacer camisetas.


1. Excuse me, a man stole my little bag.
Viajé a París con dos parejas. Originalmente, iba a ir otro chico más... pero eso es otra historia. El caso es que lo pasé muy bien principalmente porque una de las parejas entró en crisis durante el viaje. Quiero decir que así el grupo resultó más abierto y las noches más entretenidas con las discusiones. París: la ciudad del amor; es decir, que tú vas y todo el amor se queda allí y no vuelve. La última noche, las chicas decidieron que debíamos ir a dormir al aeropuerto ya que nuestro vuelo salía demasiado temprano y no querían levantarse con prisas. En cambio, los chicos, menos precavidos, decidieron que preferían dormir en el hotel que se estaba más cómodo. El asunto provocó cierta polémica hasta el punto en que las chicas marcharon al aeropuerto y nosotros nos quedamos en el hotel. Pero los chicos somos calzonazos por naturaleza y, tras media hora de soledad en la habitación de hotel y una conversación acerca de las caras largas que les esperaban al día siguiente, en un arrebato de locura, iniciamos una carrera desenfrenada por las calles de París con maletas incluidas como no recuerdo otra. Cogimos el último metro y después el último tren al aeropuerto, empujando peatones y saltando escaleras de diez en diez. ¡Pero lo conseguimos! Nos reunimos con las chicas y el reencuentro fue emotivo. Sin embargo, entre tantas prisas... ¡había perdido la cartera! ¿Qué podía hacer? Tenía que coger un vuelo al día siguiente y necesitaba mi DNI. Era muy tarde por la noche y fui con Marta a la comisaría de policía del aeropuerto. Allí no hablaban español y el único francés que yo sabía era: croissant, Tour Eiffel, soufflé y brasserie. Así que decidí inventarme que me habían robado la cartera para facilitar las cosas y explicarlo en inglés. Pero como no sabía decir cartera (wallet), lo que dije fue: "EXCUSE ME, A MAN STOLE MY LITTLE BAG". Milagrosamente, ayudado de mímica, me hice entender y pude hacer la denuncia y coger el vuelo. Meses después recibí la cartera por correo, con documentación y dinero incluidos. Increíble.

2. In a healthy way. 
Viviendo en Londres, hablaba poco en inglés. Estaba rodeado de españoles y hasta que no empecé a conocer algún chico y trabajar en el hotel, fue imposible. Por suerte, Edward me daba alguna clase de inglés ya que él estaba estudiando para ser profesor para extranjeros y nos iba bien a los dos. Un día estábamos en casa de Ed en el salón, creo que Raquel, María, Camila, Anna y Borja y charlábamos de qué poner en nuestros currículum, ya que cuando buscas trabajo siendo extranjero tienes que venderte mucho mejor. Y bromeábamos acerca de cómo sonaba de raro en la presentación eso de "me gustan los niños" para trabajos de monitor o educador y nos planteábamos si ocurría lo mismo en inglés. En eso que llegó Ed, me escuchó hablar y me pregunto: "Do you like children?". A lo que yo respondí sin dudarlo un segundo: "IN A HEALTHY WAY". La cara de Ed fue un poema y todos se partieron de risa.

3. Don't follow me and stop touching yourself! 
Tuvimos suerte aquel verano, ya que todos conseguimos trabajo. Supongo que hoy en día ya no sería tan fácil. Yo trabajaba en un hotel cerca de Earls Court Road en South Kensington. Hacía el turno de noche en la recepción, así que llegaba a casa sobre las ocho de la mañana y sin dormir. No sé si alguna vez habéis trabajado de noche, pero la sensación es muy parecida a cuando padeces insomnio: nada parece real. Como decían en El Club de la Lucha: "Todo parece una copia de una copia de una copia...". Una mañana volvía a casa y llovía. Londres es igual a lluvia; yo soy igual a ir sin paraguas, aquí y en la China popular. Así que recuerdo mi camino hacia Idminston Street mojándome como de costumbre cuando la lluvia empezó a apretar y yo estaba tan cansado que ni siquiera me puse a correr. Aquella noche un nuevo compañero de piso búlgaro venía a vivir con nosotros (otra larga historia, estos búlgaros). Ya me chorreaba toda la ropa cuando una voz masculina me gritó desde lejos. ¿Sería el nuevo compañero de piso? Mi mente insomne era incapaz de pensar con claridad. Era imposible que fuera mi nuevo compañero de piso ya que ni siquiera nos habíamos visto todavía. Y sin embargo esperé al tipo del paraguas negro acercarse hasta mí y protegerme de la lluvia.
Hi.
Hello.
Where are you going?
Home.
Demasiadas frases tarde, mi cerebro empezó a funcionar. Era un completo desconocido. Me preguntó: "May I come with you?", justo cuando mi ojos percibieron que con la mano que no sostenía el paraguas estaba acariciándose su erecto pene por encima del pantalón. ¡Desperté! De un saltó hacia atrás metí los dos pies en un charco. La lluvia era torrencial. El tipo se acercó a mí sonriente. Le dije: "No, no". Empecé a caminar y el tipo seguía detrás de mí suplicándome y tocándose. En ese momento, me giré y le grité agresivo: "DON'T FOLLOW ME AND STOP TOUCHING YOURSELF!". Y me fui corriendo a casa. No me siguió y nunca lo volví a ver.