7 de julio de 2014

SUERTE 2

Habrá quien no crea en la suerte. Yo tampoco creía en ella. Si acaso creía en el esfuerzo, según me habían educado. Creía en el miedo, en los fantasmas. Creía en los cuentos de hadas y en Superman. En el hombre del saco y en los Reyes Magos. Pero la suerte… La suerte era un cuento para niños vagos.


El caso es que mi hermano marcó su primer gol con el calcetín de la suerte. Aprobó sus exámenes, firmó su primer contrato, se casó con el calcetín puesto. Siempre. Mi hermano iba ascendiendo en su empresa mientras la botella de anís se iba llenando de polvo en la estantería de mi habitación. Mi voz se rompía por los excesos y el tabaco. Dejé de cantar. Nunca acabé mis estudios. Trabajé de cualquier cosa, aquí y allí, nunca durante demasiado tiempo. Mi hermano se compraba un piso con su calcetín mientras yo no conseguía apenas pagar uno de alquiler. Escondí la botella de anís porque ya no soportaba verla. Como si fuera un reflejo de mi fracaso. La puse en el maletero del coche y allí se quedó guardada. Como una maldición.
Mi hermano, su piso, su trabajo, su mujer, su hija, su fortuna, su calcetín. Yo y mi fracaso, mis deudas, mi soledad, mi botella de anís.
Sofía, mi único amor. Mi esperanza. Mi deseo.
Conocí a Sofía una noche en casa de mi hermano. Era una fiesta de viejos compañeros del colegio. Habrá quien me crea un ingenuo, pero juro que me enamoré nada más verla. Nos miramos y no sé cómo ya nos estábamos besando. Como adolescentes. Pasamos la noche en una de las habitaciones de arriba. La noche más larga que recuerdo. Maravillosa. Fue tocar el cielo con los dedos, creer en la suerte por primera vez, besar la oscuridad, lamer el destino. Una esperanza. Creí, esa noche, ver toda mi vida por delante.
A la mañana siguiente, mi hermano mató a Sofía.
Le pedí que la llevara a su casa, yo todavía estaba borracho. Se llevó mi coche porque el suyo estaba en el taller. Y la mató. Tuvieron un accidente. Pisó mal el freno con su pie embutido en el calcetín de la suerte. El suelo estaba mojado. Se salieron de la carretera. Dieron varias vueltas de campana. Sofía murió aplastada contra el motor del coche. Mi hermano apenas se hizo unos rasguños.
Cuando llegué al lugar del accidente, mi hermano estaba allí sentado sobre el asfalto, con los ojos bañados en lágrimas. La policía me había contado lo sucedido. No tenía intención de asesinarle. Simplemente, no podía contener mi odio. Sofía muerta, mi hermano allí con su maldito calcetín y la botella de anís rota por la mitad en su mano.
He conseguido salvar esto me dijo.
Había saltado del maletero.
Maldita botella, maldito el abuelo, maldito mi hermano.
Miré fijamente el borde afilado del cristal, las aristas puntiagudas que habían quedado al romperse. Entonces entendí. En ese momento vi el sentido a toda esa locura. Cogí la botella, la empuñé como un arma y, en un simple gesto, le abrí la nuez, le rajé el cuello, le rebané la yugular hasta tocar su columna.
Mientras la policía me esposaba, miré por última vez la botella clavada en el cuello del cadáver de mi hermano que unos enfermeros trataban de arrancar. Mi suerte. Pude ver también su calcetín asomado tras el bajo de sus pantalones. Su suerte. Me pregunto si le enterraron con él.