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MULA |
Llegar hasta allí no fue fácil. En Orlando, tuve que imprimir mis billetes en una máquina. Eran dos, uno para viajar hasta Nueva York y otro para Barcelona. Pero solamente se imprimió uno, así que fui a preguntar a una chica que había en un mostrador. Le dije: "Excuse me...". Y ella dijo: "Hola".
—Me falta uno de los billetes, ¿podrías ayudarme?
—Déjame ver tu pasaporte.
Nunca había odiado tanto esa frase como en Estados Unidos.
—Pero, este pasaporte está caducado —me dijo. Yo pensé: "No puede pasarme esto otra vez".
—No está caducado -sonreí.
—Aquí dice siete de mayo de 2012.
—No, dice cinco de julio de 2012.
—Mira —dijo, cometiendo la osadía de mostrarme mi propio pasaporte.
—En España —trataba de seguir sonriendo—, pones el mes en segundo lugar y el día el primero.
Frunció el ceño como si creyera que acaba de inventarme eso que yo creía tan obvio para alguien que ve pasaportes todos los días. Imprimió mi billete y me lo entregó diciendo:
—Renueva tu pasaporte.
Pasé un primer control. Tuve que quitarme el cinturón, las gafas, los zapatos. Los niños no paraban de mirarme. Decían: "Mira, mamá, Mickey". Me daba vergüenza. Cogí el avión hacia Nueva York. Fue bastante rápido. Y, nada más bajar, control de pasaportes. Otra vez. Otra mujer. Le dije: "Hello". Ella dijo: "Hola".
—¿Sabes que tu pasaporte está caducado?
Dije: "Sí".
Y ella respondió: "De acuerdo, pasa".
Afortunadamente, es más fácil irse que entrar.
Ocho horas después, pisé el suelo de Barcelona. Era mi primer verano como periodista. Hacía sol y España había sido rescatada por Europa. Eso decían.
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