24 de agosto de 2009

BERLIN

"El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma" (Bertolt Brecht)

MULA
No hubo paradoja: estuvimos en Berlín. Al bajar del avión, como en todas las grandes capitales, tuve la sensación de estar rodeado de androides preprogramados; sims con objetivos fijos a los que dirigirse sin dejar de mirar al frente. Pero fue un espejismo. Lo que ocurre en estos casos es que tú no sabes hacia dónde tienes que ir y los demás te asustan.

El metro de Berlín no tiene tornos ni taquillas. Se compran los billetes en una máquina y se pican ya en el andén. La primera impresión es que te has colado. Pobres nosotros, europeos del sur. En Berlín, como en otras ciudades, según me cuentan, se confía en la buena fe del ciudadano. Nadie te pide el billete. No hay control. Ni ninguna medida para impedirte ir gratis en metro. Evidentemente, hay gente que paga y gente que se cuela. Pero eso es como en todas partes. Con toda la historia que Alemania y Berlín arrastran, la única solución para no hundirse en sus propias miserias es la de dar todo el poder de decisión al ciudadano. Esa es la clave con la que han podido reinventarse. Los berlineses de a pie son activos, autónomos, creativos y están llenos de ganas de vivir. Parece increíble que una ciudad con fantasmas tan recientes sea al mismo tiempo tan moderna, dinámica y artística.

Nadie les ha dicho a los berlineses nunca cómo salir adelante sin tristeza. De igual manera, no se les pregunta si pagan o no pagan en el metro. El que ha aprendido sin ayuda de nadie no puede ser controlado. Las autoridades, afortunadamente, saben que Berlín es vida gracias a los berlineses y por eso se dedican básicamente a fomentar las propuestas culturales de éstos. Berlín es lo más parecido a una ciudad psicomágica que he visto. Ahí está el kilómetro y medio de muro que queda, transformado con orgullo en la East Side Gallery. Artistas de todo el mundo siguen participando todavía con sus pinturas, contribuyendo a transformar lo que fue tragedia en belleza en constante cambio. Visitarlo supone sentirse orgulloso de pertenecer a la raza humana; permite olvidar el horror que el muro supuso. El cementerio que son aún algunos viejos edificios semi-destruidos.

El poder de la metáfora artística se puede encontrar en cada rincón de Berlín. La mayoría de pubs y restaurantes son originales reconstrucciones de viejos locales ahora llenos de color. La cultura del reciclaje impera en Alemania. Se lleva a cabo sin problemas en cuanto a residuos y con gusto en cuanto a servicios públicos. Si una iglesia quedó destruida por un bombardeo, hoy construimos un templo de vidrio azul en su lugar. Si el Reichstag fue por mucho tiempo símbolo hitleriano, hoy construimos una cúpula diseñada por el más moderno arquitecto. Si el pasado es triste, el futuro es optimista, constructivo y bello. No sé cuánto de todo esto debe Berlín a su alcalde gay, lo que sí sé es que sin los berlineses no hubiera sido posible. Son todo un ejemplo.

4 comentarios:

Miriam dijo...

Creo que mis vacaciones del próximo verano van a ser en Berlín, tengo muchísimas ganas de conocerla y experimentarla.
Me alegro de que hayáis disfrutado! Besos!

Rafael dijo...

Berlín no deja indiferente, desde luego. Muy apropiada la cita con la que empiezas la entrada. No había reparado en ello; pero puede que sea cierto que en Berlín se aprecia especialmente el esfuerzo humano por transformar, por modelar; esfuerzo que tanto puede ser positivo, como parece apuntarse en el optimista futuro de la ciudad; como negativo, y ahí están algunos episodios de su pasado.

Deprisa dijo...

Un ejemplo que deberiamos tomar. Creo que todos los países deberían confiar más en sus ciudadanos y dejar de desconfiar de ellos a cada paso.

Hay gente que se cuela, sí, pero al final si todos respetamos el rarito será el que no lo haga. Por una vez dejemos de lado la ley del más fuerte y todo cambiará.

Un saludo.

Sonia dijo...

Berlín, una de mis ciudades favoritas.
Lo del metro es verdad, aunque también es cierto que existen revisores, y que además verlos en acción es todo un espectáculo. Están en el vagón vestidos de paisano tan tranquilitos, y de repente se sacan todos la placa a la vez, a lo poli secreto. Siempre pensé si se hacían señas entre ellos o qué, para empezar a actuar tan cronometrados. La primera vez me asustaron, después ya me hacía mucha gracia. Eso sí, pasan de uvas a peras.
Ainsss qué nostalgia...
Por cierto, me encanta tu blog!