6 de diciembre de 2010

TESTIGO DE CARGO

El siguiente texto es un relato de ficción. Todos sus personajes, sucesos y diálogos son una invención de su autor y, por eso, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

WARNER
Había una vez un chico que fue testigo de una agresión: una mujer adulta bajo los efectos del alcohol que golpeó a su anciana madre. Una circunstancia no recomendable de presenciar para nadie, pero que el chico trató de sobrellevar de la manera más civilizada posible. Auxilió a la anciana víctima y llamó a la policía. Le tomaron declaración, la agresora fue detenida y liberada dos días despúes a espera de juicio. Así todos siguieron con sus vidas hasta que seis meses después le citaron para declarar como testigo.
El testigo no se sintió nervioso ni preocupado en ningún momento, pues tenía muy claro lo sucedido. Solamente mostró cierta incomodidad al comunicarlo en el trabajo para poder faltar aquella mañana, ya que no era muy amigo de dar explicaciones. El testigo se presentó temprano en el juzgado, escuchando The Ramones en su ipod. En la sala de espera, un grupo de rusos conversaba en su idioma sin traductor con un abogado canoso, mientras un serie de mujeres rusas con minifalda y abrigo de piel iban desfilando frente a ellos. En ese momento, la hija de la agresora se acercó a saludar al testigo y estuvieron charlando.
Mi madre ha dejado de beber. Desde lo sucedido ha cambiado mucho. Ya no ha habido más problemas entre ella y mi abuela.
Entiendo. Es cierto que ya no se les escucha discutir.
El problema es que si le ponen a mi madre una orden de alejamiento, mi abuela se quedará sola en el piso conmigo. Yo voy a la universidad, no puedo cuidar de ella, ni me corresponde. No tenemos más familia. Y sin mi madre ni siquiera podemos pagar el alquiler.
El testigo se sentía incómodo. No quería involucrarse emocionalmente. Lo mejor es que el abogado llegara a un acuerdo con el fiscal y así no tendría que declarar. Ninguna de ellas iba a hacerlo, ya que no estaban obligadas al ser familiar directo.
Mi madre tiene un problema con el alcohol y aquella noche tocó fondo. Fue un episodio puntual. Ahora se está esforzando mucho. La cárcel sólo complicaría más las cosas. Aquella agresión no es en realidad el problema. Este no es el típico caso de violencia doméstica continuaba.
En ese momento, llegó el abogado y le dijo a la chica en presencia del testigo:
No hay acuerdo. Vamos a celebrar el juicio y está muy complicado. El fiscal está obligado a seguir adelante. La única solución es que el testigo declare que no vio la agresión.
Y en ese momento, el testigo pasó a ser absoluto protagonista. En un segundo se situó en el lugar que quería evitar a toda costa. Y se sintió nervioso y preocupado. No estaba preparado para mentir en algo así. El abogado continuó, en esta ocasión dirigiéndose directamente al testigo:
Obviamente, yo no puedo decirte lo que tienes que decir. Pero si mantienes tu declaración esta mujer irá a la cárcel o como mínimo le impondrán alejamiento durante un año. Y ya sabes los problemas que puede acarrear eso a esta familia.
Lo entiendo pero...
Quiero que sepas que tanto el fiscal como yo estamos de acuerdo de manera no oficial. Y en ese sentido, estamos haciendo más de asistentes sociales que de abogados.
¿Tendría que negarlo todo?
No. Simplemente decir que auxiliaste a la anciana pero no presenciaste la agresión. Con eso sería suficiente.
Realmente el testigo no presenció la agresión, sino el forcejeo siguiente. Pero todos allí sabian que había existido, incluso había un parte de lesiones. Pero, ¿qué importaba? Todo el mundo estaba de acuerdo en lo que era lo mejor para todos. ¿Quién era él para contradecir los deseos de la familia, el abogado y el fiscal? Cuando la justicia no funciona, quizás hay que trampearla para hacerla funcionar. Quizás aquella detención ya había sido suficiente para aquella pobre alcohólica arrepentida. Aun así, el testigo se resistía a mentir, aunque eso implicara ponerse en contra de todos y convertirse en juez espontáneo, ya que la condena o la anulación del juicio estaba en su mano.
Entonces, la anciana de 85 años se acercó a él. Le recordaba a su abuela. Y acariciándole el rostro con la palma de su arrugada mano, le dijo con con voz temblorosa: 
Vas a hacerlo por mí. Igual que me ayudaste aquel día, hoy lo harás. Porque yo necesito a mi hija a mi lado, es la que me cuida y me acompaña a todas partes. Sin ella no puedo vivir. Gracias a ti todo se ha arreglado y gracias a ti, así seguirá.
El juicio comenzó. Fue muy rápido. El testigo repitió la declaración que había hecho a la policía pero esta vez asegurando que no vio la agresión. El juicio se declaró nulo por falta de pruebas.
A la salida, el testigo se sentía muy mal. Así que mientras pedía un justificante para entregar en su oficina, decidió acercarse a la agresora. La miró a los ojos. Por primera vez hablaban directamente desde el día de la agresión. Ella pareció querer decir algo pero el testigo no la dejó hablar. Simplemente dijo:
He mentido en mi declaración. Lo he hecho porque tu madre me lo ha pedido. Entiendo que esto es por el bien de vosotras tres, pero más te vale que no vuelva a suceder nada parecido. Espero que todo esto haya servido para algo...
Y se marchó con la sensación de que su discurso final no había sido suficientemente contundente. Volvió a casa arrastrando los pies, inundado de dudas acerca del funcionamiento de la justicia y de si había actuado correctamente. En su ipod sonaba una canción de Bob Dylan.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

No hay mal que por bien no venga... y si vuelven a tener problemas, ellas sabrán. Cada uno es el arquitecto de su destino; se puede ayudar en un momento dado, pero no pueden hacerte sentir, ni debes sentirte responsable del funcionamiento de esta sociedad. A veces es necesario tocar fondo para volver a empezar, y esperoq que éste sea el caso, y que coman muchas perdíces.

Anónimo dijo...

El muchacho del relato ha demostrado toda la humanidad de la que carece la justicia, es un final feliz. Si en la segunda parte la alcohólica mata a su madre a golpes, ella te lo ha pedido expresamente y hay que respetar su deseo.
Un abrazo

Karl dijo...

Vaya papeleta la del muchacho de esta historia. Cualquiera podríamos encontrarnos un día en algo así, y seguramente haríamos lo mismo... porque al menos contenta a todas la partes.

Lo único que queda en duda es si ese contento general es la auténtica solución al problema. Bueno... hay que pensar que sí. A veces es bueno confiar en la buena voluntad de la gente, y dar esas segundas oportunidades a las que todo el mundo tiene derecho.

Fatale dijo...

Interesante Ud. Mr. Mula. Bastante fan.

Ana María dijo...

Buen relato.
He dejado enlace de tu blog en la página Creatividad a flor de piel que tenemos en Facebook.
Agradezco tu comentario en nuestro blog.
¡Gracias!

PATIÑO dijo...

Estoy muy orgullosa del muchacho! Lo hizo bien!